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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: LECTURA

Reencuentro con la lectura y la escritura

05 martes Nov 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos, LECTURA

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Con Daniel Cassany y Giovanni Parodi en Envigado (Antioquia)

Con Daniel Cassany y Giovanni Parodi en Envigado (Antioquia)

Motivado por el “Encuentro con las letras”, un evento organizado conjuntamente por la Red de lenguaje de Antioquia y la Universidad de Antioquia, he vuelto a pensar en los procesos de lectura y escritura. Además de los conferencistas internacionales escuché experiencias provenientes de diversos municipios en las que la lectura y la escritura eran el objetivo principal de un proyecto o una innovación pedagógica.

Lo primero que pienso –y en eso coincidimos con Daniel Cassany y Giovanni Parodi– es que la lectura no es algo uniforme ni simple. Más bien es una práctica social, situada y que responde a contextos bien particulares. La lectura, de igual forma, presupone ciertos “aprestamientos” sin los cuales es muy difícil llegar a una comprensión de alta calidad o de hondo calado. Puesto de otra forma, la lectura nos exige –a alumnos y maestros– ir más allá de lo dado o lo evidente. Los ojos están ahí para ayudarnos pero también está nuestra memoria y nuestra imaginación. Y dependiendo de la idea o concepción que tengamos de la lectura así serán los ejercicios de aula o las prácticas pedagógicas realizadas por los maestros.

Una segunda cuestión es la de revalorizar el papel de la lectura semiótica.  Pero no como un ejercicio lingüístico sino más bien como una cartilla para leer la cultura, sus manifestaciones y sus productos. Porque no leemos solo textos escritos; porque la lectura (y más en nuestra época) nos exige alfabetizarnos en la lectura de la imagen, del espacio, del cuerpo, de la ciudad. Considero que los elementos de una teoría de los códigos y una teoría de la producción de signos (al decir de Umberto Eco) ayudarían enormemente a las nuevas generaciones para que no fueran consumidores pasivos del entorno o de la sociedad de consumo sino potentes lectores críticos de la misma. Son los lentes de la semiótica los que permitirían auténticos lectores multimodales.

La tercera conclusión de este encuentro me ha llevado a confirmar que las nuevas tecnologías, en cuanto afectan las prácticas de lectura y escritura, no claudican o “sepultan” otras prácticas de lectura más cercanas al libro de papel o la lectura entonada. Se trata mejor de una convivencia. Y al educador le corresponde saber cuándo echar mano de una red social o un blog y cuándo es más afortunado utilizar una exposición con explicaciones en un tablero acrílico o de otro material. No hay un “borrón y cuenta nueva” en esto de las nuevas tecnologías. El llamado de atención es para revisar, sopesar y aquilatar lo que circula en la web. Necesitamos ayudarles a nuestros estudiantes a diferenciar lo valioso de otra información basura que circula por internet a manos llenas.

Que la lectura es un proceso, es innegable. Que podemos “desarrollar” nuestras competencias lectoras, también lo es. A la escuela le corresponde lograr que nuestros alumnos pasen de lecturas fáciles e inmediatistas a lecturas más complejas y más ricas. Dicha tarea no se logrará en un solo curso y tampoco dependerá de la buena disposición de un maestro. Se necesita una voluntad institucional, una política en la que entren todos los miembros de la comunidad educativa para que la lectura halle un terreno propicio y logre crecer, fortificarse, ganar calidad y consistencia. Sabemos que la lectura no puede ser la tarea únicamente del área de español o de lenguaje. En este propósito deben converger los profesores de sociales, de biología y de matemáticas. Cada profesor de estas asignaturas tiene la responsabilidad de entender que el acceso a los contenidos disciplinares presupone unas estrategias de lectura. Por olvidarse este punto es que no comprendemos bien el fracaso escolar o el desinterés hacia determinadas asignaturas. Eso lo han mostrado varias investigaciones: a veces no es que el estudiante no entienda, por ejemplo, matemáticas; sino que el profesor desconoce la mejor manera de leer un problema o hacer legible el lenguaje con el cual se construye una ecuación.

