El tigre y los dos cazadores

«El tigre» del pintor alemán Franz Marc.

Trepado en un árbol frondoso y con una buena panorámica, un cazador miraba por sus binoculares a otro colega que, en un claro de la selva, se enfrentaba a un tigre con un machete.

—Debería dispararle con su rifle —exclamaba—. No sé para que lo tiene terciado a sus espaldas.

El hombre que estaba abajo caminaba despacio siguiendo el desplazamiento del tigre, con gran precaución, estudiando cada paso. Parecía otro felino.

—Yo de él hacía rato me hubiera acercado para descargarle un golpe mortal con ese machete —decía en voz alta, como si el colega lo escuchara—. ¡Seguro que le falta valor!

El cazador enfrentado al tigre se mantenía alerta sin despegar su mirada del rayado animal. Sus movimientos eran calculados. El tigre lo estudiaba, como quien sabe los riesgos de alcanzar una presa inteligente.

—¡Qué espera para enfrentarlo! ¡Haga algo, láncese de una vez! —gritaba el hombre, acomodándose mejor en una de las ramas del grueso árbol.

El otro hombre mantenía en alto el machete que, por momentos, lanzaba brillos al encontrarse con la luz del sol. El cazador sabía que en cualquier momento la fiera podría lanzarse sobre él, y por eso mismo no perdía el contacto visual con la fiera. El sudor bajaba por sus mejillas, le empapaba la espalda y hacía que el mango del arma se sintiera resbaloso. La situación era de total intensidad.

—¡Nunca pensé conocer a alguien tan cobarde!, ¡Mátelo de una vez! —dijo el impaciente observador de la escena.

Después de unos minutos, como si presagiara algo, el tigre se detuvo por un instante, miró a su alrededor y, sigilosamente, se perdió entre la alta maleza. El cazador no bajó la guardia. Se mantuvo alerta, esperando otro ataque del animal. Sabía que el tigre a veces parece retirarse para luego arremeter con mayor fuerza. Sin embargo, no fue así.

El cazador trepado en el árbol dejó de mirar por sus binoculares y descendió con dificultad. Después se encaminó hacia donde había visto a su colega.

Luego de sortear la maleza llegó a donde estaba el cazador. Lo saludó con la mano y, como si fueran viejos conocidos, empezó a interrogarlo por el reciente evento:

—¿Qué pasó? —fue la primera interpelación al nuevo compañero— ¿Se le encasquilló el rifle?

El otro hombre, que se mantenía en estado de alerta, le sonrió al colega con dificultad. Mientras enfundaba el machete le respondió:

—No, lo que pasa es que es un tigre herido…

—¿Y qué?, mejor. Sólo faltaba darle el tiro de gracia.

El cazador miró a su colega con la misma actitud con que antes había observado al tigre.

—La verdad es que los tigres heridos son letales cuando se los ataca. Desarrollan una fuerza superior a lo que uno puede imaginar.

—Entonces, es más fácil rematarlos…

—Todo lo contrario, en ese momento es cuando el cazador está en el máximo peligro de morir.

El hombre de los binoculares guardó silencio y dejó por un momento de interrogar al colega. Después de unos segundos agregó:

—Lástima, yo desde donde estaba trepado no veía bien el animal para dispararle…

—Eso pasa casi siempre: —respondió el otro cazador—. Desde lejos es fácil resolver lo que de cerca resulta más complicado…

El hombre hizo una pausa, bajó la mirada y contempló sus manos aún sudorosas. Se mostraba meditativo:

—Para descubrir el temperamento y la forma de actuar de la bestia hay que estar bien cerca de ella.

El otro cazador se sintió avergonzado.

—Todo pasó tan rápido que no tuve tiempo ni de disparar hacia donde estaba el tigre para espantarlo.

—No siempre hay que matar al enemigo para lograr sobrevivir —comentó el cazador, acomodándose el sombrero y terciándose de nuevo el rifle en el hombro.

Mientras seguían su camino, los dos cazadores hicieron silencio. Los rugidos prolongados de un tigre parecían retumbar más fuerte entre los otros sonidos de la tupida selva.

El arte de cavar con la pluma, según Seamus Heaney

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Seamus Heaney , obra del retratista británico Tai-Shan Schierenberg.

El primer poema que leí del poeta irlandés Seamus Heaney, mucho antes de recibir el premio Nobel de literatura, fue “Ostras” publicado en la Gaceta del Fondo de Cultura Económica[1]. Me gustó su precisión al nombrar aquellas conchas y la relación que establecía entre la antiquísima historia de aquel alimento marino y el deseo del poeta de que, al comerse la jornada dichosa del día, se transformara “en verbo, en verbo puro”. La traducción de ese poema era del director de la publicación, Jaime García Terrés:

“Nuestras conchas golpeaban en los platos.

Estuario desbordante era mi lengua,

Mi paladar absorto con brillos estelares:

Mientras gustaba yo saladas pléyades

Orión puso su pie dentro del agua.

(…)”. 

Inquieto por este autor, empecé a buscar sus obras. Pude adquirir su poemario Norte, en la desaparecida librería “La gran Colombia”, y Muerte de un naturalista de ediciones Hiperión[2]. Y después Campo abierto y  Cadena Humana de la Colección Visor de Poesía[3]. Mi interés siguió en aumento a la par que leía y releía sus versos:

“(…)

Construid en la oscuridad.

Esperad la aurora boreal

en la incursión profunda,

no la cascada luminosa.

 

Y mantened el ojo limpio

como el carámbano.

Confiad en el tacto del trozo de tesoro

que han conocido vuestras manos

(…)”.   

Pero, entre todos esos textos hubo un poema que llamó poderosamente mi atención. Se trata de “Cavando” y hace parte del poemario Muerte de un naturalista, traducido por Pura López Colomé. Transcribo todo el texto[4]:

 

Entre índice y pulgar

La gruesa pluma reposa, a gusto, como un arma.

