• Autobiografía
  • Conferencias
  • Cursos
  • Del «Trocadero»
  • Del oficio
  • Galería
  • Juegos de lenguaje
  • Lecturas
  • Libros

Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2014

Primer día de novena navideña: el agradecer

16 martes Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

≈ 12 comentarios

Ilustración de Ed Wheeler.

Ilustración de Ed Wheeler.

Me gusta pensar que las fiestas navideñas son un bonito pretexto para agradecer. Un tiempo para recapitular, hacer memoria y no pasar por alto a las personas que contribuyeron o nos ayudaron con nuestros más queridos sueños. Esta debería ser una consigna fundamental para estos días de jolgorio y luces multicolores. Un propósito inaplazable.

El agradecimiento nace, en principio, de sabernos necesitados. No somos autosuficientes. Son otros los que pueden apoyarnos a conquistar lo que es apenas proyecto. El amigo, el familiar, el vecino, son cómplices de tareas o asuntos vitales para nuestra convivencia o nuestro plan vital. Entonces, el agradecer a esas personas su colaboración o su denodado cuidado se convierte en una obligación moral. Sólo los soberbios pueden ser tan desatendidos como para negarse a ofrecer unas palabras de sincera gratitud o algún detalle mínimo que simbolice un gesto de fecundo reconocimiento. El agradecer, por lo mismo, pone el acento en la humildad y en la antiquísima hermandad entre los seres humanos.

Desde luego, no se puede agradecer a otro si se cuenta con la desmemoria. Asunto fácil hoy cuando lo rápido y fugaz parece ser la moneda corriente. El que agradece no cae en la trampa de considerar el mundo como fruto del instante. Se sabe hijo de un pasado. Hay otros que nos precedieron o que sirvieron de soporte a nuestro ser o a nuestras ideas. La gratitud hacia tales individuos manifiesta una memoria vigorosa, una comunicación fluida con la tradición y una vigilante sospecha hacia las sociedades de lo desechable y del consumo pasajero. Las personas agradecidas celebran y dignifican el rememorar. Por eso creen en los rituales y la reverberación de los símbolos.

He hablado de reconocimiento. Eso también forma parte del sentido de la gratitud. Sacamos un tiempo para visitar al familiar porque deseamos reiterarle complacidos lo que él es; escribimos un mensaje o hacemos una llamada al amigo para rubricar cierta cualidad o determinada bondad que consideramos elogiosa de su carácter o su manera de ser; compramos un regalo para el colega o compañero de trabajo para exaltarle un valor o un talento del cual nos hemos beneficiado. Es como si al agradecer no pasáramos por alto o diéramos por hecho lo propio de otra persona. Por el contrario, la gratitud elogia, resalta una virtud, una característica, un rasgo que no debe pasar inadvertido. Los actos de agradecimiento pertenecen a una axiología de lo íntimo que aspiran a convertirse en un acto público.

El agradecer es, de igual modo, un rito de retribución. Un trueque entre espíritus. Los que saben agradecer sienten que en algo deben compensar o devolver lo que ha sido puesto entre sus manos, así haya sido de manera desinteresada. El agradecido no es un avaro. Anhela que los beneficios de su cosecha sean compartidos también por aquellos que sirvieron de avales o fiadores de su confianza.  El que agradece hace efectiva en la tierra la “ley de la compensación”, propaga la magia de  la “cadena de “favores”, cree devotamente en la sabiduría de la reciprocidad. Las personas gratas son las que se sienten felizmente impelidas a pagar las deudas del corazón.

A partir de lo expuesto en esta consideración, bien podemos preguntarnos ahora a cuántas personas deberíamos agradecerles y a cuántas más nos es urgente comunicarles una palabra, darles un obsequio, manifestarles una expresión de cariño. No posterguemos dicha misión. Hagamos de estas fiestas navideñas un tiempo para que en nuestros labios y en nuestras manos abunde el agradecimiento.

Las dificultades de escribir

12 viernes Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 31 comentarios

Ilustración de Jon Kreuse.

Ilustración de Jon Krause.

Son recurrentes las quejas o las dificultades de estudiantes de pregrado y posgrado al momento de responder a las tareas de escritura académica. Los ensayos no son valorados positivamente, las reseñas no corresponden a la tipología textual indicada, los resúmenes se confunden con comentarios, la falta de cohesión y coherencia en un texto son evidentes. ¿Qué puedo hacer?, preguntan los estudiantes. ¿Dónde aprendo a escribir?, exclaman preocupados y ansiosos por hallar una respuesta.