Eso en cuanto a la lectura. El otro gran tema fue el de la escritura. Aquí también he ratificado y perfilado algunas conclusiones. Una de las primeras es que sigue siendo importante para los maestros (a pesar de los discursos posmodernos) entender y apropiar bien qué son las tipologías textuales, cuáles sus lógicas de composición y cuáles sus técnicas más apropiadas. No podemos suponer que el escribir es algo genérico o de uso indiferenciado. Cada tecnología textual exige unos formatos, unos protocolos y prefigura un tipo de lector; cada género textual, además, nos obliga a adaptar un tipo de lenguaje y a desarrollar operaciones mentales específicas. Argumentar, informar, explica, exponer…, presuponen operaciones cognitivas diferentes. Si se olvida esto último perderemos de vista que se escribe para destinatarios reales con efectos y resultados comprometedores o de alta implicación personal y colectiva.

Otro punto en el cual hay que seguir trabajando es el de insistir en los procesos metacognitivos que participan o  inciden en el escribir. Pienso que este es un elemento fundamental para diferenciar a los escritores expertos de los novatos. Dicho de otra manera: los escritores expertos son los que ya tienen incorporados procesos metacognitivos como el planear, corregir, el tener en mente un propósito del tipo de texto… Los novatos escritores, por el contrario, son los que confían en que de un momento a otro y por arte del azar o la fortuna logren escribir un buen texto o alcancen resultados magníficos. Es urgente entender y profundizar en esto de la metacognición porque allí está el eje de “aprender a aprender” y su ausencia explica el hecho de que “lo visto” en un determinado curso o ciclo educativo parece ya olvidado o desconocido en un grado siguiente. Los procesos metacognitivos asociados a la escritura son los que en verdad dan perdurabilidad a lo aprendido y forjan escritores autónomos.

Por supuesto, el tema de la evaluación continúa siendo un asunto de vital relevancia para la enseñanza de la escritura. El uso de retículas o rúbricas es prioritario si queremos que nuestros estudiantes conozcan con anterioridad los criterios con los cuales van a ser evaluados y lo que los maestros consideran debe ser aprendido. A veces, por el afán de que nuestros alumnos escriban, confiamos demasiado en los sobreentendidos y los supuestos o valoramos con observaciones indiscriminadas los productos de los estudiantes. Al determinar esas rúbricas lo que hacemos es hacer explícitos los hitos o el mapa de aprendizaje que motiva la enseñanza. Pero no sólo eso. Al fijar estos criterios y socializarlos con los alumnos lo que se hace también es “abrir la caja negra” del ser y hacer de la escritura: qué elementos conforman un texto narrativo, cuáles argumentos deben tenerse presente cuando se escribe un texto argumentativo, cómo influyen los diversos conectores lógicos o marcadores textuales en la cohesión y la coherencia de un texto, cuál es la estructura de un texto informativo… Las rúbricas ponen en alto relieve o hacen manifiesto aquello que parece ser un arte de “iluminados” o “inspirados”. Lo oculto o misterioso del escribir se devela   para entender esta actividad superior del pensamiento como una labor artesanal en la que es fundamental el paso por los borradores y la revisión, el tener planes de composición y prefigurar la audiencia a la que deseamos comunicarnos.

Finalmente, un asunto al cual habría que dedicarle mayor interés es el conocer cómo escriben los escritores expertos, cuál es –por decirlo así– la didáctica implícita de los consagrados al oficio de escribir. Por mi propia experiencia investigativa, recogida en el libro Escritores en su tinta, sé que allí hay un arsenal de técnicas, consejos, trucos, modos y estrategias que bien pueden servirle a los docentes al momento de enseñar a escribir. No sólo los gramáticos y lingüistas poseen un saber sobre este asunto. Los propios escritores han contado en entrevistas o textos autobiográficos el proceso mediante el cual aprendieron este oficio y llaman la atención sobre las dificultades que entraña tal opción. Aquí es esencial profundizar en los aportes de la retórica clásica, en los procesos de composición y en las minucias de las technés o las artes. Valgan como ejemplos, los diversos modos de corrección empleados por los escritores de oficio o las diversas maneras de ir redactando o las variadas técnicas para romper el miedo o el hechizo de enfrentarse a la hoja en blanco. Deberíamos familiarizarnos más con esta otra bibliografía que brota especialmente del testimonio directo de artesanos de la escritura, que de especulaciones abstractas sobre el oficio de escribir.