 

Bajo mi ventana

el limpio, áspero sonido

de la pala hundiéndose en el suelo de grava:

Mi padre está cavando. Volteo desde arriba

 

a ver su tensa grupa por entre los lechos de flores

hasta que se inclina más, y se endereza

veinte años atrás agachándose con ritmo

entre los surcos de papas

donde estaba cavando.

 

La tosca bota anidaba en la pala,

eje contra rodilla se nivelaba con firmeza.

Iba arrancando los brotes altos, enterraba hondo el filo brillante

para esparcir las nuevas papas que recogíamos,

felices con su fresca dureza entre las manos.

 

¡Por Dios!, ¡Vaya si el viejo sabía manejar la pala!

Igual que su propio viejo.

 

Mi abuelo cortaba más turba en un día

que ningún otro en la ciénaga de Toner.

Una vez le llevé una botella de leche

con tapa floja de papel. Se enderezó

para beber, y de inmediato volvió a la tarea

 

cortando y rebanando con esmero, levantando trozos

por encima del hombro, y luego una y otra vez

hasta el buen tepe. Cavando.

 

El frío olor del limo de papas, el chapoteo y golpeteo

de la turba empapada, los cortes del filo en seco

por entre raíces vivas despiertan en mi memoria.

Mas yo no tengo pala para imitar a hombres como ellos.

 

Entre índice y pulgar

la gruesa pluma reposa.

Yo cavaré con ella”.

 

El poema es magnífico por varias razones. En principio, porque es un homenaje a la tradicional labor campesina de sembrar y cosechar papas; en segunda instancia, porque es un reconocimiento al trabajo denodado y bien hecho de  los ancestros humildes;  en un tercer nivel porque muestra una ruptura sobre los oficios heredados hechos con los manos; y, en última instancia, porque es un símbolo del quehacer de escritor. Si vamos estrofa por estrofa veremos cómo se logran estos cometidos.

El texto empieza en un gesto, un gesto que se repetirá en los últimos versos del poema. Se trata del gesto de empuñar la pluma, de tomar la pluma para empezar a escribir. Al inicio como si fuera una confortable arma y, al  cierre, como si se tratara de una pala para labrar la tierra. Entre esos dos gestos transcurre el poema.

En medio de esas dos pequeñas estrofas Heaney observa a su padre labrar la tierra. Lo ve debajo de su ventana a la par que escucha el sonido de la pala “hundiéndose en el suelo de grava”. El sonido del azadón a la par que es límpido también se oye áspero. El poeta describe con minucia el acto de cavar la tierra; observa al hombre en una labor rítmica en la que lleva más de veinte años.

La descripción se hace más fina e involucra la bota y el mango de la pala; detalla cómo las manos “arrancaban los brotes altos” a la par que “enterraban muy hondo aquel brillante filo”, para que salieran las nuevas papas y lograr esparcirlas sobre la tierra. Aquí el poeta se vuelve protagonista de lo mismo que observa: “papas que recogíamos felices con su fresca dureza entre las manos”.

Pero la remembranza campesina no se queda en la descripción. Heaney elogia con admiración la labor de su padre: “¡Vaya si el viejo sabía manejar la pala!”. Y para darle mayor fuerza a esa exaltación de un oficio humilde, recuerda que tal destreza en aquella tarea también la desempeñaba a la perfección su abuelo. En este punto se centra la sexta estrofa. El poeta recupera una anécdota con ese hombre “que cortaba más turba en un día que ningún otro en la ciénaga de Toner”. Heaney cuenta que al llevarle una botella de leche el viejo apenas se levantó para beberla pero luego se inclinó de nuevo a su tarea. Eran hombres dedicados a su incansable trabajo de cavar la tierra, “ahondado más y más en busca de la turba buena”.

Esos recuerdos lo asaltan mientras tiene la mano en reposo. Remembranzas que traen, además, “el frío olor del limo de papas, el chapoteo y golpeteo de la turba empapada”. Olores y sonidos acuden a la memoria del poeta irlandés. Es como si aquellas raíces mantuvieran una conexión subterránea con sus recuerdos, que se conservaran vivas en su cabeza y, de pronto, despertaran en un instante de evocación. Sin embargo, el poeta descubre que “ya no tiene pala para imitar a hombres como ellos”. Seamus Heaney reconoce que ya no puede ser campesino, que debe romper con esa continuidad de hombres enfrentados a la turba. Entonces, su decisión estriba en lo que declara en la última estrofa: cavará sí, pero con la pluma de escritor. Esa será ahora su verdadera pala.

Visto y releído en su conjunto el texto pueden corroborarse las razones mencionadas de mi gusto por este poema. Se trata de una declaración del oficio de escribir, una “arte poética” a partir de un hecho visto repetidas veces, de un contexto particular. Heaney no solo enaltece aquellas tareas propias del campo y se maravilla con la tenacidad de sus mayores, sino que entrevé en esa herencia de labranza su futuro. Por supuesto, cambiando las herramientas de trabajo. Y así como su padre se dedicó, con devoción y esmero, “al surco de las patatas”, él se consagrará a labrar sus palabras entre el surco de los versos. Necesitará como sus antecesores “esmero” y “tenacidad”, tendrá que adquirir la capacidad para no distraerse, deberá saber utilizar su instrumento “con firmeza” para lograr sacar de todo ese subsuelo de experiencias y recuerdos, de vivencias, personas y lugares, otra cosecha que pueda “desparramarse” sobre las páginas que escribe.

¡Qué gran poeta es Seamus Heaney! De él aprendimos que la fuente de los poemas se encuentra “debajo del suelo mismo de la memoria”[5], y para lograr sacarlos a la luz hay que cavar una y otra vez con el azadón de la escritura.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Número 132, México, diciembre de 1981, pág., 7.

[2] Norte y Muerte de un naturalista, traducción de Margarita Ardanaz, Hiperión, Madrid, 1995 y 1996.

[3] Campo Abierto, traducción de Vicente Forés y Jenaro Talens, Visor, Madrid, 2004; Cadena Humana, traducción de Pura López Colomé, Visor, Madrid, 2014.