Una primera contestación a estos interrogantes parte de reconocer el ser mismo de la escritura. Es fundamental evidenciarles a los aprendices de la palabra escrita las propiedades de esta técnica de la mente. No me canso de sugerir el texto Oralidad y escritura, de Walter Ong, en el que el autor muestra las características de este proceso superior del pensamiento. Lo abstracto, lo subordinado, lo lógico, además del lento aprendizaje de dicha técnica, constituyen lo propio de las culturas escritas. Escribir no es algo natural ni inmediato; más bien es el fruto de una evolución de las civilizaciones o, para ponerlo en términos cognitivos, es el resultado de una maduración del pensamiento. Digo lo anterior porque apenas se comienza a escribir se confía demasiado en el golpe de suerte o la romántica inspiración. O lo que es más grave para los estudiantes universitarios, se abandona el encuentro con la escritura arguyendo que no se tiene talento o buscando a alguien que redacte la tarea encomendada.

Otro asunto que puede contribuir a explicar la dificultad de escribir es el poco contacto con la lectura, la ausencia de un hábito lector. Lo he constatado con mi experiencia: la lectura frecuente es el carburante de la escritura. Leer alimenta el pensar, sirve de referente intelectual, provee de lenguaje nuestra memoria, coadyuva a mantener vivo y alerta el trato con las palabras. Considero que esa es una de las causas de los desastrosos resultados en los productos escritos de las nuevas generaciones. Al estar huérfanos de la lectura no tienen una conciencia vigilante para la ortografía de determinados términos ni poseen una reserva lingüística que les permita encontrar un vocablo preciso para formular sus ideas. Deberíamos tener presente, de una vez, el consejo de escritores consagrados al oficio: la lectura habitual, la lectura de grandes obras, es el mejor estímulo y la mejor guía cuando se anhela aprender a escribir.

Pero no es solo el mínimo contacto con la lectura el que influye en el poco rendimiento escritural. También está la eventual o esporádica relación con la palabra escrita. A no ser que se empiece una carrera académica o se comience un posgrado, la mayoría de personas poco escriben. Apenas se usa una escritura funcional, muy de llenar formularios o atender solicitudes financieras. Al no frecuentar esta técnica de la mente el resultado es apenas obvio: extrañeza ante una tipología textual, confusión entre los géneros, escasez en la generación de ideas, desconocimiento de minucias y trucos del escribir. Por tener un trato ocasional con la escritura cada vez resulta más difícil desentrañar sus pormenores y entrar en sus dominios con alguna familiaridad.

Pienso que de igual modo ha influido la falta oportuna de corrección en los años de escolaridad básica. Al afirmar esto me refiero a una corrección que supere la escueta calificación. Es decir, al acto de sentarse con cada estudiante –hombro a hombro– a leer y revisar con él sus productos escritos. Y hecho esto, solicitarle una nueva versión en la que se haya corregido y enriquecido el texto presentado. Sé que para los maestros es un trabajo arduo y dispendioso pero de eso depende, en gran medida, la suerte posterior de los aprendices de escritura. Digámoslo fuerte: si la escritura no se corrige con cuidado, si no le señalamos al estudiante el error, y si no le mostramos alternativas de salvación o ejemplos en los que pueda ayudarse, seguiremos idealizando el escribir, dejando tal labor para genios o personas extraordinarias. Aquí vale la pena advertir que escribir no se reduce a la escritura literaria; el escribir abarca los textos expositivos, argumentativos y esos otros centrados en el describir, informar, manifestar un deseo o exigir un derecho.

Se me ocurre otra razón de esta dificultad con la escritura: la falta de persistencia, de lucha constante por un mejor logro. A veces se cuenta con el talento pero no se tiene la disciplina. Tal vez sea un asunto de crianza o de época. Hoy queremos “todo ya” y sin el menor esfuerzo. Nos dejamos influir por las recetas de lo instantáneo y descomplicado. Sin embargo, escribir comporta una paciencia artesanal, una tarea de desbaste y pulimento permanente. No es una labor de acierto sino de continuos tanteos y reelaboraciones. En consecuencia, si no hay disciplina, si se pierde la batalla al primer enfrentamiento con las palabras, será muy difícil evolucionar o mejorar en la elaboración de un ensayo, una reseña o un informe de investigación.