Por supuesto, cabría mencionar otras conclusiones o cosecha de este “Encuentro con las letras”. En todo caso, lo valioso de este evento fue congregar a un grupo considerable de maestros y maestras para reflexionar sobre la lectura y la escritura, sobre sus didácticas, con el fin de discutir teorías, autores, estrategias, experiencias y, lo más importante, dar luces e incentivos para renovar las prácticas de enseñanza en estos dos campos. Sobra decir que la otra ganancia fue el hecho mismo de encontrarse con colegas de oficio para refrendar este propósito de considerar a la lectura y la escritura como mediaciones fundamentales para desarrollar el pensamiento y favorecer el acceso y la producción de conocimiento.

Lector apasionado

04 viernes Oct 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

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Ilustración de la norteamericana Jessie Willcox Smith

Ilustración de la norteamericana Jessie Willcox Smith

La lectura es una de las formas de alcanzar la libertad. Es tanto como aprender a volverse incorpóreo, liviano, volátil. Leer es aprender a conocer la geografía de lo ilimitado, de ese vasto paisaje donde todo puede germinar, donde nada tiene cortapisas ni frenos para desarrollarse como posibilidad. La lectura nos nutre con un alimento especial, un vigoroso pan que nos da ánimos para ir en pos de lo inédito, de lo nuevo o lo inexplorado. Quien se nutre de lectura tiene una fortaleza interior para ir más allá de lo inmediato, de lo apenas justo y necesario para estar tranquilo. Porque cuando se ha crecido alimentado de ese seno lector, se tiene menos miedo en el corazón, más capacidad de riesgo en el espíritu. Y ninguna  tierra, entonces, se nos antoja propicia, y ninguna cosa nos parece suficiente. Porque hay como una intranquilidad esencial, una desazón general, un deseo de salir, de caminar, de permanecer en una diáspora continua. Porque leer es una de las manifestaciones de la inquietud; porque leer y estarse quieto son antónimos; porque la lectura nos lanza, nos saca, nos avienta al vértigo infinito de los cielos, al insondable mar de lo desconocido.

Es que leer es otra manera de sortear el olvido, otra forma de conjurar la condición esencial o la materia de que estamos hechos. Quien lee trasciende la finitud que le es propia; va más allá de su destino o su condición temporal para abrazar las voces de lo intemporal o de aquello que, en cuanto trascendente, compete a lo estrictamente humano. Porque cuando leemos nos hacemos hermanos de toda la especie; la lectura nos provee de una filiación en donde no importa la raza, ni el lugar, la lengua o la distinción de clases. La lectura nos permite retrotraer el tiempo, jugar con él, ser dueños de ese gigante padre que, según los designios de los dioses, busca devorarnos.

Pero la lectura, además, es como una gran caja de maquillaje, un artilugio para asumir muchos rostros, para transmutarnos o transformarnos a nuestro antojo, para adquirir el don divino de la metamorfosis. Quien lee alcanza el mimetismo perfecto, se confunde o se refunde, tiene más de una identidad; es polifacético, polifónico, plural. La lectura nos permite convertir el yo en un nosotros; nos torna hábiles para convivir con toda esa legión de personajes que habitan en nosotros mismos, con toda esa suerte de actores que viven bajo el mismo teatro de un nombre, un lugar y una fecha de nacimiento. Quien lee se multiplica, cambia, se renueva. Porque toda lectura es una forma de resurrección. Y en esta abundancia, en esta profusión de rostros, hay tal riqueza que, por eso mismo, la lectura es el recurso más genuino del pobre, del débil, del necesitado, para suplir o remediar esa zona de carencia, ese desnivel que a bien tuvo la naturaleza o la fortuna otorgar como una condición hereditaria. Quien lee restituye el principio de igualdad entre los hombres.

