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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: LECTURA

Un nuevo libro, en época de navidad

28 domingo Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario, LECTURA

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Autobiografía, Proceso de escribir un libro, Sobre el poema y la poesía

A pesar de haber publicado varios libros, el tener una nueva obra entre las manos sigue produciéndome una alegría extraordinaria. La emoción corresponde a una variedad de cosas: desde el hecho de ver realizado en físico lo que apenas era un proyecto en el diseño, en los tanteos de color, en la elección del papel, hasta la satisfacción de cumplirle a mi padre la promesa de publicar una obra cada año. Tal júbilo trae consigo, por lo demás, el afán porque el texto llegue cuanto a los lectores, para que sean ellos los que cierren un proceso empezado en los inicios del 2011.  

Repasando mi diario noto que el primer ensayo del reciente libro La palabra inesperada lo escribí el 7 de enero. Lo titulé “La mirada desnuda de la poesía”; el segundo texto está fechado dos días después: “El poeta aviva la luz de las cosas”. Los otros ensayos se produjeron con intervalos de uno o dos días, en una época en la que venía preparando otro libro publicado en el 2012, Vivir de poesía, y en la que concluía y entregaba a Editorial Kimpres mi antología poética Ese vuelo de palabras. El orden de los diferentes textos en el libro de este año no corresponde a la secuencia en que se escribieron. El último de los ensayos, “Las palabras que jamás asoman” lo consigné el 31 de enero del 2011, un “épodo” de José Gorostiza servía de epígrafe; el de “Cuando ya no tengamos al poeta” lo elaboré el 25 de ese mismo mes. Me parece oportuno transcribir acá lo que escribí en el diario al cerrar ese proceso: “he leído, como en los años en que estudiaba literatura, muchísima poesía. He revisado libros y he entrado en relación con otros autores que no había estudiado en profundidad. La biblioteca dedicada a la poesía es ahora insuficiente: me ha tocado abrir espacio en algunos estantes de las bibliotecas de otras habitaciones. He comprado varias antologías y he investigado apasionadamente las poéticas de variados escritores de poesía… Todo esto lo ha provocado mi nuevo libro Vivir de poesía. Y aunque mi primera intención era empezar a escribir los textos que acompañarían a cada uno de los cincuenta poemas que ya he seleccionado, lo cierto es que emergió este nuevo proyecto como si fuera una antesala, un escenario reflexivo sobre el hecho poético”.

Así que el nuevo libro ha tenido más de tres años de maduración. El diseño preliminar lo hice en Page Maker el 17 de junio de 2012. Después, el 5 de enero de 2013 convertí el documento a Adobe InDesign, y en ese mismo año las manos de Nancy Cortés contribuyeron  a que el libro adquiriera la fisonomía interna que ahora tiene. Lo más demorado no fue la corrección de estilo que me remitió desde Argentina mi querida amiga María Angélica Ospina sino elaborar el índice temático, ahí la colaboración amorosa y diligente de mi Margarita fue definitiva. Compramos un folder de argolla, le colocamos hojas rayadas, conseguimos separadores alfabéticos, y empezamos la tarea. Yo iba mirando cuáles términos podrían crear una constelación de lectura y acceso a la obra. Esa fue una labor lenta pero entretenida. Margarita hacía las veces de amanuense dedicada. Este índice fue revisado en varias oportunidades, debido a que por un cambio en el diseño que afectó la paginación, los números de referencia ya no correspondían al de las páginas. Muchos términos al final los eliminé porque no cumplían la condición de obtener por lo menos dos citaciones en la totalidad de la obra. El otro aspecto demorado fue el diseño de la portada. Ya había decidido desde el comienzo que iba a ser en rojo, pero el cabezote gráfico ideado por mí sufrió modificaciones. Paola Rivera, la diseñadora de la Universidad de La Salle, me dio la idea de mirar en internet texturas en un portal específico y allí encontré una que sugería, en su lenguaje abstracto, mis aproximaciones al poema y la poesía. Con todo esto volví a revisar el libro hacia finales de noviembre de este año. Pedí la ayuda a Estercita Guzmán, la heredera de la experiencia de editorial de Kimpres, para que lograra en un corto tiempo imprimirme el texto. Ella misma me sugirió el tipo de papel: blanco bond bahía. Ese fue el toque definitivo para hacer que el rojo y el gris interno adquieran un mejor contraste.