Vistas así las cosas, bien podríamos ofrecerles a los estudiantes universitarios, ansiosos por hallar una respuesta a las dificultades con la escritura, tres consejos. El primero: acostumbrarse a leer pero, al mismo tiempo, ir escribiendo algo sobre lo leído. Se trata de redactar frases cortas en las que se dé cuenta de una reacción o del impacto de cierto aspecto de la lectura. He llamado a esa estrategia, contrapunto. Lo valioso acá es no contentarse con pasar los ojos por las páginas sino en poner a trabajar a nuestra mente, usando el arma potente de la escritura. Si esto se convierte  en un hábito más fácil resultará dialogar con la tradición y sentirnos partícipes de una cultura.

El segundo consejo es éste: mirar con detalle, con ojo de relojero, cómo otros escritores expertos confeccionan sus textos. García Márquez asociaba esta actividad con la del mecánico que desarma el objeto para ver las tuercas y los tornillos con que está ensamblado. El objetivo es claro: tomar un tiempo y detenerse para ver en un texto de calidad cómo es su macroestructura, cómo se engarzan sus partes, cómo se distribuye la información, de qué manera se emplea la puntuación, qué tipo de lenguaje utiliza. Ser conscientes de las formas de elaboración de las producciones ajenas no solo sirve para desmitificar la escritura sino, además, puede proveer al novato escritor de un repertorio de ejemplos, útiles al momento de presentar o darle forma a su pensamiento.

El último consejo, que bien podría ser asumido por un maestro comprometido con su quehacer, es el de tener lectores acuciosos para los textos que producimos. Siendo sinceros, no ayudan mucho los colegas o amigos que apenas ojean nuestros textos, nos felicitan, pero sin percatarse en verdad de lo que expresamos en esas hojas. Lo mejor –y eso puede ser difícil­– es hallar a alguien que se tome el tiempo suficiente para detectar en nuestros textos una inconsistencia, señalar un descuido en la digitación, percatarse de una repetición innecesaria, advertirnos de una flagrante equivocación o, sencillamente, señalarnos apartados que no se entienden o carecen de claridad. Si se quiere aprender a escribir es necesario pensar en los lectores. No es huyendo de ellos, de sus impresiones o críticas, como mejoraremos nuestros productos escritos. Son los lectores los que vigorizan la palabra escrita; son ellos los que robustecen y dan vida a los grafismos inertes puestos en una página.

Sobra decir que todo lo anterior resultará inútil si no se tiene la motivación o la pasión suficiente por descubrir el ser y proceder de la escritura. Tal apasionamiento es el que posibilita entrever en cada borrador o en cada intento fallido un pequeño avance o ir descubriendo, con asombro, que el trato frecuente con la palabra escrita afina nuestra forma de pensar y nos  va convirtiendo en ciudadanos hábiles para participar en el mundo de la ideas.

Tener motivos para venir al mundo

06 sábado Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

≈ 6 comentarios

Ilustración de Igor Morski.

Ilustración de Igor Morski.

Versículos
Gonzalo Rojas
A esto vino al mundo el hombre, a combatir
la serpiente que avanza en el silbido
de las cosas,  entre el fulgor
y el frenesí, como un polvo centelleante, a besar
por dentro el hueso de la locura, a poner
amor y más amor en la sábana
del huracán, a escribir en la cópula
el relámpago de seguir siendo, a jugar
este juego de respirar en el peligro.
 
A esto vino al mundo el hombre, a esto la mujer
de su costilla: a usar este traje con usura,
esta piel de lujuria, a comer este fulgor de fragancia
cortos días que caben adentro de unas décadas
en la nebulosa de los milenios, a ponerse
a cada instante la máscara, a inscribirse en el número
                                                             [de los justos
de acuerdo con las leyes de la historia o del arca
de la salvación: a esto vino el hombre.
 
Hasta que es cortado y arrojado a esto vino, hasta que
                                                                [lo desovan
como a un pescado con el cuchillo, hasta
que el desnacido sin estallar regresa a su átomo
con la humildad de la piedra,
                                               cae entonces,
sigue cayendo nueve meses, sube
ahora de golpe, pasa desde la oruga
de la vejez a otra mariposa
distinta.

A los que nos preguntamos más de una vez para qué venimos al mundo, o a esos otros que no saben muy bien el significado que hay detrás del destino del hombre, el chileno Gonzalo Rojas nos muestra en su poema “Versículos”, una variedad de tareas que dan sentido a la existencia humana. El poeta enumera varias respuestas a esa inquietud fundamental que nos asedia, dichas a la manera de acciones por hacer o de recomendaciones expresadas como aforismos sapienciales.