[4] Revista de la Universidad de México, octubre de 2021. https://www.revistadelauniversidad.mx/releases/112e3c8e-7dc7-4fbc-a058-cc7141b569ab/trabajo

[5] Seamus Heaney, De la emoción de las palabras, Anagrama, Barcelona, 1996, pág., 60.

Las lecciones de literatura preceptiva de Jesús María Ruano

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Carátula de la decimatercera edición, editorial Voluntad, Bogotá, 1962.

Un tema que me ha interesado desde hace años es la enseñanza de la literatura. Como parte de esa pesquisa, he ido encontrando textos “clásicos” publicados a lo largo de varias décadas. Hoy deseo referirme a uno de ellos. Se trata de las Lecciones de literatura preceptiva del jesuita Jesús María Ruano, publicadas primero por el Colegio de San Bartolomé, hacia 1933 y luego, en sucesivas ediciones, por la Editorial Voluntad de Bogotá[1]. Si bien es un libro que recoge la tradición del arte de la Retórica, involucra de manera novedosa aspectos del método educativo de la Compañía de Jesús, sumados a una explícita organización didáctica tanto en sus contenidos como en el modo de enseñarlos. Adentrémonos, entonces, en las páginas del libro.

El texto de Jesús María Ruano empieza declarando su método: “amenidad y práctica”. Y en un párrafo de las páginas introductorias señala su principal propósito: “si el joven desde que comienza sus estudios literarios va viendo en cada lección las bellezas de la obra o parte literaria que se le trata de enseñar, y va entendiendo los preceptos teóricos antes de establecerlos, poco trabajo le costará levantar la carga de mandar a la memoria las definiciones, cualidades, reglas y ejemplos de la preceptiva literaria”[2]. Para ello se vale de una trilogía clásica del trabajo didáctico: “observar, entender y ejercitar”[3]. Es decir, los ejemplos o modelos literarios sirven a la observación que, a su vez, conducen al análisis intuitivo, para terminar en la práctica o producción de aquello mismo que pretende enseñarse. Esta propuesta didáctica, como ya lo dijimos y Ruano lo reconoce, responde en su esencia al método de la Ratio studiorum, tan importante en la formación de los jesuitas[4].

Si se observa con cuidado el índice se podrá notar que la obra se divide en dos grandes secciones: literatura preceptiva y géneros literarios. En la primera parte se incluyen, entre otras, lecciones sobre nociones previas de estética, las escuelas literarias, las cualidades del estilo, las figuras lógicas, patéticas, la metáfora y la alegoría, la invención. En la segunda, se abordan asuntos como la poesía, la versificación y la rima, las diversas clases de versos en castellano, la poesía lírica, la poesía bucólica, la poesía épica, la poesía dramática, la novela y el cuento, la poesía didáctica, la oratoria, el fondo y la forma en el discurso, la oratoria forense y académica, la oratoria sagrada, la didáctica literaria y la literatura periodística. Son más de 470 páginas, organizadas en sesenta y dos lecciones, las que emplea Ruano para desarrollar todo este material sobre la literatura.

Cada lección, por lo general, está construida de la siguiente manera: se presenta un ejemplo literario, se invita al análisis del mismo, se infiere una definición, para luego mencionar sus propiedades y características. La lección termina proponiendo algunos ejercicios prácticos e invitando a la reconstrucción sintética, organizada a partir de preguntas puntuales. En otros casos, los ejemplos no están al inicio, sino durante el desarrollo de la exposición o se ofrecen otros “modelos” dignos de estudiarse al cierre de la lección. Es notorio el esfuerzo de Ruano para indicarle al maestro actividades acordes al tema objeto de su interés, sugerirle aspectos motivacionales en el aula, al igual que ofrecerle libros de consulta o fuentes útiles al momento de guiar los ejercicios prácticos con sus estudiantes.

Hay un logro en la claridad expositiva y una voluntad didáctica que permite acceder con facilidad a los múltiples conocimientos y a los aspectos relacionados con la literatura. Ruano empieza siempre sus lecciones desde lo más general para luego pasar a “las variedades” de un género o una temática. Enumera cada parágrafo, prioriza las definiciones, muestra con cuidado las clasificaciones, es preciso en las distinciones y sabe dosificar la cantidad de información acorde al tipo de asunto. Evita los párrafos extensos, usa las bastardillas con el fin de destacar el vocabulario esencial de un tema o que está vinculado con el de otra lección, ilustra conceptos con abundantes fragmentos literarios, recupera en la “reconstrucción sintética” aquellas nociones que ha explicado y ejemplificado. Por más que el autor emplea un lenguaje especializado, no por ello deja de ser altamente comunicativo y, lo más importante, está adecuado al tipo de público para un texto escolar.

Lo más interesante de su método es que el ejemplo utilizado sirve de base para un análisis posterior en el que, de manera precisa, va mostrando al lector las características de aquello mismo que desea explicar o de las particularidades de un asunto. En consonancia con esta propuesta, Ruano pone al final de las lecciones, ejercicios prácticos (“serán los frecuentes análisis que se exigen en el cuerpo de la lección, aplicados a otras composiciones del mismo género”)[5], o “ejercicios analíticos” en los que el estudiante, con la orientación del profesor, puede emular lo que el texto le ha presentado de manera detallada. Para este último cometido ofrece un apartado titulado “otros modelos” literarios.