Se trata de un libro sobre la poesía, sobre esa fuerza íntima a la que está asociado todo proceso creativo; a esa dimensión rítmica de la cual participan también la voz y la música. La poesía, que tiene mucho que ver con nuestra dimensión sensible y con nuestras facultades imaginativas; la poesía, que nació en el canto y que continúa siendo el medio ideal para expresar las heridas y el gozo profundo de los corazones humanos.  Pero también es un libro sobre sobre el ser y significado de ese pequeño organismo concentrado de palabras, el poema. Sobre esa criatura hecha de signos que intenta de alguna forma apresar a la poesía. El poema que es testimonio de una lucha con la sinuosidad comunicativa de los términos y, al mismo tiempo, es el esfuerzo de los seres históricos por atrapar el instante. El poema: forma madura de la palabra escrita; trabajo artesanal para desbastar las palabras de su cansancio o su rutinaria manera de andar de boca en boca. El poema, que ha servido y sigue sirviendo para entender mejor el misterio de la vida y las no siempre claras manifestaciones de la existencia humana. Sobre esos dos motivos convergen las páginas de La palabra inesperada.

Tal es lo evidente de la obra. Pero lo que también palpita en el subsuelo del libro es mi aspiración, desde los años de estudiante de literatura en la Universidad Javeriana, de escribir un texto reflexivo sobre la poesía. A Rodolfo y Germán, en las charlas interminables sostenidas en “El Griego”, sazonadas con la risa estridente de Natalia Romero y la sonrisa meditativa de Andrés Díaz, acalorados por el aguardiente y los poemas de Cernuda –leídos siempre en voz alta– y por la descarnada lírica de César Vallejo, les compartía a esos amigos mi intención de algún día parodiar el libro que en aquella época era nuestro consejero mayor: El arco y la lira del mexicano Octavio Paz. Y ese propósito era reiterado horas más tarde en otras mesas de bohemia, en “Arte y cerveza”, y en las caminatas por las calles de una Bogotá nocturna y en los desayunaderos, especialmente el de la calle 42 con Caracas, y proseguía rondándome cuando a altas horas de la madrugada me dedicaba con absoluta devoción a la escritura de mis ensayos que tenían como palestra ese otro sueño común llamado “Trocadero”. Una revista hecha en honor a otro poeta tutelar de aquellos tiempos, el maestro cubano José Lezama Lima. Como puede colegirse, esta obra es la cosecha de varias décadas de asidua lectura de poemas ajenos y, por supuesto, de otras tantas cultivando mi propia parcela de los versos. O para decirlo sin aspavientos, en este libro está la síntesis o el añejamiento de mis ideas sobre el poema y la poesía rumiadas en mi mente por casi 30 años.

Considero que esa aspiración se vio reforzada por mi trabajo posterior en la formación de maestros. Me di cuenta en las muchas charlas sobre didáctica de la literatura que impartía la falta de un texto, escrito de manera cercana, para que los educadores pudieran con sus alumnos incursionar en el ámbito de la poesía. La bibliografía circulante en el mercado era escasa o consistía en obras impregnadas fuertemente de aplicación lingüística o textos con un tufo historicista que ocultaba las características y posibilidades de esta forma de escritura.  Así que, el profesor de literatura cuando llegaba al tópico de la poesía en su aula o bien pasaba rápido por ese punto del programa o se contentaba con impartir cierto impresionismo sin sustancia estética. Faltaba un libro que sirviera de mediación o que ofreciera algunas pistas para acercarse de mejor manera a estos pequeños artefactos expresivos. Mis posteriores investigaciones sobre este problema corroboraron aquellas primeras intuiciones. Por eso confío que La palabra inesperada, además de ser un libro interesante y gustoso en su lectura para todo tipo de lectores, sirva de igual manera a todos los neófitos estudiosos de la poesía. Creo que allí están consignados mis propios descubrimientos sobre la lírica y hay un repertorio de aspectos enfocados en la tipología textual del poema a partir de la cual los docentes de literatura podrían desarrollar o enriquecer sus clases.