Entre las cosas que el hombre puede hacer –aunque bien pudieran enunciarse como principios de vida– están las de usar su cuerpo, de sacarle los mayores beneficios, de no dejarlo sin “estrenar” o de resguardarlo por el asco excesivo o el moralismo culpabilizante. Si vinimos con un cuerpo, debemos darlo y tomarlo con abundancia. De igual modo, venimos a este mundo a interactuar con otros, a entrar en escena para representar diferentes personajes. Y también a tratar de ser justos con los demás, bien porque asumimos una ley terrenal o porque aspiramos y obedecemos mandatos divinos. Todas esas tareas son motivos que explican nuestra presencia en el mundo.

Pero no sólo eso. Nuestro estar en el mundo tiene que ver de igual manera con asumir hasta los tuétanos algunas locuras, de no sólo sobrevivirnos sino de sumarle a la existencia un toque de riesgo y aventura. La vida necesita que le adicionemos retos y vértigo. Y mucha imaginación. Porque si no ponemos “amor y más amor” en muchas de las cosas que hagamos, la vida nos parecerá más una carga que un don o una riqueza maravillosa. Por lo mismo, en cada relación amorosa que tengamos o en los momentos de éxtasis tenemos que imprimirle nuestra rúbrica o nuestro grito de “seguir siendo”. Es una apuesta el vivir y, en tanto apuesta, trae aparejado su peligro.

Tenemos que combatir y besar y escribir y jugar;  hemos venido a eso: a cumplir el mandato de sabernos vivos. No es un asunto de quedarnos quietos a esperar el momento en que “nos desoven como a un pescado con el cuchillo”. No. Nuestro deber es enfrentar y aprovechar todo lo que nos ha sido dado. Al menos hasta que empecemos a caer en el otro vientre de la muerte; hasta que regresemos a nuestro átomo “con la humildad de la piedra”. Mientras que ese momento llega, nos corresponde rendir cuentas de cada uno de nuestros órganos, de cada uno de nuestros sentidos y de cada una de nuestras posibilidades. No podemos ser inferiores a ese destino signado en nuestra mente y en nuestro corazón.

Gonzalo Rojas, por lo demás, nos dice que esa etapa final de nuestra vida no es un término absoluto. El poeta lo ve como una caída que es al mismo tiempo una ascensión. Nuestra vejez se asemeja a una oruga que preludia una cosa distinta, una mariposa innominada. Se trata de una transformación más que de un acabose. Como se ve, aun el final de la vida tiene un sentido: es el preludio para otro estado, la etapa previa a un nuevo destino. Y como somos “desnacidos sin estallar”, lo más probable es que despuntemos en esa otra dimensión, en ese aire donde vuelan a plenitud las mariposas.

No es absurda, entonces, nuestra venida al mundo. Porque a pesar de “los cortos días que caben adentro de unas décadas”, nuestra existencia participa de las “nebulosas de los milenios”. Lo importante es lo que hagamos con nuestra vida en ese corto tiempo; lo valioso está en cómo convertimos ese oscuro terruño de nuestro ser en “polvo centelleante”. Ahí está nuestra mayor tarea. Y de cada uno de nosotros depende asumir, con valor o cobardía, la misión de hacer rendir esa herencia de la vida que nos fue dada a la manera de una semilla aún sin germinar.

(De mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, Kimpres, Bogotá, 2012, pp. 17-21).

Del vivir

01 lunes Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos

≈ 6 comentarios

Ilustración del turco Gurbuz Dogan Eksioglu.

Ilustración del turco Gurbuz Dogan Eksioglu.

El sentido de la vida se va descifrando en la medida en que vivimos la existencia. Cada paso, como lo cantara Antonio Machado, va construyendo el camino.

*

Muchas de las respuestas esenciales a las inquietudes sobre el sentido de la vida provienen no del soberbio conocimiento sino de la humilde sabiduría.

*

La vida, que es posibilidad, se vuelve acto pleno cuando es tocada por nuestra libertad.

*

Cuando el barco de nuestra vida navegue perdido en la oscura altamar, lo mejor es no perder de vista la estrella titilante de algún proyecto.

*

Demasiado corazón hace que la vida parezca siempre tormentosa; excesiva razón, convierte el vivir en una absurda comedia. Lo mejor, entonces, es asumir el rol oscilante de los actores dramáticos.

*

Si idealizamos el pasado tenderemos a ver la vida con nostalgia; si idealizamos el futuro, será el derrotismo nuestra compañía. Lo prudente, por lo mismo, es asumir la mirada realista del presente.