Pero, sin lugar a dudas, el mayor acierto de esta Preceptiva literaria es su declarado interés para que los estudiantes no solo conozcan las particularidades de la literatura, sino que “aprendan a escribir”. Si hay un término recurrente en esta obra es el de “composición”. Desde la lección V, en que se habla de las dotes del “artista literario”, pasando por todas aquellas dedicadas a las cualidades del estilo (lecciones VII a XII), hasta las que hablan de la “armonía, la práctica y la formación del estilo” (lecciones XXII a XXIV), Ruano tiene como principal interés que el aprendiz se apropie de los elementos del lenguaje literario como insumo para su propia producción escrita. Para ello emplea los “modelos” de autores y obras representativas que, al analizarlas, permiten descubrir las “minucias de la composición”. Además, Jesús María Ruano, desea que esos escritos de los alumnos logren ser de calidad, que tengan un referente estético notable. De allí, entonces, su preocupación por explicar con cuidado todos los recursos que dan “vida y movimiento al estilo”; me refiero a las figuras lógicas, a las figuras pintorescas o descriptivas o a las figuras patéticas. En este mismo sentido están presentadas las modalidades de los géneros literarios y las variadas lecciones dedicadas a las formas de la poesía lírica, épica y dramática, al igual que las lecciones sobre la novela y el cuento. Más allá de un afán enciclopedista, lo que mueve a Ruano es su deseo docente de que el estudiante vaya incorporando “estructuras”, “modelos”, “técnicas literarias”, que sirvan de referente y estímulo para sus composiciones escritas. Como un ejemplo típico de lo que vengo diciendo es la lección XXIV, centrada en la “práctica y formación del estilo”. En ella, Ruano afirma que antes de redactar hay que “pensar bien” para luego sí pasar a la etapa de la redacción; en este mismo espacio ofrece una variedad de ejercicios para “adquirir abundante léxico”, para “adquirir una palabra propia y más expresiva” y ejercicios para “la reproducción libre de un modelo”. Cierra esta lección explicando los “ejercicios superiores de estilo” en los que incluye el desarrollo de una idea concreta, la enumeración de los efectos de una causa o la descripción de impresiones personales[6].

A pesar de haber sido escrito hace noventa años, este libro sigue iluminando mis reflexiones y mi trabajo sobre didáctica de la literatura. A él acudo para “redescubrir” sus ejercicios prácticos; me orienta en aquello de la “dosificación” de los contenidos literarios, especialmente en una época en que la saturación de información no es buena consejera para el aprendizaje significativo; lo tengo de “repertorio de preguntas” cuando me urge evaluar determinada temática literaria; me sirve de “inspiración didáctica” al momento de producir textos con igual propósito. Como toda obra clásica, este libro continúa irradiando “relecturas” que suscitan el interés de los educadores, es fuente para la reapropiación de aprendizajes y fomenta la siempre valiosa tarea de apasionar a otros por el conocimiento de la literatura y el oficio artesanal de aprender a escribir.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] La edición que tendré como referencia es la decimotercera, de la Editorial Voluntad, Bogotá, 1962.  

[2] Op. cit., pág. 7.

[3] Op. Cit., pág. 9.

[4] “¿Qué otra cosa que análisis intuitivo son las prelecciones, síntesis retrospectivas, las repeticiones, y práctica de lo aprendido, las composiciones?”, op. cit., pág. 11.

[5] Op. cit., pág. 254.

[6] Op. cit., págs. 162 a 165.

Los sonetos de Tierra de promisión de José Eustasio Rivera

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Ilustración de Sergio Trujillo Magnenat para la edición de Tierra de Promisión que hizo la Imprenta Nacional de Colombia en 1955.

José Eustasio Rivera es el autor de la novela La Vorágine y un grupo de poemas agrupados bajo el título de Tierra de promisión. Rivera nació el 19 de febrero de 1888; fue hijo del hacendado huilense Eustasio y de Catalina Salas; quinto de una familia de once hijos… José Eustasio Rivera es el vagabundo de los vientos, el buscador de otra tierra prometida. Pero hoy deseo centrarme en el poeta, en el Rivera de Tierra de promisión. Dejaremos para otra ocasión el Rivera de La Vorágine, el novelista.

Tierra de promisión es “una colección parnasiana de sonetos tropicales”, afirma Andrés Holguín. El libro, publicado en 1921, está conformado por 55 sonetos en total, elegidos de los 168 poemas que hasta 1911 había escrito Rivera. Tierra de promisión: un primer soneto como prólogo, 18 más dedicados a la selva, 10 a la montaña y 26 a la llanura. Tierra de Promisión, libro en el que, según Rafael Maya, “el poeta y la naturaleza se desposan místicamente”.

José Eustasio Rivera es, en los poemas de Tierra de promisión, la imagen viva de una lucha. Los sonetos reflejan una dualidad: la visión del hombre de campo enfrentado a una forma literaria ajena. Expliquémonos. Rivera, el poeta, se escinde en cada soneto de Tierra de promisión. Lo parnasiano de la forma, el acabado, el pulimento, el cincel preciosista, choca con los temas propios de la selva, el río, de la llanura; con el mundo del trópico. Choque brutal; a veces, desacertado. En otras ocasiones, las menos, excepcional. Choque entre un espíritu sanguíneo, solar, selvático, terrígeno, y una “moda literaria”, un recurso retórico que, desde Francia, inundó la frágil conciencia de los poetas colombianos.

Resulta evidente captar esa lucha en un soneto como el que empieza: “Entre el eco iracundo de ladridos violentos”, que es el XII soneto de la primera parte de Tierra de promisión. Recordémoslo en su totalidad:

Entre el eco iracundo de ladridos violentos,

sobre un rastro de dantas va la ronca jauría,

por raudales trementes, por la chamba sombría,

revolcando los montes y mordiendo los vientos.

 

Son mis perros, veloces y de sangre sedientos,

que iniciando, furiosos, su carrera de un día,

pronto al sol alcanzaron en la azul serranía

y en las sombras hundieron los hocicos sangrientos.

 

Ya de noche, sacuden la maraña tupida;

dan medrosos aullidos; a la danta rendida

le devoran el vientre con titánica brega;

 

y al tornar, silenciosos por las breñas oscuras,

perfumando sus pieles, todo el monte les riega

una gran tufarada de piñuelas maduras.