Pero volvamos al libro. Espero que la lectura de La palabra inesperada sea semejante a la que me compartió María Angélica Ospina, mi correctora de cabecera. Ella me envió, el 3 de agosto de 2013, junto con las revisiones del libro un correo por internet que decía: “Hola Fernando. Antes que nada quería elogiarte este lindo texto, que parece fruto de un profundo proceso de transformación personal y expresiva. Formalmente, manejas elegantemente el estilo corto, lo cual hace muy fluido y agradable el escrito. Pero me parece aun más importante que el libro se eleva a niveles realmente poéticos, no sólo por tratar de poesía, sino porque creo que buena parte de la obra es un extenso poema con apariencia de prosa muy sencilla. Pienso que el texto es verdaderamente valioso. Aporta de manera fácil una notable cantidad de elementos y reflexiones para entender la poesía y la tarea poética para legos y expertos”. Eso es lo que anhelo: que mi libro contribuya a apreciar más y mejor la poesía. Sirva, entonces, el testimonio fraterno de esa primera lectora como un gesto premonitorio o un buen augurio para el futuro de este nuevo libro.

Literatura y formación en valores

25 viernes Jul 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

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"Visiones del Quijote" de Octavio Ocampo.

«Visiones del Quijote» de Octavio Ocampo.

Sin lugar a dudas, el principal objetivo de la literatura es conmover o producir un efecto estético en el lector. Algunos autores prefieren decir que su propósito es entretener y otros, que su deseo es comunicar una experiencia personal o expresar una obsesión interior.

Sea como fuere, la literatura es un arte capaz de conmover, apasionar y poner en movimiento la sensibilidad de un lector. Pero, también la literatura pone en circulación unos valores, un conjunto de actitudes o comportamientos relacionados con el ser o el convivir. En la medida en que son un producto cultural, las obras literarias participan y recrean los valores de determinada sociedad. A veces, para describirlos o exaltarlos y, otras, para criticarlos o verles sus mecanismos ocultos.

No obstante, la literatura no opera como una cartilla de moral o un código de buenas conductas. Su proceder es indirecto, sutil; usando la sugerencia, la ambigüedad, el humor o la ironía. O recurriendo al símbolo con su capacidad de evocación y potencial analógico. La literatura muestra, pero no demuestra; presenta unos valores pero sin que por ello anhele adoctrinar o catequizar.

Digo lo anterior porque a veces los educadores, en su afán de la formación ética de los alumnos, descuidan o dejan de lado la dimensión estética de las obras literarias. Hasta pueden llegar a instrumentalizar la literatura para tipificar –de manera simplista– un listado axiológico fijado en el proyecto educativo de la institución donde laboran. No digo con ello que la lectura de las obras literarias no contribuya a la formación de los estudiantes. Claro que sí. Pero no es un asunto inmediato y mecánico. La literatura reclama que los lectores descifren sus claves (siempre plurales, diversas) y así logren sacar el mayor provecho de sus páginas. Por eso es fundamental que los maestros ayuden a sus estudiantes a ver las relaciones entre los personajes, la genealogía de los conflictos, las transformaciones de una conducta, la complejidad de determinada situación literaria. Lo peor que le puede pasar a la literatura y a la formación ética es emplear las obras literarias como si fueran artefactos de un solo uso, o artilugios para un único fin.

Creo que la literatura, desde la perspectiva de una didáctica de los valores, ofrece motivos para el diálogo, para la discusión en clase. El trabajo del maestro, entonces, es propiciar el discernimiento, la argumentación, el análisis crítico. Esos temas recurrentes expresados por la literatura deben ser explorados en sus diversos niveles de significación, mostrando siempre el haz y el envés de un hecho; ayudando con preguntas intencionadas a que los alumnos clarifiquen valores y descubran los dilemas morales cuando entra en juego la libertad o el relacionarse con sus semejantes.

Por lo mismo, el maestro debe ser cuidadoso y perspicaz al momento de elegir las obras que va a trabajar en clase. Ojalá seleccione obras literarias lo suficientemente ricas, en su elaboración y contenido, que posibiliten apreciar la cara poliédrica de la realidad o las infinitas máscaras de las personas. En muchas ocasiones, obras literarias acusadas de presentar antivalores, pueden ser un excelente recurso para contrarrestar el obcecado moralismo de ciertos docentes o la inmaculada concepción de los seres humanos que tienen algunas instituciones educativas.

De otra parte, y eso es bueno recordarlo, los valores no se enseñan y menos se aprenden como otra asignatura. Requieren de tiempo y de un contexto adecuado; implican la participación del núcleo familiar y la sociedad; traen consigo la necesaria creación de hábitos. En consecuencia, mal haríamos en suponer que la lectura de una obra literaria sea suficiente para enseñar determinado valor. Quizá la literatura, al presentar situaciones y acontecimientos en donde se viven y debaten valores, sirva de piedra de toque para que los estudiantes “tomen conciencia” o dimensionen imaginariamente las consecuencias de una determinada actitud o decisión. Es probable que a través de esos ejemplos ficticios se espolee el nervio moral de los alumnos y se vayan acendrando ciertos comportamientos o se talle discretamente un carácter. Es factible que la escuela –en sentido amplio– logre con esas obras literarias crear un repertorio de “ejemplos” lo suficientemente luminoso como para irradiar en el futuro el actuar ético de los alumnos. Pero eso es apenas una posibilidad y se requiere, por lo demás, la concurrencia de otros factores y otros actores si se quiere garantizar una genuina formación moral de las nuevas generaciones.