*

Mucho sabe el roble de dureza; pero más la palmera de flexibilidad. La verdadera fortaleza para enfrentar la vida está en el interior y no en la corteza.

*

La riqueza de la vida no está en la extensión sino en la intensidad. Por lo tanto, no es la cantidad de años lo que cuenta, sino la calidad de su aprovechamiento.

*

Mirada en prospectiva la vida es un proyecto; puesta en retrospectiva, se asemeja a una obra. En consecuencia, vivir es un ejercicio de constante perspectiva.

*

Algo le debe la vida a la herencia y otro tanto al azar y la fortuna. Lo demás es voluntad y prudencia.

*

A veces queremos que la vida nos regale sus frutos sin haber cultivado alguna iniciativa.

*

La forma más fácil de que el balance de nuestra vida no termine en déficit es no acostumbrarnos a la inflación del autoengaño.

*

Sin autoestima todo lo que hagamos parecerá poca cosa; sin autocrítica, cualquier acto será tenido por excepcional. Necesitamos lo primero para reconocernos y, lo segundo, para extrañarnos.

*

La figura final de nuestra vida dependerá de cómo hemos tallado diariamente ese bloque de mármol. La forma definitiva va configurándose de manera imperceptible.

*

Ciertos epitafios son como titulares amarillistas de una vida.

*

Para algunos la vida es conquista personal; para otros, entrega a sus semejantes. Sea como fuere, vivir es dotar a la existencia de un propósito.

*

Podrá haber consejos, referentes memorables, principios y sugerencias sobre el arte de vivir. Pero nada de eso logrará substituir la experiencia inédita e irrepetible de cada vida.

*

Lo que hace excepcional la vida de algunos hombres ilustres es su irrevocable decisión de ser auténticos.

*

Lo sabemos desde los estoicos: no es sangre lo que soporta nuestra vida. La sustancia fundamental es el tiempo.

*

Si la vida es descubrimiento, lo peor, entonces, es esperar a que ella nos revele sus misterios. La vida reclama a sus visitantes disposición al riesgo y pasión por la aventura.

*

Dado que el misterio de la vida puede revelársenos en el último instante de nuestra existencia, podemos suponer que la muerte guarda para sí respuestas fascinantes y extraordinarias. Eso lo han sabido desde siempre todas las religiones.

*

Los suicidas sufren del hastío de haber vivido mucho o la angustia de no vivir demasiado.

*

Los adoquines con que se construye el camino de la vida están hechos de elecciones y decisiones.

*

Antes de ser vivos: nada; después de haber vivido: misterio.

*

El optimismo considera la felicidad como una meta; el pesimismo la ve como un engaño. Dicho de otro modo: o la vida es un regalo o la vida es una cadena.

*

Si tuviéramos el discernimiento necesario para conocer nuestras posibilidades y nuestras limitaciones sabríamos conducir mejor las riendas de nuestra vida. Adquiriríamos, sin duda, la difícil cualidad de la sensatez.

*

Se podrá crear artificialmente la vida en el laboratorio; pero las probetas no lograrán jamás clonar los genes de la libertad.

*

A los que afirman que el sentido de la vida no está en esta tierra habría que sugerirles menos teleología y más humildad.

*

Los problemas cotidianos son el relieve de la vida. Sin ellos existir sería un viaje demasiado predecible y monótono. Por eso, los hombres con experiencia son especialistas en geomorfología.

*

Si hay una fórmula rápida que pueda ser el secreto para alcanzar una vida exitosa esa receta consiste en la sosegada perseverancia.

*

El gesto melancólico de algunos filósofos pesimistas sobre la vida corresponde a su dolencia hepática. Los fluidos del hígado siempre son oscuros.

*

Los niños no pueden estarse quietos; los viejos, anhelan tranquilidad. El movimiento de la vida empieza en la aceleración y termina en la quietud.

El dios oculto de los poetas

24 lunes Nov 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

≈ 6 comentarios

"Deus absconditus" del pintor alemán Michael Triegel.

«Deus absconditus» del pintor alemán Michael Triegel.

Son muchos los modos y las preocupaciones de los poetas cuando invocan o buscan a Dios a través de sus poemas. Pero de todas esas maneras, hoy me voy a referir sólo a una corriente: aquella centrada en el Dios buscado, en el Dios que se intuye o se necesita pero del cual no se tiene certeza. Un Dios que, de alguna forma, se mantiene oculto o lejano. Un Dios adivinado, presentido, pero al mismo tiempo ajeno.

