El poema en la imagen

Fotografía de Carlos Andrés Rubio Cruz.

SOLES MADUROS

Para cosechar la primavera

y no perderse nada de su luz,

es necesaria la humildad

del campesino

y la devoción absoluta de las manos.

Porque sin el doblar de la cintura

y la ofrenda de la rodilla en tierra

nada del verde opaco de los campos

logra transformarse en brotes de color.

Hay que agacharse demasiado,

infinidad de veces,

para recolectar con tranquila alegría

los soles maduros de la vida.

Fotografía de Carlos Andrés Rubio Cruz.

SERES OCULTOS

Los demonios siempre tienen máscara.

Eso hace parte de su encanto

y su primigenia maldición.

Poseen ojos salidos de sus órbitas,

dientes prominentes,

brazos como ganchos,

y en cuanto abren su boca

nos incendian con sus llamas de fuego.

Los demonios son como todos los monstruos:

la viva encarnación de nuestros miedos.

No hay que temerles…

Porque sin ellos no podríamos reconocer

los ocultos seres que llevamos dentro.

Fotografía de Carlos Andrés Rubio Cruz.

LENTITUD

Lento camina el elefante.

Con parsimonia lleva la vida a cuestas.

Es tal su lentitud,

su sabiduría de pasos meditados,

que la primavera tiene tiempo

para sembrar en su testuz

una selva incipiente.

Despacio va el paquidermo,

y gracias a ese moroso caminar de estatua

puede la vida brotar de su cabeza cansada.

La naturaleza confía sus secretos

a quienes logran, como el elefante,

conservar imperturbables las orejas

con la serena actitud

de la inmovilidad de la piedra.

Habilidades para la vida, doce propuestas

«Monumento a la vida. Tentación del hombre infinito» de Rodrigo Arenas Betancourt.

Desde la iniciativa internacional para la educación de las diez “Habilidades para la vida en las escuelas” realizada por la Organización Mundial de la salud, en 1993[1], hasta las “Diez capacidades funcionales humanas centrales” propuestas por la filósofa Martha Nussbaum[2], los educadores y los centros de formación han entendido que su labor, además de impartir conocimientos de calidad, consiste especialmente en desarrollar habilidades socioemocionales al igual que “acrisolar” el carácter de las nuevas generaciones. Los cuestionamientos venidos de diferentes campos del saber insisten en que la educación debe ser interpelada por las nuevas demandas sociales, que la formación es para toda la vida[3] y que, especialmente en nuestra época, se requiere un acompañamiento fraterno dentro de la acción pedagógica. El mismo Papa Francisco ha invitado a un Pacto educativo global en el que “se ponga a la persona en el centro, se escuche a las nuevas generaciones, se promueva a la mujer, se responsabilice a la familia, se promueva la acogida de los más vulnerables y marginados, se entiendan nuevas formas de la economía y la política y se cuide la casa común”[4].

Mirada con algún detalle la iniciativa de las habilidades para la vida se comprenderá que no es un asunto menor o de fácil consecución hallar las mediaciones, el tiempo y las estrategias educativas apropiadas para formar a los jóvenes estudiantes en el autoconocimiento, la toma de decisiones, enseñarles a solucionar problemas y conflictos, manejar las emociones y sentimientos a la par que formarlos en el dominio de las tensiones y el estrés. Quizá resulte más cercano promover en ellos el pensamiento creativo y el pensamiento crítico al igual que disponer espacios para las relaciones interpersonales; pero, de seguro, se tendrán dificultades para desarrollarles la capacidad de empatía y habituarlos a la comunicación asertiva. Tales aspiraciones suponen un giro o replanteamiento en el objetivo final de los centros educativos y, por supuesto, una revaloración del sentido y alcance de la relación pedagógica por parte de los maestros y maestras.

Sea como fuere, lo cierto es que las habilidades para la vida presuponen empezar a sopesar el conocimiento con la sabiduría, el mundo académico con el mundo “práctico” y el discurso especializado de las disciplinas con el aporte plural de las artes y las expresiones estéticas. No podemos seguir creyendo que los planes de estudio sólo abarcan la parcelación de las asignaturas; o que las diversas dimensiones del ser humano se satisfacen atendiendo las demandas gubernamentales del momento. Cada día resulta más importante comprender que los centros de formación son semilleros sociales muy importantes para aprender la participación y responsabilidad ciudadana, desarrollar la solidaridad, y abrirle un espacio al cultivo interior, la moral y la dimensión espiritual.

Dicho lo anterior, deseo puntualizar algunas habilidades para la vida que me parecen vertebrales en el proceso formativo de los jóvenes de hoy. Sobra decir que estas habilidades ni se alcanzan en corto tiempo, ni logran afianzarse sin el compromiso de quienes las encarnan. Digo esto último porque, en varias de las propuestas de “educar para la vida”, se piensa que tal logro sólo es responsabilidad de quienes las enseñan, cuando en realidad, son conquistas mancomunadas con la familia o fraguadas con el concurso de muchas manos[5].

Primera habilidad: El cultivo de sí. Creo que es la habilidad fundamental, porque sin una vigilancia constante sobre nuestro ser físico y psicológico, sobre la salud de nuestro cuerpo y el modo como lo nutrimos y ejercitamos, difícilmente podremos llevar a cabo otras habilidades. El cultivo de sí entraña la dignificación que nos otorgamos a nosotros mismos, la estima que nos profesamos, el bienestar que nos procuramos. El cultivo de sí supone descubrir y avivar nuestros talentos, reconocer nuestras cualidades, trabajar sobre nuestras debilidades con persistencia y buen ánimo. También el cultivo de sí implica mantener un proyecto de vida, luchar por unas metas propias, centrarse en lo que consideramos esencial para realizarnos como personas. El cultivo de sí demanda entender cada etapa del ciclo vital con sus tonalidades, con sus posibilidades y sus limitaciones.