Recalquemos en nuestra idea inicial: la literatura es un arte de la palabra cuyo principal fin es sensibilizar a los lectores sobre la variada y compleja condición humana. Una forma creativa del lenguaje mediante la cual se  reconfigura la realidad al tiempo que se promueve el desarrollo de la fantasía y la imaginación de sus potenciales lectores. Tengamos bien presente esta finalidad estética de la literatura cuando la usemos con propósitos didácticos o cuando hagamos de ella un recurso para la formación en valores.

Los buenos lectores

14 viernes Feb 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario, LECTURA

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Educar con maestría, Tesauro de los buenos lectores

Ilustración de Pawell Kuczynski

Ilustración de Pawell Kuczynski

Como una forma de seguir motivando a mis estudiantes de posgrado, especialmente a los del primer semestre de la Maestría en Docencia, sobre la importancia y la riqueza de las prácticas de lectura, transcribo mis subrayados al texto “Tesauro de los buenos lectores”, contenido en mi libro Educar con maestría. El poner en alto relieve estos apartados no sólo tiene con fin destacar algunas de mis ideas allí expuestas sino que es un pretexto para invitar a los noveles magísteres a releer el mencionado texto.

…

“Los buenos lectores aprenden a leer abductivamente y, por ello, siempre hallan indicios en cualquier parte de los textos. Los buenos lectores ven el libro o la página como un misterio, y cualquiera de sus lecturas se torna en una actividad de permanente sospecha”.

“Para los buenos lectores, la bibliografía es una invitación al abordaje, un llamado al hurto de otras voces, un asalto admitido, un allanamiento preparado con la autorización y el beneplácito del mismo escritor. Los buenos lectores –que por lo general tienen espíritu de astrónomos– son capaces de ver o rastrear esas confluencias, esas influencias, ese juego de atracciones y repulsiones que es toda lectura”. 

“Cuando se es un buen lector, la biblioteca deja de ser aquel espacio donde se piden en préstamo los libros, para adquirir otra dimensión más potente y más rica: escenario del diálogo con esas otras voces despertadas por nuestros ojos y nuestro cerebro al entrar en relación con el libro. La biblioteca es como un salón de acústica secreta: si uno afina la atención o la perspicacia muy seguramente podrá escuchar y entrar en relación con la inmensa familia invocada desde las palabras mudas de los libros”.

“Leer como camello implica dejarse habitar por el texto, asumirlo en la dimensión del “como está dicho”, ir palabra a palabra, párrafo a párrafo, sin dar grandes saltos u omitiendo información. Los buenos lectores saben que sin esta “aduana”, sin este asumir el texto en sus ramificaciones o matices, el rendimiento o los resultados del leer comportan pocos dividendos. El camello lector estudia el texto: emplea fichas, hace esquemas, redacta glosas, subraya y discrimina, consulta las fuentes referenciadas, reflexiona y relee. Si no se lee como camello, el texto será siempre un pretexto y el juicio sobre determinada obra no sobrepasará la mera opinión”.

“Los buenos lectores van siempre a la caza de citas. Las citas fascinan a los buenos lectores porque dejan entrever, con sus muy pocas palabras, un mundo desconocido, otras relaciones apenas sugeridas. Las citas conquistan por su discreción discursiva, por su cortada manera de aparecer en una obra. Y tal vez por su misma fragmentación es que invitan a los buenos lectores para que deseen ver todo el cuerpo textual del cual hacen parte”.

“Al leer las obras clásicas lo que hacemos en retomar el legado mayor de las generaciones pretéritas; es ganar tiempo para enfrentar el presente o avizorar el futuro. El lector de obras clásicas es más apto para sobrevivir en tiempos de banalidad y aburrimiento masivo”.

“La lectura no está en los textos; es algo que debe construirse o revelarse a partir de ellos. La lectura, al igual que un iceberg, muestra una mínima parte de significación en la superficie, pero su mayor cuerpo de sentido está oculto bajo el nivel del mar. Tal vez por ello, los buenos lectores son, de alguna manera, criptógrafos”.