El soneto comienza con una imagen sonora, una doble sonoridad: un ladrido de perros vuelto eco. Lo violento contrasta con lo iracundo. El alejandrino nos ubica de inmediato en una montaña. El segundo verso nos describe mejor la acción. Los perros van en busca de las dantas. Los perros cazadores. El calificativo que usa Rivera para la jauría es el de “ronca”, creando otro eco más. Es como si los perros llevaran dentro otra montaña. “Ronca” es un adjetivo exacto. Rivera es un conocedor de la fatigada voz del perro que persigue la presa. De pronto, al iniciar el tercer verso, Rivera deja la montaña y vuelve al palacio. Del matorral y la bejuquera, salta al mármol y la palestra. El adjetivo cambia: “tremente”. Los raudales son sacados del contexto: “Por raudales trementes, por la chamba sombría”. Pensemos, por un momento, en la asociación “chamba sombría”. He ahí un buen ejemplo de lo que vengo acotando. La “chamba” junto a “sombría”. La “chamba”, natural, agrícola, realista, al lado de “sombría”, romántica, palaciega, ideal. Este contraste crea un resalte, una discontinuidad, una irrupción. Enseguida, para cerrar el primer cuarteto, Rivera vuelve al tono inicial. “Revolcando los montes y mordiendo los vientos”. Otra vez la escena vuelve a su elemento. Los adjetivos recuperan su fuerza. Volvemos a la montaña y el eco de los ladridos se adentran aún más en la maleza. “Revolcar montes”, “morder los vientos”: otra cacería, la gran cacería de los elementos naturales.

Este ejercicio de lectura puede continuar. El tono del siguiente cuarteto es descriptivo. Algunos adjetivos, ciertos colores, vienen como lugar común para ciertos sustantivos. En el primer terceto, los adjetivos llaman nuestra atención: “medrosos” y “titánica”. Dos calificaciones para los aullidos y para la brega. El mismo choque, la misma suerte. Los ladridos del inicio del poema son ahora “medrosos aullidos”. La fuerza expresiva cae ante la palabra hecha. Y la fuerza devastadora de los perros, ese revolcar de vientos y montes, cede ante lo titánico, otro lugar común. El último terceto conserva el mismo enfrentamiento, sobre todo al final:

“y al tornar, silenciosos por las breñas oscuras,

perfumando sus pieles, todo el monte les riega

una gran tufarada de piñuelas maduras”.

El último verso es más elaboración formal que parte integral del poema. Hasta las mismas breñas y el perfume parecen más un hechizo, un ensueño ideal que una escena de caza. La “tufarada”, las “piñuelas”, en lugar de resaltar a los perros, los hacen irreales, heroicos. Rivera ha sacrificado la dura naturaleza por la belleza formal de la apariencia. Valga el anterior ejemplo, para reiterar que José Eustasio Rivera en Tierra de Promisión, es un poeta escindido. El tema y los motivos están en franca lucha con la forma artística.

He hablado de dos fuerzas que se chocan en los poemas de Tierra de promisión. Podemos ver más de cerca este asunto. Por ejemplo, el soneto XIV de la tercera parte. La manera como Rivera cualifica un escarabajo es totalmente idealizada: “amatista de oriente solferino”, “antena de platino”, “flavo meteoro…” Los colores, las características, los detalles del escarabajo se pierden entre epítetos grandilocuentes, entre palabras clisé. La naturaleza en Rivera, al menos en los poemas de Tierra de promisión, es vista desde un prisma, desde un catalejo. La mirada de Rivera parece extranjera, como si el paisaje fuera contemplado por algún cronista español o portugués de la Conquista.

Rubí, carmesí, bruñido, azulino, argento, cetrino, ultramarino, cerulescente; nácar, zafiro; los celajes, lo sombrío, el azogue, las linfas, lo silente; lo fulgente; el himeneo, el epitalamio, la cornucopia, la púrpura, las pléyades… perínclito, ámbar, clámide, numen, fanal, ónix, flavo, granate… natura. Palabras, adjetivos, epítetos, que son constantes en los sonetos de Tierra de promisión; palabras clisé de una escuela literaria, de una forma de idealizar el mundo y la realidad.

Gualandayes, cigarras, potreros, chilacoas, vacadas, palmas; bogas, platanales, pajonales. Chambas, peñascos, ancas, ijares, crines, bejucos, bocachicos, pejes, pavones, coruntas; pepitas, frailejones, guacamayos; paujil, ardilla, guadua, loma, chonta… un bramido, el cementerio campesino, un búho silencioso, la altísima barranca, un relincho, un bambuco, el quejido de las ramas… Las otras palabras de Rivera. Los otros adjetivos, los otros colores, la otra forma de decir la naturaleza. El paisaje escueto, sin adornos. El paisaje cotidiano; humilde, pero propio.

Es al juntar estas dos fuerzas, precisamente, cuando los poemas de Tierra de promisión estallan. Por ejemplo: “la balsa que riela”, “el rubí de la escama”, “la gruta silente”, “el mustio pajonal”, “un tardo buey de elefantino paso”, “la bruñida arena”, “los olímpicos olores”, “los temblores de argento”, “las lanzas de nácar”, “el columbrar del buitre…”: choque de dos mundos, de dos visiones. Rivera es una expresión escindida: entre la barqueta y la canoa, entre el éter y el viento.

Sobra decir que, a veces, en algunos sonetos de Tierra de promisión, hay tercetos, sobre todo, que no sufren este enfrentamiento entre la palabra clisé y la palabra natural. Versos que se mantienen limpios, versos que nos dicen, de alguna manera, la fuerza lírica riveriana. Por ejemplo, aquellas líneas del soneto XXVI de la tercera parte, el primer terceto:

“junto al reflejo que la hoguera enciende,

están los bogas, con atento oído;

¡nadie escuchó lo que la noche entiende!”

Versos de pintor. Rivera, y eso lo podemos comprobar mejor en La Vorágine, es un impresionista. La luz y los fenómenos de la luz, en cuanto tocan el paisaje, lo obsesionan. La escena que recoge el anterior terceto es conocido: el reflejo de una hoguera y varios bogas atentos escuchando. Pero Rivera no va a decirnos lo que oían, no va revelarnos el misterio; prefiere trasladar la palabra a un campo mayor. Sólo la noche tiene oído para ciertas historias y, por supuesto, esas historias son las que únicamente sabe él, el poeta. Vayamos a otro soneto, el X de la segunda parte. Otra vez es el primer terceto:

“Mas no se sacia el alma con la visión del cielo:

cuando en la paz sin límites al cosmos interpelo,

lo que los astros callan mi corazón lo sabe”.