Segunda habilidad: La sensibilidad social. Parte del hecho de que las vicisitudes de los demás, los problemas ajenos, no nos son indiferentes. La sensibilidad social supone salir de nosotros mismos para ser interpelados por los otros, por aquellas personas diferentes a nuestro modo de vivir, pensar o actuar. La sensibilidad social nos hace proclives a la solidaridad, a la cooperación, a la compasión y el sentido de la fraternidad. Porque tenemos sensibilidad social nos sentimos llamados a ofrecer ayuda a quien la necesita, a estar presentes cuando otro ser humano está agobiado por la fragilidad, el dolor o la ignominia. La sensibilidad social contribuye a afianzar los vínculos entre los vecinos, entre coterráneos, entre personas extrañas no importa su condición, raza o creencias. 

Tercera habilidad: La flexibilidad para el cambio. Esta habilidad es garantía para sobrevivir en épocas cada vez más inciertas, en ambientes plagados de incertidumbre. La flexibilidad para el cambio supone la tolerancia y una cierta disposición gozosa hacia la aventura. La flexibilidad para el cambio requiere tener la maleta liviana, aceptar que la transformación es parte natural de todos los seres, avizorar la mudanza que se avecina sin nostalgias o resentimientos. Desde luego, la flexibilidad para el cambio incluye también aceptar la evolución que sufren nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestros ideales. La flexibilidad para el cambio nos evita caer en los anquilosamientos del espíritu, en las obcecaciones autoritarias, en los fatalismos hacia el futuro o en la inercia pasiva del presente. 

Cuarta habilidad: El temple del carácter. Consiste en la incorporación y defensa de determinadas virtudes, en la adhesión a ciertos valores, en la observancia de algunos criterios que sirven de referente para actuar. El temple del carácter supone determinación, la asunción de unas obligaciones, la responsabilidad frente a nuestras opciones. El temple del carácter conduce a que no nos amilanemos cuando las cosas no salen como pensamos, que no culpemos a los demás de las consecuencias adversas, que no claudiquemos fácilmente en nuestros propósitos. El temple del carácter se logra mediante el troquel de los hábitos, autoimponiéndose una disciplina, examinando constantemente las cosas que nos molestan o nos sacan de nuestros cabales. Cuando se cuenta con el temple del carácter más fácilmente se podrá contrarrestar la crítica adversa o el rumor negativo, las demandas noveleras del momento, los gustos uniformes de la mayoría. Las personas con temple de carácter son auténticas, genuinas, altamente originales[6].

Quinta habilidad: La preservación de la curiosidad. Sin lugar a dudas, esta habilidad nos lleva a no perder el deseo por conocer, a conservar intacto el sentido de explorar y a impulsarnos a investigar lo que ignoramos o no acabamos de comprender. La preservación de la curiosidad es pábulo para la innovación y la invención, para ponernos en la vía de los descubrimientos y las soluciones inesperadas. Aquellos que preservan la curiosidad son estudiosos incansables de un tema, insaciables cuestionadores llenos de preguntas, personas renovadas constantemente por el asombro y la extrañeza. La preservación de la curiosidad nos hace menos conformistas, nos alimenta la creatividad, nos quita del ánimo el asfixiante moho del aburrimiento y la apatía. Las personas que preservan la curiosidad son menos crédulas, más escépticas, porque se permiten escudriñar allí donde otros se encogen de hombros o pasan por alto.

Sexta habilidad: El dominio de las emociones y las pasiones. Se relaciona con la capacidad para no estar sujetos a la inmediatez de los estímulos o a la reacción explosiva de los afectos. El dominio de las emociones y las pasiones consiste no en atrofiarlas o quitarles su fuerza vital, sino en aquilatar su radio de acción y su incidencia en el itinerario de nuestra vida, y mucho más cuando nuestro proyecto vital lo hacemos depender de sus demandas acaloradas o de la ceguera de sus caprichos. Hacer énfasis en el dominio de las emociones y las pasiones es una manera de incorporar la moderación en nuestros sentimientos, especialmente cuando el ímpetu nos domina o el ardor y la vehemencia nos conducen al fanatismo o la violencia. Y, por supuesto, es la garantía de que podamos construir relaciones dignificantes y duraderas, vínculos afectivos cuidadosos de la otra persona, ambientes de convivencia salvaguardados por la tolerancia y el respeto mutuo.

Séptima habilidad: La disposición para el humor y lo lúdico. La clave de esta habilidad reside en albergar en el espíritu, en las relaciones, en el transcurrir de la existencia, un talante alegre e ingenioso que permita relativizar los eventos negativos o no tomar todas las cosas con pesada gravedad. La disposición para el humor y lo lúdico resulta útil para matizar todas las tragedias, tomar distancia de los infortunios y permitir burlarnos de nosotros mismos. La disposición para el humor y lo lúdico contribuye a reponernos con facilidad de los fracasos que tengamos, a hallarle el lado amable a la vida, a aceptar con más tranquilidad nuestras torpezas, nuestros errores y nuestra consustancial fragilidad. Si sometemos nuestra cotidianidad al rasero de una excesiva circunspección, le daremos mayor trascendencia a asuntos banales y llenaremos nuestro corazón de amargura, rencor y desesperanza. La disposición para el humor y lo lúdico es garantía de alivio al estrés avasallador y un recurso divertido de sortear el miedo, la vergüenza o la repugnancia.