“Los diccionarios, para un lector de calidad, son pórticos a ciudades desconocidas, pasaporte de letras para empezar ese viaje que es toda lectura. El buen lector es lector de “thesaurus”, esos diccionarios especializados en donde se puede encontrar el concepto más extraño o la palabra que nunca asoma su nariz por las enciclopedias; o esos otros diccionarios, los etimológicos, encargados de llevarnos a los orígenes, a la genealogía fascinante de las palabras; o los diccionarios ideológicos, que más que ofrecer definiciones lo que proponen son campos de relación o semejanza, prestidigitación sinonímica”.

“Los buenos lectores saben que en los epígrafes pueden estar condensadas las claves para la comprensión de un texto o de un voluminoso libro. Los epígrafes son guiños que el texto nos lanza, llamados para que acudamos a mirar el fondo de su estructura”.

“Al esquematizar, los buenos lectores emplean corchetes, flechas, óvalos y recuadros, conectores de enlace, líneas de convergencia, palabras clave, nodos de información… Todo ello para tomar distancia del texto, para alejarse de él y poder apreciar la figura escondida entre los detalles, aquella armazón de la cual dependen las palabras o los párrafos y que, en una primera lectura, apenas vemos como ruedas sueltas en el engranaje de las páginas”.

“Los buenos lectores anhelan descubrir la estructura porque saben que, hallada esa columna vertebral, resulta más fácil diferenciar la información importante de la secundaria. Los buenos lectores desbastan, echan cincel, quitan capas, despejan todo barniz del edificio informativo para apreciar la “obra negra”, para ver las bases o los soportes, para detectar la calidad de las vigas, para observar la disposición de los pisos o los niveles de los textos”.

“Los buenos lectores indagan en los lazos de  familia de las palabras y las conciben como seres vivos que cambian con el pasar del tiempo y el asentamiento en determinado territorio.  La etimología es, para los buenos lectores, una forma de intimar con la obra o el texto; una estrategia de interacción o un recurso para “tratar” la información no como una desconocida o extraña, sino como alguien cercana o partícipe de una misma descendencia”.

“Las fichas o las notas son como pequeñas radiografías o instantáneas de interés a la par que avanza la lectura. Los buenos lectores las usan para abrirse paso entre la maraña de signos; las emplean para entresacar o poner en alto relieve una idea, una frase, una cita digna de recordación. Los buenos lectores usan las fichas como una potestad de la escritura para someter a la lectura y lograr con ello que declare sus más preciados secretos”.

“Los buenos lectores, los que saben que leer es un diálogo permanente con la obra, van escribiendo glosas al mismo tiempo que van leyendo. La glosa fija esa etérea figura que tratamos de ir armando en nuestro cerebro a la par que vamos avanzando en la lectura. La glosa es certeza para el entendimiento; refuerzo para el aprendizaje”.

“El gusto por leer se adquiere, se aprende, se madura como los buenos vinos. Los buenos lectores son enólogos. Catadores sibaritas. Los buenos lectores degustan muchos platos de información para ir descubriendo en ellos dónde hay un sabor que los embelesa o un alimento acorde a sus más secretos apetitos”.

“El hábito, en asuntos de la lectura, sí hace al monje. Los buenos lectores adquieren dicho título porque se animan a leer un poco todos los días, porque destinan unos minutos para frecuentar el libro o buscar una revista o adentrarse en los mares de internet. El hábito de leer conduce a descubrir el goce de leer: ese supremo estado de los amantes de la lectura”.

“Los buenos lectores saben que los índices dan visión de totalidad, de conjunto. Los índices son otras pistas para la lectura; quizá las pistas más evidentes y, por lo mismo, menos tomadas en cuenta por los lectores novatos. Los lectores expertos usan los índices como miradores de la geografía de un texto: allí una montaña, más allá un valle, hacia el oriente una ensenada… Después de otear el territorio (porque los índices son lugares de observación en lejanía) el buen lector ahora puede sumergirse en la lectura pues ya tiene claro dónde hay un río, donde está la cordillera o dónde el peñasco objeto de su búsqueda. Los índices economizan esfuerzos y, además, encaminan al viajero”.

“Leer como león es interpelar al texto, hacerle preguntas, confrontarlo desde nuestro propio mundo, desde nuestras otras lecturas. Al leer así, convertimos la lectura en una práctica activa y no en un ejercicio pasivo de nuestra percepción. Los buenos lectores asumen el texto como antagonista, como reto a la inteligencia o como provocación que invita al desciframiento”.