Por supuesto que el motivo no es original. Un hombre contemplando las estrellas, el cielo infinito. Es la misma escena cantada muchas veces por Dante Alighieri; también es el motivo de uno de los mejores poemas de Ole Sarvig, el poeta danés de “Noche de vela”:

“Estoy plantado solo en esta noche

bajo las estrellas…”

Sí, no es un motivo original. La actitud del hombre levantando sus ojos a las alturas, es tan antigua como la pregunta por el misterio. Motivo romántico, motivo universal. Lo que nos llama la atención en estos versos de Rivera, es el tono de insatisfacción, esa sed no cumplida. El cielo es poca cosa para los ojos. Quizá sea poca cosa también para nuestras palabras. El cielo es un silencio, una paz sin límites, un silencio interpretable sólo con otro sentido: lo infinito, “que en la pupila cabe”, y sólo puede ser escuchado desde el corazón; el arcano huye a la razón. Tomemos un caso más. De nuevo el primer terceto del soneto XXV de la tercera parte de Tierra de promisión:

“Me borrará la noche. Mañana otro celaje;

¿y quién cuando yo muera consolará el paisaje?

¿por qué todas las tardes me duele esta emoción?”

Romántico, sin duda. Pero qué magistral esa entrada del terceto: “Me borrará la noche”. Son las mismas palabras que, años después, Jorge Luis Borges colocará en la boca de un suicida. Es indudable que la poesía, como escribiera el mismo ciego bibliotecario, es la historia sin fin de unas cuantas metáforas. Pero sigamos. A una noche sigue otro amanecer. Rivera se interroga, se define. Las dos imprecaciones, más personal la primera, más común la segunda, parecen ser un epitafio riveriano. De ese segundo alejandrino nos conmueve aquel “consolará”. Rivera se desnuda. Quizá no fue un cantor de la naturaleza, sino su guardián. Más que la voz paterna, intentó ser abrazo de madre, regazo lírico.

En Tierra de promisión, en los poemas de José Eustasio Rivera, encontramos algunas imágenes sorprendentes, precisas. Son escasas, en verdad, pero cuando aparecen son de primera magnitud. Empecemos con el III soneto de la primera parte. Rivera nos describe un caimán:

“El caimán cuya rugosa espalda

parece cordillera en miniatura”.

La comparación es certera. Rivera ha bajado la mirada. Ha puesto sus ojos a la par de la hierba. Entonces, descubre que la piel del caimán, que su rugosa espalda es otra cordillera, una segunda tierra, otra forma de las rocas. Y ese calificativo de “miniatura” nos impacta aún más. Sabemos que las cordilleras son inmensas, esa es una primera memoria que, al oponérsele desde lo diminuto, hace que la piel del caimán deje en nuestra imaginación un fogonazo, un asombro revelador.

Miremos ahora el soneto IV de la segunda parte. Al final del segundo cuarteto Rivera nos dice:

“y en los lanudos frailejones flota

como harapos dispersos, la neblina”.

He aquí otro logro lírico. Preciso el adjetivo para el frailejón, exacto por su textura que le confiere liviandad, ligereza que va a verse engrandecida por la neblina. Rivera la pinta de harapos dispersos. Lo etéreo se hace sólido. Pareciera acá que el poeta José Eustasio Rivera y el pintor El Greco se emparentaran en el manejo de la atmósfera. La neblina: un harapo que, cuando flota, se dispersa. Los harapos, la ropa vieja; los harapos, materia que de tanto usarse se divide, se propaga. Dos tipos de ropaje: la de los frailejones y la de la brisa.

Un acierto más de Rivera se encuentra en el III soneto de la segunda parte de Tierra de promisión. Un soneto que, por cierto, figura en muchos de los textos escolares y en varias antologías. El soneto de los caballos y el llano. Un soneto “galopante” que logra su mayor acierto en los dos últimos tercetos.

“Atropellados, por la pampa suelta,

los raudos potros, en febril disputa,

hacen silbar sobre la sorda ruta

los huracanes en su crin revuelta.

 

Atrás dejando la llanura envuelta

en polvo, alargan la cerviz enjuta,

y a su carrera retumbante y bruta,

cimbran los pindos y la palma esbelta.

 

“Ya cuando cruzan el austral peñasco,

vibra un relincho por las altas rocas

entonces paran el triunfante casco,

 

resoplan, roncos, ante el sol violento,

y alzando en grupo las cabezas locas

oyen llegar el retrasado viento”.

El efecto es único. Los caballos, su carrera, son más rápidos, más ágiles que el mismo viento. Además, los caballos paran sus cascos para escuchar; el logro es doble. No es que el viento llegue como brisa, como aire; es más una voz, una palabra. El impacto verbal y visual aparece ante nosotros. La imagen es para el oído y para el ojo. Y, Rivera, para enardecer aún más nuestros sentidos, decora la escena con un sol violento. Es, pues, un logro lírico enceguecedor, deslumbrante.

Aciertos similares hallamos en el soneto VI de la tercera parte, en el que otro caballo, un potro semental, se lanza al trote y “tiende la crin para que el viento flote”. La imagen es plástica. La crin se tiende, como una sábana, sólo para que el viento pueda expandirse. No es el viento sobre la crin, sino la crin para el viento.

O aquella otra imagen del soneto XVII de la tercera parte de Tierra de promisión, referida a unas vacas compasivas que, “haciendo mistéricas rogativas, / se echan por calentar las sepulturas”. Rivera nos muestra por ausencia el tópico de la losa fría de los románticos. Para él cuenta más el calor de la vacada que el aterido lugar de las sepulturas. El cementerio se convierte en pastada, la muerte se torna vida.