Octava habilidad: La conservación vigilante del medio ambiente. Ninguna manifestación de la vida puede tener un futuro saludable, sino contribuimos a la preservación del planeta. La conservación vigilante del medio ambiente incluye actitudes menos depredadoras de la naturaleza, la protección de la biodiversidad, el desarrollo de la conciencia ecológica frente al consumo responsable, y una atención interesada frente al cambio climático y todas las formas de contaminación. La conservación vigilante del medio ambiente supone tomarnos en serio la supervivencia y la decisión de participar individual y de manera colectiva en acciones cotidianas como aprender a reciclar, no malgastar el agua, usar menos el automóvil, no quemar las basuras, apagar los dispositivos eléctricos cuando no se estén utilizando y el cuidado insistente de las zonas verdes. La conservación vigilante del medio ambiente no es una visión contemplativa y romántica de la naturaleza, sino una activa y sensata forma de vivir de manera ecológica[7].

Novena habilidad: La responsabilidad derivada de los vínculos humanos. Alude a entender, valorar y proteger las diferentes interacciones que establecemos o en las que participamos. La responsabilidad derivada de los vínculos humanos nace del hecho de que no nos hacemos solos ni podemos socializarnos sin la participación de otras personas; se afianza en la evidencia de que necesitamos nichos del afecto o zonas seguras que nos garanticen la protección y desarrollo de nuestro ser. La responsabilidad derivada de los vínculos humanos otorga vertebral importancia al sentido corresponsable de las filiaciones, al deber moral de los compromisos; a las obligaciones que conlleva hacer parte o formar una familia. La responsabilidad derivada de los vínculos humanos además de subrayar la gratitud y la lealtad, se ocupa de mantener relaciones afectivas fiables y solidarias, se concentra en mantener el lazo entre las generaciones; hace efectiva la ayuda oportuna y el apoyo solidario con los progenitores, en particular cuando estén enfermos o envejeciendo. La responsabilidad derivada de los vínculos humanos reconoce que las relaciones de sangre, afecto o fraternidad se sostienen y perduran por la ley de la reciprocidad.

Décima habilidad: la participación ciudadana con criterio cívico. Lo que está en la base de esta habilidad es asumir la condición de sujetos dignos de derechos y obligaciones, regulados por acuerdos de convivencia y respetuosos de las reglas mínimas de convivencia. La participación ciudadana con criterio cívico lleva a sentirse miembro real de una comunidad, a buscar las mejores soluciones para el bien común y a servir de mediador para la resolución pacífica de los conflictos. La participación ciudadana con criterio cívico significa de igual forma el conocimiento del ordenamiento legal, la deliberación sobre las formas de gobierno y la elección concienzuda de dirigentes y representantes. La participación ciudadana con criterio cívico, si bien incluye los grupos marginales o las denominadas “tribus urbanas”, le apuesta a una forma organizativa en que sea posible contribuir al tejido de lo público, a realizar sin oponerse las elecciones de una vida individual con los requerimientos de una vida colectiva[8].

Undécima habilidad: la perspicacia de lectura del pensamiento crítico. Referida a una voluntad de sospecha sobre la opinión pública, a la rumia de los mensajes circulantes propagados por los medios masivos de información, a un filtro reflexivo sobre las veloces prácticas comunicativas en las que estamos inmersos. La perspicacia de lectura del pensamiento crítico es una habilidad supremamente importante en un mundo donde hay saturación de información, circulación de noticias falsas, usos políticos y comerciales para engatusar incautos, escenarios virtuales en los que se combinan astutamente la realidad con la ficción. La perspicacia de lectura del pensamiento crítico nos conduce a pasar por el cedazo de la sospecha los mensajes que se replican en las redes sociales, a tener más de una fuente de información, a no ser pasivos receptores de noticias y textos diversos. La perspicacia de lectura del pensamiento crítico implica desarrollar habilidades cognitivas como la comparación, la inferencia, la evaluación, el análisis, la argumentación que, al juntarse, permiten tener posturas razonadas sobre informaciones y acontecimientos, contribuyendo en gran medida a adquirir la capacidad mental de pensar por cuenta propia.

Duodécima habilidad: un modo de conocer plural e interdisciplinario. Tiene su origen en la complejidad del mundo, de las personas y de la realidad, que muestra la limitación comprensiva de un único punto de vista y la urgencia de amalgamar diferentes saberes y disciplinas para tratar de comprender la vida misma y sus manifestaciones. Un modo de conocer plural e interdisciplinario se acentúa en la complementariedad, en los espacios híbridos, en la conjugación de los aportes de las artes y las ciencias. Si en verdad queremos tener una comprensión más abarcadora y profunda de la vida nos será necesario aprender a combinar lo sensible con lo inteligible, la fuerza del dato con la potencia imaginativa de la metáfora. Un modo de conocer plural e interdisciplinario nos hará aptos para beber en muchas aguas sin estar sometidos por la constricción de las especializaciones, a sacar provecho de lo intuitivo a la par que del metódico análisis racional. Un modo de conocer plural e interdisciplinario podrá armonizar el aporte de los saberes ancestrales, de la sabiduría práctica, con esos otros beneficios que ha traído la ciencia y las tecnologías sofisticadas.