“Los buenos lectores son visitantes asiduos de las librerías: las buscan, ansiando conocer el libro citado por el autor que están leyendo; las recorren, revisando de nuevo los anaqueles en busca de alguna “joya” escondida; las husmean, indagando entre las novedades alguna reciente obra digna de su interés. La librería es para los buenos lectores una fiesta, un ágora, una congregación jalonada siempre por el ansia de seguir leyendo, por el deseo de conversar sobre lo ya leído, o por el vicio mismo de encontrar nuevas cosas para leer”.

“Los buenos lectores andan entre libros, se rodean de ellos; los buscan en todas partes; se duelen cuando encuentran uno mutilado; se afanan cuando no tienen dinero para adquirirlos; se regocijan cuando recuperan alguno que habían perdido. Y los libros, como perros fieles, crecen y se multiplican al lado de sus amos, conformando zigurats multicolores, o acomodándose unos junto a otros en los entrepaños de una biblioteca. Los buenos lectores son los ángeles custodios de los libros”.

“Los buenos lectores cuentan por lo menos con varios métodos de lectura. Desde los más simples (encontrar las ideas principales y las secundarias), hasta los más complejos (identificar las transformaciones o establecer una configuración simbólica). Los buenos lectores saben que cada obra reclama un método especial; que cada tipología textual exige un método acorde a sus características. Que no se puede aplicar el mismo protocolo a todos los textos o todos los libros”.

“Los buenos lectores, cuando leen como niños, se dejan asombrar por aquello que tienen ante sus ojos; se extasían ante una tesis o una idea; se maravillan ante la estructura textual o con el tejido de filigrana hecho línea a línea, párrafo a párrafo. Los lectores niños asumen el texto como algo inédito o inesperado y, por lo mismo, merman sus precomprensiones, para lograr abandonarse al despuntar de la información, a ese retoñar de las palabras cuando son tocadas por la luz de la mirada”.

“Los buenos lectores, aunque pueden leer a cualquier hora, prefieren hacerlo durante la noche porque sienten que en esa quietud o merma en la actividad del mundo exterior, hay una oportunidad para atrapar las silentes voces de las palabras. La noche es, para los buenos lectores, una aliada de la concentración. Y tal recogimiento es indispensable para que la lectura emerja plena y cabal como Venus de las aguas”.

“Los buenos lectores, antes de dedicarse a la arqueología de la información, empiezan por ser agrimensores de los textos”.

“Los buenos lectores, antes de cualquier cosa, se toman un tiempo para mirar con esmero la portada, el índice o la tabla de contenido, el prólogo o la introducción, la fecha de edición, la editorial, la traducción, si es que es un libro editado originalmente en otro idioma. Los buenos lectores revisan y meditan, sobrevuelan el texto, para tomar confianza y así poder luego entrar a las intimidades de la información”.

“Los buenos lectores están felizmente enfermos de tanto leer: una revista en la peluquería, un periódico de vieja fecha, un cómic desgastado y sin algunas páginas, los avisos callejeros, la letra menuda de los contratos y los tiquetes aéreos, los portales infinitos de la web… en fin, nada queda por fuera del ojo acucioso de los buenos lectores”.

“A los buenos lectores les gusta releer porque saben que cada lectura siempre será distinta; porque el ojo que lee no es un ojo mecánico sino un ojo preñado de mundo e historicidad; de experiencias, sentimientos y memoria”.

“Al resumir descubrimos la intencionalidad o el propósito substancial de un texto. Nos quedamos con lo indispensable, con lo necesario, con lo intrínseco de una obra. Los buenos lectores escriben resúmenes porque al igual que los perfumistas, aman destilar esencias”.

“Los buenos lectores no se atragantan, ni se preocupan por “acabar” los textos o las obras. Su modo de leer es más lento, con una intencionada preocupación por la masticación, por dar cuenta de lo que pasa entre una idea y otra, por triturar con las muelas de su entendimiento lo que van recogiendo indiscriminadamente con sus ojos. Rumiar es el modo como los buenos lectores asimilan lo leído”.

“Los buenos lectores buscan el sentido pero siempre desde el yunque del texto. Eso demanda dos movimientos: uno, muy centrado en lo dicho, llamémoslo literal; otro, más descentrado, nombrémoslo analógico. O si se quiere, un recorrido lector preocupado por explicar el texto y otro, centrado en tratar de comprenderlo”.