Y ni qué decir del goce inherente a la lectura. El goce de leer, esa otra manifestación de la felicidad. Porque leer es una forma de gozar, un placer de los sentidos y de la imaginación; un invento, un gusto, un deleite tan cercano a la dicha perfecta; un acto de voluptuosidad, una alegría, un éxtasis. Porque saber leer es aprender a estar fuera de sí; porque leer es tanto como saborear una golosina hecha para nuestros más secretos apetitos. Y quien lee busca la felicidad, y la felicidad es el mandato supremo, la tarea mayor que los seres humanos venimos a cumplir en este mundo.

(De mi libro La enseña literaria. Crítica y didáctica de la literatura, Kimpres, Bogotá, pp. 291-292).

Habilidades comunicativas y lectura de la imagen

11 miércoles Sep 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

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Ilustración de Rafal Olbinski

Ilustración de Rafal Olbinski

Que los maestros necesitamos desarrollar las habilidades comunicativas en nuestros estudiantes, en todos los niveles, sigue siendo un reto del educador, además de ser una tarea inaplazable. Propiciar estrategias y desarrollar habilidades para que ellos y ellas aprendan a escuchar, a hablar, a leer y escribir es un objetivo de primer orden en nuestra labor docente.

No cabe duda de que, por ejemplo, aprender a escuchar es hoy una de las claves para saber convivir, facilitar las habilidades argumentativas y, especialmente, una de las claves para ir apropiando las llamadas habilidades sociales tan necesarias para la vida personal, familiar y laboral.

Y ni qué decir de nuestros esfuerzos didácticos para el desarrollo del hablar. Aquí vuelven a tener fuerza los aportes de la comunicación oral, la tradición de la retórica y la conciencia del tipo de auditorio al que nos dirigimos. Vale la pena decir, de una vez, que esta habilidad comunicativa merece toda nuestra atención y cuidado en estos tiempos en los que prolifera el hablar de argot, los mensajes apocopados y una merma sensible en la competencias lexicales de las nuevas generaciones.

El otro reto es el de enseñar a leer. En todas las áreas, ciclos y niveles. La lectura es un lubricante del engranaje de aprender. Con ella accedemos a territorios inexplorados y con ella comprendemos o reconocemos lo que somos. La lectura, que por supuesto es más que un ejercicio de decodificación, es una actividad superior del pensamiento mediante la cual establecemos transacciones con la tradición y reconfiguramos el provenir. Por supuesto, hoy no leemos solamente textos escritos, también tenemos que formar lectores de la virtualidad, lectores de la imagen. Pero de eso hablaré más adelante.

La última de las habilidades comunicativas es la de la escritura. Aquí sí que tenemos trabajo por hacer. Porque escribir no es igual a redactar, porque escribir es contribuir al desarrollo del pensamiento. La escritura es una herramienta de la mente, una técnica tan potente como para disociar el sujeto y trascender el tiempo. Si claudicamos en esta otra habilidad comunicativa permitiremos que nuestros estudiantes sigan siendo meros reproductores de información y no genuinos productores de conocimiento.

Pero, centrémonos en la lectura de la imagen, de la imagen fija. Y he elegido esta modalidad de la lectura porque o bien no la tenemos en cuenta lo suficiente en nuestra labor docente o porque damos por hecho que por verla ya la hemos mirado.

Aquí podemos, de inmediato, hacer una distinción. El ver es natural;  el mirar, cultural. Nacemos viendo pero vamos poco a poco aprendiendo a mirar. De un lado, lo indeterminado del ver; del otro, la intencionalidad del mirar. La escuela, en sentido amplio, nos ayuda a adquirir esas mediaciones del mirar. Algunos la llaman “lectura crítica”; otros, alfabetidad visual.    