Concluyo esta docena de habilidades para la vida evocando a autores clásicos que avizoraron la relevancia de contar con una serie de consejos, de lecciones brotadas desde la experiencia, para conducir de mejor manera la existencia. Pienso en Epicteto y Marco Aurelio, en Montaigne, André Maurois o Romano Guardini[9]. O en filósofos contemporáneos como Michel Foucault o Pierre Hadot quienes retomaron a esos autores para mostrarnos las claves del “arte de vivir”[10]. Sé que los educadores, y más en una época como la que vivimos, sabremos entender que, además de transmitir información, tenemos la capital tarea de acompañar a otros seres humanos en el desarrollo de su personalidad y de ofrecerles un repertorio de “lecciones de sabiduría” que sirvan de referente en su travesía vital cuando estén lejos de nuestras aulas.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Las diez habilidades son: autoconocimiento, empatía, manejo de emociones y sentimientos, comunicación asertiva, relaciones interpersonales, solución de problemas y conflictos, toma de decisiones, pensamiento creativo y pensamiento crítico. Véase el magnífico documento compilado por Laura Stella Parra Espitia y un equipo de psicólogos de la Universidad Luis Amigó, titulado: Habilidades para la vida. Aproximaciones conceptuales:

https://www.funlam.edu.co/uploads/fondoeditorial/702_Habilidades_para_la_vida_Aproximaciones_conceptuales.pdf.

[2] Martha Nussbaum en su libro Crear capacidades. Propuesta para el desarrollo humano, propone y desarrolla argumentativamente estas diez capacidades: “Vida, salud física, integridad física, sentidos imaginación y pensamiento, emociones, razón práctica, afiliación, otras especies, juego, control sobre el propio entorno”; Paidós, Barcelona, 2012, págs., 53-55.

[3] En esta misma perspectiva Yuval Noah Harari en su libro 21 lecciones para el siglo XXI, en el apartado dedicado a la Educación, dice que las escuelas “tendrían que restar importancia a las habilidades técnicas y hacer hincapié en las habilidades de uso general para la vida”. Y agrega: “Lo más importante de todo será la capacidad habérselas con el cambio, de aprender nuevas cosas y de mantener el equilibrio mental en situaciones con las que no estemos familiarizados. Para estar a la altura del mundo de 2050, necesitaremos no sólo inventar nuevas ideas y productos: sobre todo necesitaremos reinventarnos una y otra vez”, Random House, Bogotá, 2018, pág. 288.

[4] Puede consultarse el vademécum del Pacto Educativo Global en: https://www.educationglobalcompact.org/resources/Risorse/vademecum-espanol.pdf

[5] Vale la pena retomar acá el llamado que hace a los padres de familia la filósofa Victoria Camps en su libro Qué hay que enseñar a los hijos y la agenda de formación que les propone: felicidad, buen humor, carácter, responsabilidad, dolor, autoestima, buenos sentimientos, buen gusto, valentía, generosidad, amabilidad, respeto, gratitud, libertad y obediencia; Plaza & Janés, Barcelona, 2000.

[6] El psicólogo Thomas Lickona, en su obra Carácter. Cómo ayudar a las nuevas generaciones a desarrollar el buen criterio, la integridad y otras virtudes esenciales (Producciones de educación aplicada, México, 2016), expone diez virtudes “que son confirmadas por casi todas las tradiciones filosóficas, culturales y religiosas: la sabiduría, la justicia, la fortaleza, el autocontrol, el amor, la actitud positiva, el trabajo arduo, la integridad, la gratitud y la humildad. Lickona afirma que “al centro de una educación del carácter eficaz hay una fuerte alianza entre los padres y las escuelas”.

[7] La encíclica Laudato si del Papa Francisco está en consonancia con esta habilidad; allí hay hay abundantes ideas y propuestas muy interesantes sobre el “cuidado de la casa común”. En esta misma vía resulta esclarecedor el libro de Wilhelm Schmid, El arte de vivir ecológico, Pretextos, Valencia, 2008.

[8] Precisamente, Victoria Camps y Salvador Giner han vuelto a repensar los rasgos fundamentales de la “vida en común” en su obra Manual de civismo (Ariel, Barcelona, 2008). El libro muestra diversos ámbitos y formas que apoyan el civismo, tales como el respeto mutuo, la dignidad individual, la convivencia pacífica, la moderación, la responsabilidad en el trabajo, la cooperación.

[9] Valga la ocasión para recordar El Manual de Epicteto, las Meditaciones de Marco Aurelio, los Ensayos de Montaigne, Un arte de vivir de André Maurois y Las etapas de la vida de Romano Guardini.

[10] Cuántas lecciones de vida trae Foucault en su obra la Hermenéutica del sujeto (Fondo de cultura económica, México, 2013) y cuántas más Hadot en el libro La filosofía como forma de vida (Alpha Decay, Barcelona, 2009).

El cuidador

El cuidador sabe de su condición por elección; no es algo heredado o natural. Más bien se trata de un aprendizaje de la compasión o de una sensibilidad especial hacia la fragilidad de otro ser humano. Y si bien hay profesionales del cuidado, lo que resulta interesante en la figura del cuidador es que, sin una vocación declarada, asume por un corto o largo tiempo la responsabilidad de velar por otra persona, de atender sus requerimientos, de estar al lado acompañándola en situaciones de enfermedad, precariedad o cuando es asediada por los achaques del envejecimiento. El cuidador llega a serlo por decisión, es un oficio motivado por el amor, por la gratitud o porque acepta hasta el final las responsabilidades de los vínculos de la sangre.