“Los símbolos significan en red, eso lo saben los buenos lectores. Entonces, cuando se encuentran con ellos proceden de manera transversal, nunca directa. Los símbolos aluden, insinúan, avisan de algo, pero dejando un amplio espacio para la interpretación. Los símbolos se comportan como los antiguos oráculos: apenas señalan, o dictan sus vaticinios de manera cifrada, casi oscura”.

“Los buenos lectores van discerniendo, seleccionando, separando las ideas. Cuando leen lo que en verdad hacen es tamizar la información; pasarla por muchos filtros. Por eso es clave usar varios colores para tal tarea: uno, centrado en la continuidad e interés del texto; otro, enfocado a poner en alto una pesquisa particular o un motivo especial que orienta nuestra lectura. En todo caso, los buenos lectores no se contentan con resaltar todo el texto con un mismo color. Los buenos lectores más que juntar, dividen; más que igualar, discriminan”.

“Los buenos lectores convierten los títulos en informantes o delatores del territorio textual que pretenden conquistar; los buenos lectores exprimen los títulos hasta sacarles el jugo de la anticipación de los significados; los buenos lectores meditan los títulos como si estuvieran resolviendo la fórmula de un oráculo”.

“A diferencias de sus congéneres, los buenos lectores en vacaciones es cuando más tienen trabajo. El negocio de los buenos lectores se multiplica en estos días. Y mientras sus semejantes andan desocupados, ellos no paran de ponerse al día con un texto que tenían abandonado o empezando esa obra que desde hace muchos años han querido leer. Las vacaciones son la primavera de los buenos lectores”.

“Los buenos lectores piensan que la Web es una caja de herramientas de primera mano, pero que dependiendo de la pericia del navegante puede convertirse en un canto de Sirenas, en un engaño de parecer muy informado. Los buenos lectores saben que la calidad de una lectura no depende sólo de la  cantidad de información que se acumule, sino de la discriminación que se haga de ella, del criterio que se tenga para poder saber cuál es la más pertinente, la más necesaria, y cuál es puro fárrago con apariencia de actualidad”.

“Los buenos lectores no son defensores de las fotocopias (grises y monótonas substitutas de los libros), entre otras cosas porque andan como náufragas en el mundo de la información, porque son muñones sin figura, retazos sin puntos cardinales. Es la obra completa lo que subyuga a los buenos lectores: la obra que tiene índice y tabla de contenido y notas y referencias; la obra que conserva esas primeras páginas que son como su registro de nacimiento; la obra completa, la que se deja apreciar de principio a fin, así no vayamos a leer sino uno de sus capítulos”.

“El buen lector mira el bosque pero sin perder el árbol, y sabe que la interpretación de un texto requiere tener ojo de garza y, al mismo tiempo, ojo de águila. Los buenos lectores pueden explicar los detalles y también tienen la facilidad para saltar a la comprensión del conjunto. Los buenos lectores oscilan, son anfibios, nómadas. Así como pueden excavar hasta el fondo de una palabra, con el mismo ahínco pueden alejarse para apreciar la forma oculta en el conjunto”.

De la lectura y los lectores

10 lunes Feb 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos, LECTURA

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Pintura de Newell Convers Wyeth

Pintura de Newell Convers Wyeth

Por la lectura somos viajeros inmóviles, actores de muchas obras, habitantes de mundos desaparecidos. Con la lectura nos hacemos partícipes del pasado y cómplices del porvenir.

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Aunque parezca evidente, no podemos olvidarlo: los ojos van en pos de palabras; el cerebro, de sentidos.

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Si asumimos con Nietzsche la idea de un lector rumiante deberíamos tragar menos y masticar más cada bocado textual.

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Una buena manera de aprehender lo leído es confiar menos en el globo del ojo y preferir el carruaje de la mano. La escritura ancla lo que divisa la percepción.

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Los leedores van por la superficie; los lectores, exploran en las profundidades.

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Cortázar pedía elegir entre ser lector hembra o macho al momento de leer una novela: fijarse más en los detalles o preferir apreciar el conjunto. Dejarse habitar por el sentido o salir en su búsqueda.

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Ciertos libros sólo entregan sus guardados secretos a un lector especial. Son como románticas princesas que esperan por años la llegada de su príncipe azul.

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Cuando Roland Barthes distinguía entre textos de placer y textos de goce era porque sabía que una cosa es leer con los ojos y otra leer con la imaginación.