La imagen, lo sabemos, tiene una sintaxis que no podemos olvidar: punto, línea, plano, dirección, textura, escala, proporción, color…  Esos elementos se combinan para producir diversos mensajes y para llevar al lector por diversos caminos. La imagen compone significados de manera autónoma: equilibrio, inestabilidad, simplicidad, complejidad, simetría, asimetría, unidad, fragmentación… Esa es la razón por la cual, en una misma página de un libro de texto, tenemos que hacer legibles aspectos como el tamaño, tipo y estilo de fuente, el empleo de recuadros, los destacados y el uso del color. Cada uno de esos aspectos apunta a que el lector aprenda, diferencie y jerarquice niveles de información. Porque la imagen puede utilizarse didácticamente para varios fines. Expliquemos brevemente algunos:

1. La imagen permite atravesar la opacidad de los objetos y las cosas. A partir de cortes, la imagen muestra las partes que componen un objeto. Nos permite entrar en la “caja negra” de objetos o eventos. La imagen nos muestra, al mismo tiempo, lo externo, lo medio y lo profundo de las cosas.

2. La imagen nos permite mostrar procesos, desarrollos, dar cuenta del paso a paso. La imagen es estratégica para mostrar cómo se hacen las cosas o los procedimientos que hay que seguir para obtener determinado producto. Los manuales de uso, los protocolos tienen a la imagen como una aliada comunicativa.

3. La imagen es, en sí misma, una manera de narrar. La imagen puede crear y recrear mundos posibles. Aunque el receptor aún no haya apropiado un código lingüístico, a partir de la imagen puede relatar hechos, prefigurar historias. El cómic es un ejemplo supremo de este uso didáctico de la imagen. El humor gráfico sería otra forma interesante de evidenciar cómo la imagen rebasa las limitantes de lenguas vernáculas para contar sin palabras.

4. La imagen moviliza componentes afectivos, emocionales. La imagen hiere nuestro sentir, convoca, evoca, nos mueve a recordar e imaginar. La imagen pone a circular el tiempo, el tiempo del que también estamos hechos. Por eso nos impacta, por eso nos compromete, por eso dinamiza pulsiones y sentidos profundos de nuestro psiquismo.

5.  La imagen permite la síntesis, lo esencial de una cosa, un concepto o un problema. La imagen, en este sentido, elimina lo superfluo, lo accesorio. De allí su alto potencial didáctico al centrar el interés del receptor en lo verdaderamente importante.

6. La imagen desplaza nuestro pensamiento lineal a un pensar en superficie. La plasticidad de la imagen lleva a que las explicaciones o las informaciones se muestren como una topología: puntos de referencia, rutas, nodos. La imagen pone el conocimiento no tanto en sucesión como en relación: el menú, la red.

Desde luego, hay muchos más usos y bondades de la imagen. Pero, por ahora, resaltemos esas seis cualidades que si las capitalizamos podrán arrojar excelentes dividendos en el aprendizaje de nuestros estudiantes. Recordemos, en todo caso, que leer la imagen es una de las habilidades comunicativas que necesitamos volver habitual en el aula. Porque, y eso hay que reiterarlo, el consumo de imágenes –tan abundante en nuestra época– no genera de por sí habilidades lectoras.

Lector de novelas

06 viernes Sep 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

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"La lectora" de Marie Augustin Zwiller

«La lectora» de Marie Augustin Zwiller

La novela continúa siendo el género narrativo de mayor alcance y complejidad estética. Así como ha evolucionado en sus aspectos formales y de elaboración, también ha ampliado su radio de intertextualidad al incluir a otros géneros como el ensayo, la poesía, la crónica o la reflexión de corte filosófico.