El cuidador está atento, esa es parte de su diligente tarea; en eso radica su talento y su pericia. Está atento a las sutiles variaciones de ánimo de otro semejante o a los cambios en su motricidad que va trayendo el tiempo. El cuidador aprende a reconocer los matices de voz, el interpelar susurrante de los quejidos, las variantes de cariño que puede albergar una petición. Por mantenerse atento, por haber aprendido esta cualidad de miramiento sobre otro ser, el cuidador se abre a la escucha o descubre que el verdadero sentido de la compañía radica en estar dispuesto para oír con intensidad y empatía. La atención del cuidador, cuando es sincera y abnegada, pone en un segundo plano los demás asuntos cotidianos que le lanzan sus propias demandas. La atención del cuidador lo lleva a concentrarse en alguien, a jerarquizar las horas, a acoplar su itinerario de vida con el de otra persona, a reconocer en la fraternidad una forma inadvertida de la filiación y el parentesco.

El cuidador es previsivo; advierte que en cualquier momento las cosas pueden empeorar o que las circunstancias inesperadas están rondando el ambiente en que se desenvuelve. Lo eventual siempre está al acecho para quien asume el rol de cuidador. Por ello, por esa intempestiva manera de aparecer lo imprevisto, el cuidador no se contenta con lo apenas necesario y menos aún confía en el azar o en los súbitos cambios de fortuna. La previsión del cuidador lo lleva a tener en sus haberes y en su mente la capacidad de reserva, el plan alternativo, las posibles salidas a un problema. El cuidador va un paso delante de los hechos, prevé desenlaces, avizora las ramificaciones del camino. La previsión del cuidador responde a un mandato ético: el de saberse responsable de otra persona, el de asumir corresponsablemente la existencia de otra vida.

El cuidador afina las habilidades o los movimientos que llevan a que otro ser se sienta más cómodo, menos lastimado o más tranquilo con los quebrantos de su cuerpo. A veces es haciendo un pequeño cambio en un cojín o en una almohada, o buscando la manta que abrigue y aleje el frío. El cuidador descubre que sus manos tienen talentos inexplorados para masajear o frotar, para suavizar o esparcir alguna crema, algún gel calmante. El cuidador descubre, poco a poco, que la fragilidad necesita una destreza en el tacto capaz de distinguir las emisiones insonoras que van del “muy duro” hasta el “más pasito”.  El cuidador entiende que su oficio reside en gran medida en la experticia de sus manos. Ellas son las que crean las condiciones para el descanso, las que aminoran el dolor, las que ayudan a cambiar una prenda, las que sirven de lazarillo cuando las fuerzas ya no responden a los deseos.

El cuidador reconoce que sus palabras son tan importantes como sus manos. Es consciente de que lo que dice posee las propiedades de un fármaco. Las palabras del cuidador –sopesadas, oportunas, precisas, bien elegidas– transforman el desánimo en esperanza, llenan de vigor al desalentado, sirven de consuelo y tranquilidad al sitiado por el desespero. El cuidador pone en sus palabras, en la tonalidad utilizada, el calor de la compañía, la certeza de la solidaridad, la resonancia que rompe el mutismo de la soledad. No es que el cuidador deba hablar siempre; porque, en algunas ocasiones, su forma de conversar es mediante las pausas de asentimiento, de los cortos empalmes de palabras que sirven de hilo para continuar la narración, de silentes miradas que mantienen la interacción con otro ser humano, la respetuosa dignidad que instaura todo ser que sufre. El cuidador sabe llevar el ritmo acompasado de los silencios.

El cuidador no se mueve en un solo sitio, su actuar le exige dinamismo o, al menos, una franca voluntad para salir de sus dominios. Y si bien su eje es aquella persona objeto de sus atenciones, lo cierto es que debe trasladarse a diferentes puntos según las urgencias o necesidades del momento. El cuidador se desplaza hacia el afuera, más de lo acostumbrado, para traer cosas, medicamentos y noticias al que está adentro. Buena parte de su tarea estriba en servir de puente o de intermediario para que las voces y los eventos de la calle lleguen a los oídos de quien no puede salir o que está confinado en las paredes de su casa o de su cuarto. El cuidador es un apoyo móvil, un emisario que convierte las solicitudes en pequeños regalos para la complacencia, un explorador con encomiendas de relatos. El cuidador es un corredor de fondo, porque su labor es más de resistencia que de velocidad.

El cuidador se mantiene en estado de vigilia; revisa por las noches a la persona de su interés que se ha quedado dormida en una postura incómoda y necesita reacomodarse; hace rondas de observación para saber si falta el vaso de agua o llama la atención sobre el medicamento recetado que no ha sido tomado a tiempo. La vigilia del cuidador se transforma en un regulador de los tiempos de otro ser; marca las nuevas rutinas o es un custodio de rituales inveterados; abre temprano las cortinas para anunciar el nuevo día y vuelve a cerrarlas con los deseos del buen descanso y el sueño reparador. El cuidador vigila para que el postrado tenga a la mano algo que leer, para que las cobijas no se arrastren y las pantuflas estén en su sitio, para que el aire fresco entre a la habitación de quien atiende, para que las pequeñas caminatas sean una forma de desembrujar su desaliento. El cuidador es un vigilante de las llamadas del hambre, de las solicitudes de ayuda, de todas aquellas alertas que amenacen el bienestar de una vida.