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Los títulos de los textos a veces son una promesa que se cumple y, otras, una señal equívoca de seducción.

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El buen lector mira su texto como el pastor su ganado: allí, varias bastardillas; allá, un subtítulo en negrita. Más lejos, una nota a pie de página; a lo lejos, cuatro comillas con una referencia… Pastor y lector saben una cosa fundamental: aunque toda la manada parece igual cada animal es diferente.

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Hay lecturas de diferente dureza. Hay unas para picos de cotorras y otras que demandan la persistencia del pájaro carpintero.

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Los textos botan su mejor jugo sólo si el lector los exprime con la prensa de la relectura.

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Un buen lector debe tener ojo de águila para las tablas de contenido y olfato de topo para moverse por los pasadizos de los capítulos.

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Si poco reflexionamos sobre lo leído terminaremos ahítos de información y poco nutridos de conocimiento.

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Releer es como volver a encontrarnos con viejos conocidos: un instante de familiarización y asombro al mismo tiempo.

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El que relee se extraña por un momento de un subrayado hecho años atrás. Se olvida de que sus ojos son los mismos, pero no así su pasado.

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Ciertos lectores son hijos de Sísifo: apenas creen haber conquistado la cima de lo entendido, deben volver al inicio del texto para cargar lo que aún no han logrado comprender.

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Así como enseña el médico o la madre cuidadosa, si queremos tener lectores vigorosos en el mañana es preciso leer en cierta edad algunos textos que no nos gustan.

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El sentido de un texto al igual que los antiguos imperios anda sepultado debajo de palabras. Todo lector debe actuar como si fuera un arqueólogo.

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Hay lectores alondra y lectores búho. Los primeros tienen mayor viveza en su entendimiento a primeras horas de la mañana; los segundos, aguzan mejor su inteligencia a altas horas de la noche.

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El lector crítico, al igual que Odiseo, no debe ceder al canto de las Sirenas. Detrás de los dulces cantos se esconden terribles suplicios.

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Si leer es ser pioneros de caminos; releer es sentirnos colonizadores de lo ya caminado.

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Cada texto prefigura al lector que lo interpreta; los malos lectores desconocen este vaticinio.

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El hábito de leer que parece solo ejercitar la velocidad de los ojos lo que en verdad provee es más piedras de toque para encender el pensamiento.

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Cuando el pescador de significados lanza su red en un texto aspira encontrar grandes peces pero también captura animales no comestibles, materia de deshecho y restos de antiquísimos naufragios.

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El lector avezado tiene sus ojos como cedazos. Su tarea, en consecuencia, es hacer continuos tamizajes

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Algunos textos dejan en sus palabras las huellas de un enigma que solo el lector inquisitivo puede descubrir. Encontrar el sentido ya es de por sí un caso criminal.

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Los libros clásicos saben mejor cuantos más años pasan. El secreto está en la profundidad temática de la obra y en el tipo de barrica en el que fueron tratados al escribirlos.

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Es bueno recordar las cosas que leemos; pero es mejor olvidarlas para recuperar el asombro  de la primera vez que las leímos.

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Hay obras que nos marcan para toda la vida. La lectura de esos textos son cicatrices particulares visibles únicamente en la piel de nuestro espíritu.

*

Algunos lectores tratan al libro como a un enemigo; otros, como a un perfecto cómplice. Los libros reconocen su lector y actúan según dicho trato.

*

Los lectores que pedía Nietzsche, los rumiantes, son esencialmente relectores consagrados.

*

Determinadas lecturas reclaman para sí a audaces exploradores; otras piden pacientes monjes de abadía; y las hay también que exigen la fidelidad incansable de los amantes obsesivos.

*

Aunque ya estemos por acabar de leer la página final del libro no podemos caer en la falsa suposición de que ya comprendemos todo lo leído. En la lectura se cumple la consigna de la tragedia clásica: no puede darse un veredicto definitivo hasta que nuestros ojos escuchen la última palabra.

*

La lectura hecha en un avión cumple el sueño arquetípico del lector de vacaciones: sentarse a leer pero con los pies subidos en un lugar bien elevado.

*

El sentido de los textos no da sus favores sino a aquellos que persisten en reclamar su amor. No hay amantes fáciles cuando se trata de lecturas académicas.

Nietzsche y la lectura

06 jueves Feb 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

≈ 12 comentarios

Friedrich Nietzsche

«Leer es una aventura y un descubrimiento»: Friedrich Nietzsche

Los lectores rumiantes de Nietzsche

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