Empecemos con un poema del mexicano Octavio Paz titulado, precisamente, “El ausente”. El poeta empieza su texto considerando a Dios como un “sediento que refresca su sed en las lágrimas del escritor”, como un “vacío capaz de golpear su pecho con un puño de piedra”, como un “silencio más grande que el silencio del hombre”.  Paz nos dice que el ser de dios es hueco, que es un vacío sangrante, un vacío que lo guía. Y a esa sangre, “la del vino frenético que canta en la primavera”, es que dedica buena parte del grueso de su poema. La sangre, “la sangre derramada en la noche del sacrificio”. Pero, es hacia el final del texto, donde puede evidenciarse mejor esa manera de entender a Dios como una búsqueda. Escribe, Octavio Paz:

“Te he buscado, te busco,
en la árida vigilia, escarabajo
de la razón giratoria;
en los sueños henchidos de presagios equívocos
y en los torrentes negros que el delirio desata:
el pensamiento es una espada
que ilumina y destruye
y luego del relámpago no hay nada
sino un correr por el sinfín
y encontrarse uno mismo frente al muro”.

La búsqueda de Dios presentada por el poeta es siempre fallida. Al menos es lo que podemos inferir de sus versos:

“Te he buscado, te busco,
en la cólera pura de los desesperados,
allí donde los hombres se juntan para morir sin ti,
entre una maldición y una flor degollada.
No, no estaban en ese rostro roto en mil rostros iguales”.

Paz insiste, persiste en esa búsqueda. Busca a Dios en las ruinas de la noche, en los despojos de la luz, en los niños mendigos, en los rostros de “niebla y cuchillada”, pero al final, debajo o detrás de ese rastreo no halla sino nuevas preguntas. Algo que se confunde con su propio rostro al momento de borrarse o algo semejante a su nombre al momento de decirse. El poeta mexicano conduce esa búsqueda de Dios hacia el desvanecimiento. Hacia la disipación o el desaparecer. Ese Dios, que es motivo, que es guía, que es testimonio de “la sangre de la tierra”, que es resurrección y “estrella hiriente”, cuando queremos verle su rostro frente a frente, o cuando deseamos agarrarlo con nuestras manos lo que nos muestra es una estela de desaparición, una ausencia absoluta. Un Dios desierto que invita a deshabitarnos.

Vayamos ahora a los versos del uruguayo Mario Benedetti, a su poema “Ausencia de Dios”. Leámoslo completo para darnos una cabal idea de lo que el poeta quiere comunicarnos:

Digamos que te alejas definitivamente
hacia el pozo del olvido que prefieres,
pero la mejor parte de tu espacio,
en realidad la única constante de tu espacio,
quedará para siempre en mí, doliente,
persuadida, frustrada, silenciosa,
quedará en mí tu corazón inerte y sustancial,
tu corazón de una promesa única
en mí que estoy enteramente solo
sobreviviéndote.
 
Después de ese dolor redondo y eficaz,
pacientemente agrio, de invencible ternura,
ya no importa que use tu insoportable ausencia
ni que me atreva a preguntar si cabes
como siempre en una palabra.
 
Lo cierto es que ahora ya no estás en mi noche
desgarradoramente idéntica a las otras
que repetí buscándote, rodeándote.
Hay solamente un eco irremediable
de mi voz como niño, ésa que no sabía.
 
Ahora qué miedo inútil, qué vergüenza
no tener oración para morder,
no tener fe para clavar las uñas,
no tener nada más que la noche,
saber que Dios se muere, se resbala,
que Dios retrocede con los brazos cerrados,
con los labios cerrados, con la niebla,
como un campanario atrozmente en ruinas
que desandara siglos de ceniza.
 
Es tarde. Sin embargo yo daría
todos los juramentos y las lluvias,
las paredes con insultos y mimos,
las ventanas de invierno, el mar a veces,
por no tener tu corazón en mí,
tu corazón inevitable y doloroso
en mí que estoy enteramente solo
sobreviviéndote.