El cuidador pone a raya su impaciencia y calma los momentos de desespero de quien acompaña. Reconoce que no debe ser un asunto fácil depender de otra persona, sentir que la decrepitud avanza o que las limitaciones se multiplican. El cuidador, por eso mismo, se torna más reflexivo, más medido en lo que dice, más solidario y propenso a la transigencia. Sabe dosificar la alegría cuando los diagnósticos médicos no son alentadores y multiplica los motivos de esperanza cuando el doliente está a punto de desfallecer. El cuidador ahonda en las entretelas de los sentimientos, de las pasiones y las emociones de los seres humanos, especialmente cuando enfrentan situaciones de impotencia, o pasan por momentos adversos o agobiantes.

El cuidador puede ser severo y tierno a la vez; realista e imaginativo; juguetón y práctico. El cuidador confía en que las vicisitudes negativas puedan mejorar, pero, de igual modo, entiende que el deterioro humano es inevitable. El cuidador es el guardián de los ciclos de la vida, tanto en su crecimiento y conservación, como en su paulatino ocaso.

Vejez con hojas verdes, según Antonio Machado

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He escrito varias entradas en este blog sobre la fuerza que tienen ciertos poemas –desde su primera lectura– para conmovernos o interpelar nuestra conciencia. En muchas ocasiones es porque nos revelan algo esencial de lo que somos y, en otras, porque nos entrevén situaciones futuras por las que transitarán nuestros pasos. Retomemos, entonces, uno de esos poemas y descubramos por qué llega tan hondo a nuestra alma. Se trata de “A un olmo seco”, contenido en su libro Campos de Castilla.

La primera estrofa nos sitúa, de una vez, en el motivo lírico del poema. Antonio Machado describe bien la vejez de un árbol, su deterioro: además de vetusto, está partido por un rayo y, en su centro, se nota completamente podrido. Sin embargo, de tal tronco viejo brotan “algunas hojas verdes”. Ese contraste entre la evidencia de la ancianidad y el sutil reverdecimiento es el que el poeta va a exponer a lo largo del texto.

Las estrofas que siguen le van a servir a Machado para detallar más aquel olmo viejo. Nos dice que es centenario y que está arriba de una colina, bañada por río Duero ­–el que fluye “por hoces y barrancas”, el que lleva hacia el mar a la melancólica Castilla­–; describe su corteza blanquecina “manchada” por el “musgo amarillento”, como si fuera un tipo de óxido corrosivo; y para terminar ese retrato de menoscabo, afirma que su tronco se nota “carcomido” y lleno de polvo. El resultado de esa condición centenaria lleva al poeta a decir que este árbol no será “como los álamos cantores que guardan el camino y la ribera”; que en sus ramas no se posarán los “pardos ruiseñores”. Es un árbol viejo y solitario, un árbol habitado únicamente por ejércitos de hormigas y por “arañas”. El olmo está podrido por dentro, el olmo está seco y quebrado en sus entrañas, el olmo está condenado a un marchitado silencio.

Pero a pesar de todo ello, de los rasgos de envejecimiento que preludian el hacha del leñador o que los carpinteros hagan de él “melena de campana, lanza de carro o yugo de carreta”, el poeta quiere detenerse en ese pequeño destello de la “rama reverdecida”. Sabe que por su condición decrépita y añosa lo más seguro es que algún “torbellino” lo descuaje o que termine ardiendo en “alguna mísera caseta”. No obstante, al apreciar esa mínima rama verde que sobresale de la figura gris, Machado exclama o exhorta al tiempo, para que le sea posible contemplar “otro milagro de la primavera”. Anhela ver cómo la vida renace de sus propios añicos. El poeta reconoce que el olmo está envejeciendo –quizá como él–, pero mantiene la esperanza de vivir otros años, de mantenerse en pie, de poder levantar su corazón “hacia la luz y hacia la vida”.

Los últimos versos de la quinta estrofa nos vuelven al inicio del poema. Lo que Antonio Machado quiere guardar en su memoria, la anotación que desea escribir en su cartera, es esa “gracia de la rama verdecida” en aquel tronco seco, destruido y cubierto de polvo. Este contraste entre lo más deslustrado y corroído con algo brillante y lleno de frescura es el detalle que al poeta le parece memorable y que le sirve de reflexión para su existencia. En medio de la vejez es posible que nazcan retoños de nueva vida; el sumo ocaso puede albergar brotes de primavera. Desde luego, se trata de una esperanza o, si somos más trascendentales, de un “milagro”. El poeta sabe, como lo escribiera Jorge Manrique, que “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”; pero antes de que eso suceda, antes de que el peso de los años nos descuaje y lleve nuestros huesos hacia ese otro océano, es saludable para el espíritu mantener la espera en que alguna dimensión de nuestro  ser puede reverdecer, o convencernos de que nuestro corazón tiene la potencia para seguir refloreciendo.

Una relectura completa del texto, escrito en Soria en 1912, nos permite subrayar la importancia de confiar en que vengan las “lluvias de abril y el sol de mayo” antes que caigamos para siempre, antes que seamos cenizas al borde del camino, antes que nos diluyamos en el vasto infinito. Esa reiteración en el “antes que” no es solamente una súplica, sino una arraigada confianza de los caminantes poetas como Antonio Machado.  El autor sevillano, curtido en “meditaciones rurales”, nos enseña con este simbolismo del olmo seco que así estemos viejos y con la carcoma corroyéndonos las entrañas, “el corazón sigue latiendo… y que no todo se lo ha tragado la tierra”

La relevancia de la literatura, según el Papa Francisco

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T.S. Eliot: “La crisis religiosa moderna es una crisis de incapacidad emotiva”.
Karl Rahner: “Las palabras del poeta llaman lo innominado, se alargan a lo inasible”.