Precisamente, más adelante, en el soneto XXIV, Rivera recurre otra vez a la vacada, pero ahora para descubrirnos el trote del ganado, para crear un eco especial: “y al trote desigual de la vacada / suena la seca amarillez del pasto”. Un verso excepcional. Es el color lo que repica, es la sequedad de un color lo que nos permite descubrir el paso del ganado. El color como eco: maravilloso.

Rivera, en Tierra de promisión, es un poeta de relámpagos líricos excepcionales. De pronto, en medio de la inmensidad de versos parnasianos, se eleva la voz nativa, se levanta la palabra del hombre campesino, la palabra que sabe que el caimán lleva sobre su espalda una montaña en miniatura.

No quisiera dejar en el tintero otra característica notoria de los sonetos de Tierra de promisión. Es un detalle de la forma, de la arquitectura de los sonetos. En todos ellos, en los 55, se usa como recurso inicial la disyunción “y”. Rivera escribe, por ejemplo:

“y en hondo murmullo de mi audaz oleaje” (…)

“y peinando en los vientos el sonoro plumaje” (…)

“y unos indios desnudos, con curiosa cautela” (…)

“y al sentir mis caricias apremiantes, se afana” (…)

En todos los sonetos hay por lo menos un verso con este tipo de construcción. La “y”, como inicio, puede ser utilizada de dos maneras: como presupuesto, como condición, como hipótesis. Este sería un primer sentido:

“y al gemir de dos ranas como finos violines” (…)

“y a la par que escudriña, malicioso, el paisaje” (…)

La construcción hace las veces de una invitación, es como un presupuesto de suspenso: algo viene. Es la primera parte de un silogismo, la premisa inicial.

“y hacia allá, mientras siente despertar los sinsontes” (…)

Una segunda forma de utilizar ese “y” es emplearlo como conclusión, como resultado. Ahora el verso no es suspenso, sino desenlace, síntesis:

“y la luna prolonga mi silueta en el río” (…)

“y los hombros me muerde con salvaje crueldad” (…)

“y la montaña púber huele a virginidad” (…)

El recurso, en este caso, es usado como telón, como punto final de un enunciado anterior. Responde a la lógica de “dado que”: “resulta que”. Rivera, entonces, sucumbe ante la forma hecha.

“y elevó, con gran ruido, mis dos alas al cielo” (…)

“y se duermen los montes… y se apaga la luz” (…)

No quiero decir que esta particularidad del verso sea exclusiva de Rivera, no. De pronto es inherente a la forma soneto; pero, en Tierra de promisión es un recurso demasiado visible, una estructura sintáctica recurrente.

“y cuando ágil avanza y en la sombra se interna,

al chispear de dos ojos, suena horrendo zarpazo

y un rugido sacude la sagrada caverna”.

Dejemos de lado estas particularidades expresivas y elijamos un poema de Rivera para guardar en nuestra memoria. En mi caso, después de leer y releer los 55 poemas de Tierra de promisión, me quedo con el XII de la tercera parte. Es un soneto que a mi entender se libera del vestuario parisino y asume la desnudez de lo auténtico. Un soneto, además, escrito en endecasílabos y que, por lo mismo, resulta más natural, menos formalista. Este soneto preludia las hojas de Aurelio Arturo, el viento de Eduardo Cote Lamus. Un soneto, en suma, compuesto para expandir los pulmones, para ensanchar el espíritu.

“Hay una brisa de inefable ruido,

que al bajar de la fértil serranía,

por anunciarme su llegada, envía

gratos perfumes de maizal florido.

 

Disuelta sobre el llano estremecido,

cual un extraño espíritu, me espía;

y aunque mis ojos no la ven, podría

reconocerla entre el palmar mi oído.

 

Como un suspiro de la selva ausente,

por disipar mis íntimas congojas,

despeinando mi sien, besa mi frente;

 

y a su blanda caricia femenina,

tiembla de placidez, como las hojas,

mi ser en la frescura matutina”.

Si se mira con atención, el eje del poema es la brisa, la brisa que baja, como perfume, para disolverse en el llano; la brisa invisible, el suspiro de la selva; la brisa que después toma el cuerpo de la música y espía. La brisa, primero nos acecha, luego viene hacia nosotros y nos despeina, nos besa y, al besarnos, deja entrever su ser: la brisa es una mujer que, al acariciarnos, nos hace temblar. Mujer brisa, maizal florido, frescura matinal. Rivera ha buscado y elegido las palabras precisas. Los versos, en esta ocasión, dejan de ser palabras para transformarse en viento, un viento blando. La brisa es el respiro de la selva, el aire de otro ser que siempre nos espía, que siempre nos vigila, porque detesta ver la congoja en nuestra frente. El aire de otro ser que desdibuja nuestro sufrimiento.

Cierro estas aproximaciones críticas a Tierra de promisión señalando que son poemas de luz, de color; poemas impresionistas. José Eustasio Rivera es el “poeta de las sensaciones” ha escrito Luis Carlos Herrera. Tierra de promisión es un cuerpo de sonetos que, como afirma David Suárez Torres, “preparan el camino hacia la novela”, sonetos puente para llegar a La Vorágine.

La complicidad con la luna

«Ranchos del barranco» del uruguayo José Cuneo.

Esa noche, como tantas otras, el sueño huía de su cuerpo. Saúl sentía que el calor se intensificaba en cada parte de su piel. Aún en calzoncillos, acostado en la cama, sin ninguna sábana cubriéndolo, le era imposible conciliar el sueño. Se incorporó y puso los pies desnudos en el cemento. Esa era una maña que tenía: confiaba en que el frío del piso le regulara el calor en su cuerpo; pero la estratagema no le sirvió de nada. Miró por la ventana del cuarto y alcanzó a divisar en medio de la noche una luna grande, completa, radiante. Se puso de pie, buscó la camisa, y abrió con discreción la puerta de la alcoba. Dio unos pasos hacia el oriente, siguiendo el reducido andén de la casa y fue a toparse con los perros que salieron a encontrarlo moviendo la cola. Saúl les acarició la cabeza. Contempló abajo el tejado de zinc de la casa del tío Antonio, donde seguramente estarían durmiendo Ulises y Beatriz, al igual que la tía Purificación, observó el techo de paja de la cocina y el palo de guanábano que servía de dormidero para las gallinas y los gallos. Todo estaba en silencio. Apenas se escuchaba el croar de las ranas hacia el lado del charco y los grillos con su canto incesante.