A diferencia de los que creen en la muerte de la novela lo cierto es que este género se renueva y se adapta a las necesidades de la sociedad en la que se produce. Primero, estuvo cercana al mito; después, fue parodia de las leyendas; más tarde se propuso representar la cotidianidad de una nueva clase social, como era la burguesía; y mucho tiempo después, enfiló sus palabras para la crítica de determinados valores o fue un espejo de reconocimiento para ciertos problemas de la época contemporánea. Ese desarrollo de la novela puede verse en sus temas y motivos o, por supuesto, en volver su centro un personaje, un ambiente, un tipo particular de conflicto o el mero placer por la experimentación lingüística o los juegos con el manejo del tiempo y la voz narrativa.

En toda esa evolución los novelistas se han mantenido fieles a una consigna que ya la había entrevisto Henry James: la de representar las peripecias  de que está hecha la vida; la de poner al frente –como si fuera una obra de teatro– la representación de la vida humana. Ese ha sido un eje o un punto de confluencia de muchos novelistas; esa la piedra de toque de novelas magistrales como La montaña mágica de Thomas Mann o Ana Karenina de Tolstoi. La novela ha sido un medio para expresar las angustias, las esperanzas, los temores, los sueños de seres que de alguna manera tienen que asumir el precio de sus decisiones, la consecuencia de sus actos. La enfermedad, el amor, la soledad, el poder, la muerte… cada uno de esos temas se ha convertido en materia de investigación o en un pretexto para ahondar en los entresijos de la condición humana. La novela, en consecuencia, ha servido para hacer sociología, psicología, antropología de una comunidad, de una época o sencillamente de un individuo que, de alguna forma, ejemplariza el destino o la condición esencial del género humano.

Carlos Fuentes insistía, retomando a Kundera, en que el punto de confluencia de diferentes novelas era la redefinición del ser humano como problema. O si prefiere, como enigma.  Y Vargas Llosa, usando la metáfora del striptease invertido, ha dicho que el escritor de novelas lo que hace es desnudar sus propias culpas, los demonios que lo atormentan y obsesionan para lograr que los lectores tengan acceso al insondable mundo de los hombres. Y el escritor turco Orhan Pamuk de igual modo ha escrito que las novelas son como constelaciones de estrellas “en las que el autor ofrece decenas de miles de pequeñas observaciones sobre la vida; en otras palabras, experiencias vitales basadas en sensaciones personales”. Y el buen novelista, en consecuencia, es el que “es capaz de hablar de nosotros mismos como si fuéramos otra persona, y sobre otros como si estuviéramos en su piel”.

Tal vez de allí provenga el gusto o la afición por leer novelas. A los hombres y mujeres les sigue pareciendo interesante –además de entretenido– tener fotografías o cuadros de palabras en las que puedan reconocer su propia fisonomía o apreciar aquellos rasgos morales no siempre evidentes o estimados. Los lectores de novelas sienten curiosidad por su mismo ser; les siguen pareciendo fascinantes las razones o los motivos de una decisión, los dilemas propios de ejercer la libertad, los riesgos de establecer relaciones con otros semejantes, los vaivenes inherentes de mezclar la voluntad con el azar y la fortuna. El lector de novelas husmea, es un mirón de vidas ajenas, de mundos que aunque ajenos, son cercanos para él precisamente porque están hechos de la misma sustancia con que está constituido su cuerpo y su conciencia.

Cuidar la lectura

01 domingo Sep 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

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Ilustración de Quint Buchholz

Ilustración de Quint Buchholz

El arte de leer es, en gran parte,
el arte de volver a encontrar la vida en los libros
y, gracias a ellos, comprenderla mejor. 
André Maurois

 

Una de las bondades de la lectura, además de su placer implícito, es la de ayudarnos a comprender la vida. Por eso, quien tiene el hábito de leer va adquiriendo ciertos lentes que le permiten descifrar mejor algunos de los signos en que está escrita la existencia.