El pasado 17 de julio el Papa Francisco promulgó su más reciente encíclica: “El papel de la literatura en la formación”. Por tocar temas de especial interés no sólo para los noveles religiosos, sino para todos aquellos actores dedicados al trabajo educativo, considero relevante dedicar unas páginas a analizar con algún detalle este documento. Desde luego, mis comentarios son también una pre-texto para invitar a leer la carta apostólica en su totalidad.

La encíclica tiene 12 páginas de extensión, 44 parágrafos y 32 referencias. Después de unos párrafos iniciales, se subdivide en las siguientes partes: a) Fe y cultura, b) Jamás un Cristo sin carne, c) Un gran bien, d) Escuchar la voz de alguien, e) Una forma de ejercicio del discernimiento, f) Atención y digestión, g) Ver a través de los ojos de los demás y h) El poder espiritual de la literatura. Al igual que en otras cartas el estilo de Francisco es claro, cercano, rico en ejemplos y por momentos de tono confesional. Dicho estos aspectos generales, avanzaré en el texto haciendo mis comentarios según el orden de las ocho partes mencionadas.

El punto de partida de Francisco acota y amplía el objetivo de su carta: aunque pensó en un inicio que sus destinatarios iban a ser solamente los sacerdotes en formación, después decidió que su propósito cobijaba a todos los “agentes de pastoral” y, en últimas a “cualquier cristiano”. Su meta, entonces, es más amplia porque lo que desea es reflexionar sobre “la importancia que tiene la lectura de novelas y poemas en el camino de la maduración personal”. Esta premisa es de vital importancia para todo lo que viene después: primero, porque pone a las obras literarias y a los poemas en una dimensión de lo que podríamos llamar “textos relevantes” en la formación religiosa y, segundo, porque subraya la necesidad de que todas las personas contemos con obras literarias o textos poéticos que contribuyan a nuestra “maduración personal”.

Al adentrarse en su disertación, el Papa dice que antes de la llegada omnipresente de las redes sociales y de los teléfonos móviles, “la lectura era una experiencia frecuente” y que, según nos lo va mostrar, no ha pasado de moda. Porque “encontrar un buen libro” puede llegar a ser un “oasis que nos aleje de otras actividades que no nos hacen bien” o una ayuda “para ir sobrellevando la tormenta, hasta que consigamos tener un poco más de serenidad”. Francisco afirma que la lectura permite “abrir nuevos espacios que evitan que nos encerremos en esas anómalas ideas obsesivas que nos acechan irremediablemente”. El Papa subraya de manera positiva el acto de leer y se aparta, en gran medida, de la “obsesión por las pantallas”. Es urgente en cualquier proceso formativo estimular la “lectura serena y libre”, el diálogo sobre esos libros leídos (nuevos o viejos) que “tanto nos siguen contando. De allí su reclamo a la poca trascendencia que se le otorga a la literatura en el actual magisterio ordenado. No puede seguírsela entendiendo como “forma de entretenimiento” o una “expresión poco relevante”. Lo que concluye de este descuido vale la pena destacarlo: “es el origen de una forma de grave empobrecimiento intelectual y espiritual de los futuros sacerdotes, que se ven así privados de tener un acceso privilegiado al corazón de la cultura humana y más concretamente al corazón del ser humano”.

Es ese, entonces, el objetivo de su carta: “proponer un cambio radical acerca de la atención que debe darse a la literatura en el contexto de la formación de los candidatos al sacerdocio”, porque a través de las obras literarias podremos “entrar en relación con nuestra existencia concreta, con nuestras tensiones esenciales, con nuestros deseos y significados”. Es muy contundente su observación: “la literatura tiene que ver con lo que cada uno de nosotros busca en la vida”. Por eso es tan importante que cada quien vaya encontrando “aquellos libros que digan algo a su propia vida y se conviertan en verdaderos compañeros de viaje” o, si se quiere ser más precisos, que halle esas novelas y poemas que “necesita en cada momento de su vida”.

En el apartado de “Fe y cultura”, el Papa hace eco del Concilio Vaticano II al afirmar que la literatura “presenta claramente las miserias y las alegrías de los hombres, sus necesidades y sus capacidades”. En consecuencia, se si quiere tener un diálogo genuino con otras culturas o con otras personas es indispensable conocer obras literarias en las puedan captarse las “miserias y las alegrías de los hombres”. Si, en verdad, nos interesa “penetrar el corazón de las culturas” no podemos desechar esas palabras con que hombres y mujeres expresaron “el drama de su propio vivir”. Porque las novelas y los poemas son eso: “plasmación y revelación de sus más bellas hazañas y los ideales más bellos, así como también de sus actos más violentos, sus miedos y sus pasiones más profundas”. Y Francisco agrega algo más: la literatura puede ayudar a la Iglesia a no caer en el solipsismo ensordecedor y el fundamentalismo que “consiste en creer que sólo una específica gramática histórico-cultural tiene la capacidad de expresar toda la riqueza y profundidad del Evangelio”. Es a través del contacto con diferentes estilos literarios como se logrará profundizar en “la polifonía de la Revelación”. Dicho de otra manera: la literatura evita que se empobrezcan las estructuras mentales y ayuda a que los evangelizadores, como lo fue San pablo, “entren en un diálogo fecundo con la cultura de su tiempo” y a que, como señala en el siguiente apartado, no se pierda la “carne” de Jesucristo, una carne del mismo material con que se elabora la literatura: “carne hecha de pasiones, emociones, sentimientos”.