Saúl se sentó, poniendo la espalda en la pared de la casa. Inconscientemente usó uno de los costales de los perros como cojín para sus nalgas. Los animales, se acomodaron al lado de él, dispuestos a continuar su sueño. Saúl se concentró en la luna, que a esa hora estaba bien arriba de las montañas de Lomalarga y teñía de una luz plateada los cafetales, los árboles y las piedras de los caminos. Buscó en el bolsillo de la camisa una cajetilla de cigarrillos. Ahí, al lado, también estaban los fósforos. Prendió un cigarrillo y sintió que el humo o la brisa le aligeraban el bochorno o esa sensación de encierro que minutos antes lo tenía desesperado. Chupo fuerte el cigarrillo y exhaló poco a poco el humo. Miró la luna y se extasió con su luz y con su silenciosa manera de cubrirlo todo. Aunque no sabía por qué, la luna tenía la propiedad de tranquilizarlo o de ofrecerle una compañía que lo llevaba a hablar consigo mismo, a decirse cosas que pensaba o que le atenazaban el corazón.

Él no sabía bien desde cuándo empezó a tener esa complicidad con la luna. Lo cierto es que esa noche, como otras muchas de desvelos, al mirar ese astro su alma tuvo una especie de revelación. Porque la luna estaba sola, como él; porque la luna se ocultaba en el día, como él; porque la luna era muda en su tránsito, como él; porque la luna, su luz, era triste, como él… Eso meditaba Saúl, mientras volvía a chupar el “Pielroja” que, si bien era amargo como su destino, en esta ocasión le supo menos acre. “Desquite”, uno de los perros, levantó las orejas al escuchar el ulular de un currucú por el lado de la mata de guadua. La mirada de Saúl se detuvo en el gallinero. Ninguna gallina, ni los tres gallos, pronunciaban un sonido. Los palomos permanecían igual. Era la noche, la alta noche. Solamente la luna se mantenía despierta, irrigando de luz tenue el paisaje, tocando las puertas de las veredas con sus nudillos leves y amarillos. Saúl pensó que la luna era lúgubre, tal vez contagiado por el canto lastimero del currucú. Lúgubre era la luna, ella en su redondez de vigía, era como un centinela de la muerte, una invitación a encontrarse con esas zonas oscuras de uno mismo, con esos abismos del alma. Algo negativo debía tener la luna, porque desde niño había escuchado que no se podían capar a los marranos en cuarto creciente, o si no se les enconaba la herida, se les engusanaba; y algún poder debía tener ese astro silente porque cuando había luna nueva a Sagrario, la tía muda, se le multiplicaban las dolencias en su cabeza y empezaba a patalear y lanzar gritos que parecían romper todas las montañas de Capira; y por eso decían en la región que se tenía que cortar la madera en menguante y el cabello de las mujeres cuando hubiera luna llena… Todo eso pensaba Saúl, mirando a la luna. Y tal vez por esas cosas, o para saber sortear esos maleficios de la luna, Ulises no dejaba de consultar el almanaque Bristol.

El tiempo parecía ir muy lento.  Sául no sabía bien cuántos minutos llevaba allí sentado contemplando la redondez fascinante de la luna, a lo mejor ya había pasado un cuarto de hora, pero le era indiferente el transcurrir del tiempo. Su memoria le trajo algo de alegría al recordar cómo le gustaba caminar de noche cuando había luna llena, como la que en ese momento se alzaba imponente y lejana. Era como si una gran linterna le sirviera de guía, pero con una luz tenue, fría, una gran luz parecida a la que emitía la “Coleman” que usaban en la casa cuando había cogidas de café y tenían que seguir de largo descerezando esas pepas rojas, dándole vueltas a una rueda de color verde oscuro que las iba convirtiendo en babosos granos apergaminados. Vino a su mente las varias veces que cogió el camino real de noche para ir a verse con Carmen, abajo, en el cacao de monte, cuando ella y él andaban atorados por el deseo, cuando ella lo esperaba con un vestido de flores sin nada debajo, como si también anduviera presa de un calor imposible de aplacar. Y Carmen era como la luna, porque se dejaba amar sin decir nada, ni aun cuando alcanzaba su mayor goce; Carmen abría su cuerpo como si fuera un largo tallo de bore, esos rizomas que tanto gustan a los marranos y que, a pesar de todos los colmillos hambrientos, pueden mantenerse en pie, así tengan corroídas sus raíces. Todo eso recordaba Saúl a la par que le daba una última chupada al cigarrillo que, antes de ir hasta sus labios, acumulaba la ceniza en un equilibrio misterioso. Volteó el rostro y contempló un árbol de marañón: con tres cogollos en leche caliente, durante una semana, había logrado Beatriz quitarle una pechuguera que se obstinaba en apretarle el pecho. La luz de la luna destacaba apartes de la hojarasca del pequeño arbusto, resaltando los frutos rojizos en la parte más carnosa. Saúl recordó las semillas de ese árbol y las asoció con la postura de los fetos, contraídos sobre sí, volcados sobre su vientre, resguardando o doliéndose de un mal impronunciable. ¡Qué bueno sería que los tres cogollos de marañón sirvieran para eliminar su pesadumbre!, ¡que Beatriz tuviera el remedio para espantarle esa desazón en el corazón, y bastara con tomar unos sorbos antes de acostarse! “Tolismán”, el otro perro, se rascó con una pata las orejas. Saúl alzó la vista hasta un clavellino que estaba hacia arriba de la cocina y descubrió, después de buscarla unos segundos, a “Rebeca”, la lora con la que le gustaba platicar mientras desayunaba. Ella también dormía. “Patojito real, ¿quiere cacao?”. 

 

(Capítulo de mi novela inédita Saúl Cadena).