Lo primero que podemos sacar en claro de este poema de Benedetti es la manera como califica esa ausencia de Dios: “insoportable”; entre otras cosas, porque esa búsqueda no es sólo de una noche en particular, de esta noche sonde se siente “enteramente solo”. El poeta nos dice que ha habido  y hubo otras ocasiones en que de manera idénticamente desgarradora buscó a Dios, trató de rodearlo, pero sólo se encontró con un eco, con su propia voz de niño; una voz que él desconocía o no sabía que tenía. Por eso, por haber buscado tantas veces, es que ya no necesita que Dios quepa en una palabra. Lo que sí lamenta, o al menos de eso tiene miedo o vergüenza, es que no tenga en reemplazo de esa ausencia una “oración para morder”, una fe “para clavarle las uñas”. Benedetti es consciente de que ese Dios se le ha resbalado de las manos, que ese Dios ha retrocedido, que ha cerrado sus brazos cuando él ha querido abrazarlo, que ha mantenido cerrados sus labios cuando el poeta ha buscado una respuesta a sus ansias. Benedetti sabe que está solo y, en ese reconocimiento de su soledad, se lamenta de “no tener nada más que la noche”. Sabe que su Dios se ha “alejado definitivamente hacia el pozo del olvido”, sabe que puede usar su “insoportable ausencia”, pero es tan feroz la soledad de esta noche que daría lo que fuera, “la ventanas de invierno”, el mar, las lluvias, para que el corazón inevitable y doloroso de Dios pudiera estar acompañándolo. El Dios de Benedetti es un espacio vacío, un espacio silente que se asemeja demasiado a una promesa, a una “promesa única”.

Son abundantes los poemas que ahondan en esta misma perspectiva. El británico Gerard Manley Hopkins afirmaba en uno de sus poemas que “no sabemos cómo llevarle a Dios nuestros dones, / ni en qué sitio buscarlo con nuestros pies descalzos”; el mexicano Raúl Macín, ha dicho que a veces buscamos a Dios sin creer que lo encontraríamos y, otras veces, “lo encontramos cuando menos creemos”. En esa fiebre de encontrar a Dios, el poeta mexicano Xavier Villaurrutia descubrió que cuando tendía sus redes hacia él, entre “más avanzaban, Dios retrocedía”; y el gran Antonio Machado, hizo una radiografía ejemplar de esa búsqueda que “yerra por los caminos, sin camino”: “así voy yo, borracho melancólico, / guitarrista lunático, poeta, / y pobre hombre en sueños, / siempre buscando a Dios entre la niebla”.

En todo caso, aunque el poeta mexicano Amado Nervo —haciendo eco a Pascal— creía que si uno buscaba a Dios, “si lo buscaba con ahínco”, era porque ya lo había encontrado, lo cierto es que la poesía se ha sentido a sus anchas para cantar la búsqueda de Dios o ha intentado con sus versos, de mil maneras, formular la inquietud por su silencio, por su mutismo convocante. Recuerdo ahora los  versos del poeta español Juan José Domenchina, la primera estrofa de su poema “Te busco desde siempre”, que bien pudieran sintetizar lo que vengo diciendo:

 “Te busco desde siempre. No te he visto
nunca. ¿Voy tras tus huellas? Las rastreo
con ansia, con angustia, y no las veo.
Sé que no sé buscarte, y no desisto”.

Es posible que no podamos desistir de esa búsqueda; o quizá en esa búsqueda está la clave del misterio o la razón profunda de aquello que nos trasciende. O esta forma de aproximarse a Dios por parte de los poetas se asemeje a la de algunos místicos que, siguiendo fieles a las palabras del profeta Isaías, “Realmente, tú eres un Dios oculto”, han puesto en esa oquedad, en ese silencio fascinante, en ese Deus absconditus, la piedra de toque para explicarse lo que “el alma sueña”; esa condición nuestra de ser ríos, y que al decir del poeta español José Luis Hidalgo, ríos deseosos de conocer el mar infinito: 

 “Déjame que, tendido en esta noche,
avance como un río entre la niebla
hasta llegar a Ti, Dios de los hombres,
donde las almas de los muertos velan.
Los cuerpos de los tristes que cayeron
helados y terribles me rodean;
como muros encauzan mis orillas,
pero tengo desiertas mis riberas.
Yo no sé dónde estás, pero te busco,
en la noche te busco y mi alma sueña.
Por los que ya no están sé que Tú existes
y por ellos mis aguas te desean.
Y sé que, como un mar, a todos bañas;
que las almas de todos Tú reflejas,
y que a Ti llegaré cuando mis aguas
den al mar de tus aguas verdaderas”.

Cerremos este acercamiento al Dios-búsqueda de los poetas, mostrando el aspecto positivo de esa fallida exploración. Echemos manos de los versos de la mexicana Guadalupe Amor; detengámonos en su poema titulado “No tengo nada de ti”:

“No tengo nada de ti,
ni tu sombra, ni tu eco;
sólo un invisible hueco
de angustia dentro de mí.
A veces siento que allí
es donde está tu presencia,
porque la extraña insistencia
de no quererte mostrar
es lo que me hace pensar
que sólo existe tu ausencia”.