No cabe duda: leer es un acto de reencuentro, de reconocimiento. Ahí, frente a nuestros ojos, reaparecen los problemas o las situaciones con las que a diario tenemos que lidiar; o se nos muestran experiencias ya vividas o por vivir; o desfilan seres reales o imaginarios que de alguna manera hemos sido o presentido. Entonces, el acto de leer se convierte en una especie de toma de conciencia, de caer en la cuenta, de luces súbitas que nos permiten esclarecer o vislumbrar actitudes o comportamientos. Cuando se lee de verdad, cuando nos metemos de lleno en esos micromundos de las hojas de los libros, lo que hallamos son pistas clarividentes para explicarnos nuestro pasado, espejos para mirar mejor nuestro presente o señales orientadoras para nuestro futuro. El arte de la lectura de ciertas obras, arroja indicios tanto de lo que fuimos, como de lo que somos y de lo que seremos.

No debe entenderse aquí arte de la lectura como tecnicismo escolar o rapidez ocular; tampoco el poder formativo de la lectura estriba en la cantidad de libros leídos o en la dificultad del tipo de obras que frecuentemos. Arte de la lectura es tanto dedicación como ensimismamiento en ese diálogo mudo. Lugar para establecer una verdadera conversación en donde podamos no sólo deletrear los signos sino en realidad leerlos: degustarlos, rumiarlos, habitarlos. Hacernos parte de aquello que leemos. Arte de la lectura es también el prolongado acto reflexivo que trae consigo el hablar con esas manchas de tinta o con esas figuras que llamamos letras. La buena lectura debe irritar en nosotros la reflexión, la meditación, el examen. Y si logra calar hondo en nuestro espíritu, si nos afecta sinceramente, el leer debería llevarnos de igual modo a la recapacitación, la cautela o la prudencia.

Todavía más: la lectura es otra forma de aprendizaje y de desaprendizaje. Leyendo ampliamos nuestros horizontes y nos despojamos de ciertos lastres que nos impiden volar. Leyendo abrimos sendas para territorios inéditos y leyendo asumimos roles que nunca de otra manera lograríamos interpretar. La lectura nos ensancha el corazón, nos potencia la mente y nos multiplica la imaginación. La materia de que está hecha la lectura nos nutre con un alimento especial que tiene la propiedad de hacernos más leves o más trascendentales. Ese pan de la lectura, hijo del sol, hace que germinen muchas de nuestras más guardadas semillas o que maduren frutos de formas y sabores inéditos.

Deberíamos hacer habitual la lectura. Empezar por dedicar al día quizás unos minutos, para luego gastar otros tantos en meditar sobre lo leído. No se trata de leer cantidades, sino de tener un trato cotidiano con los libros. De convertir a la lectura en una práctica familiar. Después, cuando ya no veamos el leer como algo excepcional o como una actividad de vacaciones, podremos compartir con los más cercanos aquello que leemos. Como quien dice, aprovechar ese capital que nos ofrece la lectura para brindarlo a manos llenas a otras personas, para entregarlo o hacerlo circular –como si fuera una cadena– y así alentar a otros a recibir o continuar esta herencia del espíritu. De esta forma, lograremos hacer que el leer se transforme en consejo, en lección o recomendación para aquellos que caminan al lado nuestro o que, de pronto, solicitan cierta orientación para salir de los múltiples vericuetos que pone la misma existencia. Y mucho más tarde, cuando el leer se asemeje a un viejo amigo o a la más querida de nuestras costumbres, podremos conservar la lectura como una compañía fiel para nuestra vejez o como un murmullo alentador para nuestra postrera soledad.

Nunca sabremos de las rutas o los mapas reveladores que contiene la lectura para la vida si no nos volvemos unos frecuentadores de sus páginas. Quien lee no sólo aprende cosas nuevas, también atesora conocimientos; además de ello, recibe algunas claves que le permiten hacer más legible el mundo y ver con ojos más comprensivos las confusas y paradójicas experiencias que le suceden cotidianamente. 

(De mi libro Custodiar la vida. Reflexiones sobre el cuidado de la cotidianidad, Kimpres, Bogotá, 2009, pp. 117-120).

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