En el tercer gran apartado, subtitulado “Un gran bien”, Francisco sostiene que el “hábito de la lectura”, además de fortalecer el vocabulario y desarrollar diversos aspectos de la inteligencia y las capacidades de las personas, las prepara para “comprender y afrontar las diferentes situaciones que pueden presentarse en la vida”. Además de servirnos de ejemplo, nos lega una sabiduría que podemos asimilar y luego podremos legar a nuestros descendientes. Más adelante, en los parágrafos 20 a 22, el Papa toma ejemplos de autores literarios para subrayar que la literatura nos educa en la acción de “escuchar la voz de alguien”, en ser interpelados por nuestros semejantes. Por eso también la literatura nos hace “sensibles al misterio de los otros”, asunto tan necesario hoy cuando vivimos de una “incapacidad emotiva” generalizada. La literatura, en últimas, está disponible para “enriquecer nuestra sensibilidad”.

El siguiente apartado de la encíclica, “Una forma del discernimiento”, se enfoca en la ganancia que tendrían los sacerdotes si adquieran el hábito de leer poesía de manera frecuente. Francisco retoma la idea de Karl Rahner que emparenta al sacerdote con el poeta: tanto uno como otro buscan con sus palabras abrirnos “a lo innominado”, a lo infinito, a lo inasible. Este tipo de palabras, en consecuencia, hace que los futuros sacerdotes se vean obligados a ejercitar el discernimiento para “afinar las capacidades sapienciales de escrutinio interior y exterior”. El ejercicio de lectura literaria se asemeja, afirma Francisco, a un discernimiento mediante el cual el lector “está implicado en primera persona como sujeto de lectura y, al mismo tiempo, como objeto de lo que lee”. Al leer participamos y nos identificamos con un cúmulo de experiencias, leemos y “somos leídos”; en suma: estamos totalmente involucrados.

En los siguientes cuatro párrafos, agrupados bajo el subtítulo de “Atención y digestión”, el Papa usa varias analogías para comprender el sentido de la literatura. Escribe que ella se parece a un laboratorio fotográfico en el que “es posible elaborar las imágenes de la vida”; añade que la literatura es importante porque permite “desarrollar las imágenes de la vida para preguntarnos por su significado”. Leer literatura contribuye a mantenernos alertas para “contrarrestar la acelerada simplificación de la vida”. Compara la literatura con un gimnasio en el que “se entrena la mirada para buscar y explorar la verdad de las personas y de las situaciones como misterio”. Finaliza el apartado asociando el rol de la literatura con el acto fisiológico de la digestión mediante el cual es posible “digerir y asimilar” nuestra presencia en el mundo; rumiar “lo que va más allá” de la superficie de las experiencias humanas.

La penúltima parte de la carta pastoral, subtitulada “Ver a través de los ojos de los demás”, habla de lo que sucede a la persona cuando lee un texto literario. Francisco afirma que al leer literatura se activa el poder de la imaginación, nos volvemos “más sensibles frente a las experiencias de los demás” y “ampliamos la perspectiva que expande nuestra humanidad”. El Papa señala que la literatura “educa nuestra mirada hacia la lentitud de la comprensión”, nos evita caer en las simplificaciones y en la “reducción del misterio del mundo y el ser humano a una antinómica polaridad de verdadero/falso o justo/injusto”. Al leer las obras literarias “descubrimos que lo que sentimos no es sólo nuestro”, que somos seres empáticos y con posibilidad de comprensión. Para quien lee literatura “nada de lo que sea humano le será indiferente”.

El Papa Francisco concluye su carta pastoral haciendo una síntesis de lo expuesto. El subtítulo declara bien lo medular de su mensaje: “El poder espiritual de la literatura”. Si ha insistido en que la formación del futuro pastor contemple la inclusión asidua de literatura y poesía es porque confía en que estas obras ofrecerán un “pluralismo de los lenguajes humanos”, le darán mayor extensión a su sensibilidad y prepararán una “apertura espiritual para escuchar la Voz a través de tantas voces”. La literatura es un buen antídoto contra “los lenguajes autorreferenciales falsamente autosuficientes”; con la literatura la palabra recupera su movimiento, su viveza interpelativa. Si el futuro sacerdote se nutre de literatura, de poesía, recuperará el don de “poner nombre a los seres y a las cosas”. Francisco cierra su encíclica mostrando la afinidad entre el sacerdote y el poeta, entre aquellos que tienen la función sacramental de la palabra divina y aquellos otros que escuchan y dan formas nuevas a la palabra humana.

Mirada en su conjunto la Carta del Pontífice deja entrever la necesidad de que en todos los espacios y niveles de formación –no solo religiosos o teológicos– se entienda mejor el sentido de leer obras literarias y el papel vertebral de la poesía en una educación de la sensibilidad y el cultivo de la interioridad. La literatura no puede considerarse como una simple “ilustración académica” o un gusto novelero y caprichoso, sino que es un “bien cultural” muy importante en la formación de todas las personas porque les posibilita reconocerse en las variadas y diversas experiencias humanas y, de esta manera, disponer su corazón hacia la solidaridad y la compasión. La literatura nos ayuda, como pensaba Jean Cocteau, a “salir de nosotros mismos”. Si comprendemos el sedimento de aprendizajes vitales que comportan las obras literarias o la lectura asidua de poemas, si las dimensionamos como semillas de fraternidad humana para abonar la mente y el espíritu de los estudiantes, seguramente volveremos a colocar dichas expresiones del lenguaje en el sitial que merecen dentro de nuestros centros educativos.