Como puede advertirse, la ausencia de Dios —afirma la poetisa mexicana— es lo esencial de su presencia. En ese “invisible hueco” está la respuesta a las preguntas o el resultado de la búsqueda. Y si Dios insiste en no mostrarse es para revelar mejor su ser o su significación más profunda. En esta misma óptica el poeta argentino Roberto Juarroz ha encaminado sus versos. Tomemos un ejemplo de su Poesía vertical, el poema que se inicia diciendo: “La ausencia de dios me fortifica”:

“La ausencia de dios me fortifica.
Puedo invocar mejor su ausencia
que si invocara su presencia.
 
El silencio de dios
me deja hablar.
Sin su mudez
yo no hubiera aprendido a decir nada.
 
Así en cambio
pongo cada palabra
en un punto del silencio de dios,
en un fragmento de su ausencia”.

Es evidente que el poeta argentino no se lamenta de la ausencia de Dios. Por el contrario, la convierte en un aliciente para seguir su búsqueda; ese vacío o ese silencio lo fortifican. La ausencia de Dios es lo que le ha permitido al poeta decir sus palabras, entonarlas. Es la ausencia lo que ha posibilitado el aprendizaje de la oración, de  la plegaria, del mismo verso. La mudez de Dios es el acicate para que emerja la fragmentaria palabra de los hombres.

← Entradas anteriores
Entradas recientes →

Entradas recientes

  • Despedida
  • Legado
  • Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro
  • Simplismo de lo político en las campañas presidenciales
  • Los poetas premios Nobel hablan de su oficio

Categorías

  • Aforismos
  • Alegorías
  • Apólogos
  • APRENDER A ESCRIBIR
  • Cartas
  • Comentarios
  • Conferencias
  • Crónicas
  • Cuentos
  • Del diario
  • Diálogos
  • Ensayos
  • Entrevistas
  • Fábulas
  • Homenajes
  • INVESTIGACIÓN
  • LECTURA
  • Legado
  • Libretos
  • Libros
  • Novelas
  • OFICIO DOCENTE
  • Pasatiempos
  • Poemas
  • Reseñas
  • Semiótica
  • Soliloquios

Archivos

  • 2026
  • 2025
  • 2024
  • 2023
  • 2022
  • 2021
  • 2020
  • 2019
  • 2018
  • 2017
  • 2016
  • 2015
  • 2014
  • 2013
  • 2012

Enlaces

  • "Citizen semiotic: aproximaciones a una poética del espacio"
  • "Navegar en el río con saber de marinero"
  • "El significado preciso"
  • "Didáctica del ensayo"
  • "Tensiones en el cuidado de la palabra"
  • "La escritura y su utilidad en la docencia"
  • "Avatares. Analogías en búsqueda de la comprensión del ser maestro"
  • ADQUIRIR MIS LIBROS
  • "!El lobo!, !viene el lobo!: alcances de la narrativa en la educación"
  • "Elementos para una lectura del libro álbum"
  • "La didáctica de la oralidad"
  • "El oficio de escribir visto desde adentro"
  • “De lectores, leedores y otras consideraciones sobre las prácticas de lectura en la educación superior”
  • "El libreto de radio: una artesanía recuperable"
  • "Las premisas de Frankenstein: 30 fragmentos para entender la posmodernidad"
  • "La semiótica: una ciencia explicativa para comprender los signos de la cultura"
  • "La semiosis-hermenéutica una propuesta de crítica literaria".
  • "Entre líneas: la mirada del escritor"

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Únete a otros 998 suscriptores

Mensaje Importante

«El hombre se vierte en el ritmo, cifra de su temporalidad; el ritmo a su vez, se declara en la imagen; y la imagen vuelve al hombre apenas unos labios repiten el poema…»

 

Celebrando la Vida

 

Su Señora Madre Maria Catalina Rodríguez de Vásquez, su esposa Margarita María Ríos González y demás familiares agradecen a sus amigos y allegados la asistencia a la misa de exequias realizada en la Parroquia Cristo Rey (Calle 98 # 18a-23) el día sábado 4 de julio de 2026.

 

 

Le invitamos a dejar su mensaje en la publicación «Legado», con el que haremos un homenaje a nuestro Maestros de maestros.

×
Cargando comentarios...