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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2016

Feliz día, maestro

17 martes May 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario, OFICIO DOCENTE

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Día del maestro, Fechas especiales

Maestra y alumno

Por inculcar permanentemente unos valores y fortalecer determinadas virtudes, a diferencia de una sociedad que cada vez más desconoce la importancia de una axiología y una ética para garantizar la convivencia.

Por ayudar cotidianamente en la formación de niños y niñas, a sabiendas de que los padres de familia han claudicado en las responsabilidades propias de la crianza.

Por transmitir un gusto por el estudio y una tenacidad para alcanzar el conocimiento, no obstante el entreguismo de las nuevas generaciones al entretenimiento fugaz y el facilismo hacia el saber.

Por promover el trabajo colaborativo en el aula, en contraposición a una época proclive al individualismo y los sectarismos discriminatorios.

Por seguir exaltando el cumplimiento de normas y el seguimiento de reglas, yendo en contra de una sociedad corrupta en la que proliferan la adquisición fraudulenta de la riqueza y el culto a la trampa para el beneficio personal.

Por mantener la vigencia de algunas tradiciones y rituales, en medio de un mundo emborrachado por la novedad, el esnobismo foráneo y el desprecio al pasado.

Por cuidar y llenar de cariño vidas ajenas, a despecho de ambientes familiares en los que abundan el maltrato y la desatención en los vínculos afectivos.

Por buscar en los espacios de enseñanza diversas formas de resolver pacíficamente los conflictos mediante el diálogo y la concertación, rechazando las salidas inmediatas de la fuerza y los procedimientos violentos.

Por descubrir capacidades inéditas y promover talentos insospechados en los más jóvenes, dejando de lado los modelos estandarizados del logro escolar y la uniformidad en los perfiles profesionales.

Por propiciar en las nuevas generaciones una mirada crítica y un ojo perspicaz, al contrario de una sociedad cada vez más encantada por los medios masivos de información y el espejismo de la sociedad de consumo.

Por enseñar a cada estudiante el cultivo de la interioridad, en vez de sucumbir al culto de lo superficial y la frivolidad dictada por la subcultura del espectáculo.

Por atreverse a corregir comportamientos inadecuados y salvaguardar el respeto a acuerdos y normas, en contravía de una sociedad en la que impera la impunidad frente a los delitos y el poco acatamiento a las leyes.

Por incitar a los adolescentes a emprender retadoras aventuras, oponiéndose al actual apego de la juventud al sedentarismo y el conformismo con lo establecido.

Por insistir en que los buenos resultados son el fruto del trabajo denodado y honesto, a pesar de que el mundo de hoy publicite la vía del dinero fácil y el éxito a cualquier precio.

Por ser un mediador de esperanza y un incitador de utopías, dejando de lado derrotismos personales y predestinaciones de todo tipo.

Por no perder la fe en la posibilidad de cualificar y mejorar las capacidades humanas, ignorando el pesimismo de los desmoralizados y la desesperación de los impacientes.

Por todas estas cosas, feliz día, maestro.

 

Los argumentos de autoridad (2)

13 viernes May 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración del cubano Ajubel

Ilustración del cubano Ajubel.

Decía, en un texto anterior, que las citas de autoridad merecen una ambientación en nuestro texto. No es cuestión de ponerlas sin ninguna filiación o engarce con nuestro discurso. A veces ese enlace se hace antes de poner la cita. Sirva de ejemplo el siguiente párrafo:

La felicidad demanda de nosotros un permanente aquilatamiento sobre nuestros deseos. Necesitamos poner en la balanza nuestros actos y nuestros proyectos; sopesarlos para saber cuándo algo o alguien tienen mucha valía o cuándo es mero espejismo o castillo de hojalata. Igual cosa pensaba el dramaturgo Channing Pollock (citado por Goicochea, 1970): “la felicidad es una estación de parada  entre lo poco y lo demasiado” (p. 264).

Otras veces el amarre o empalme argumentativo se hace después de ubicar la cita. En este caso, lo que hacemos en el ensayo es retomar lo sustancial de la idea para alinearla con nuestra tesis. Este otro párrafo puede ayudarnos a entender lo que digo:

Comparto la idea de la novelista estadounidense Pearl Buck (retomada en AAVV, 2004), según la cual, “muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras aguardan la gran felicidad” (p. 96). Según eso, dejamos pasar lo importante, lo grato, lo placentero de  todos los días, por estar confiados o esperanzados en que habrá cosas más extraordinarias, más maravillosas o muy superiores a esas que vivimos habitualmente.

También es posible combinar las dos formas anteriores. O incluir la cita de autoridad en la mitad de nuestro párrafo, preparando un ambiente para su enunciación y sacando luego implicaciones o derivaciones de tal información. Un apartado de un ensayo personal sirve de explicación concreta:

Todo parece indicar que para vivir feliz basta con muy pocas cosas, que es más un ejercicio de selección y cuidado que de ambición y derroche. O, para decirlo en palabras de Romain Rolland (mencionado por Goicochea, 1970), que es “una manera de conocer y amar  nuestros propios límites” (p. 260); un trabajo de descubrimiento sobre lo que somos; un ajuste de cuentas –sin engañifas o falsas idealizaciones– de nuestra condición finita, variable y soñadora.

Eso en cuanto a la manera de ubicar las citas de autoridad. Un segundo asunto es el relacionado con el parafraseo. A veces, en el desarrollo de nuestro ensayo no cuadra o encaje bien la cita que tenemos entre manos. Bien sea porque la estructura de la frase está en un tiempo distinto o porque el contexto de la misma es diferente al nuestro. Entonces, lo indicado es apropiar el sentido o el espíritu de la cita, pero sin retomarla textualmente. Eso sí, dando crédito del argumento  de autoridad.  Un párrafo más ilustra lo expuesto:

Como puede colegirse, distingo la felicidad del fugaz goce o el simple cumplimiento de nuestros apetitos. La asocio más bien con un estado de bienestar, con cierta alegría –al menos como la entiende Fernando Savater[1]–, con un sentimiento de afirmación a la vida y a la creatividad. Cuando somos felices la muerte se aleja de nuestros dominios y celebramos el hecho de ser criaturas posibilitadas para imaginar[2].

Las notas a pie de página son de una ayuda irremplazable cuando así manejamos los argumentos de autoridad. En ese apartado damos fe en qué autor o fuentes nos hemos inspirado y, en algunos casos, le presentamos al lector la cita inspiradora. De igual modo, en las notas a pie de página decimos qué autor, no mencionado en nuestro discurso por la lógica interna de la frase o para evitar el enciclopedismo pedante, es quien soporta o avala nuestro planteamiento.  Mostremos esto en un ejemplo:

Buena parte de la felicidad que recibimos es fruto de la contingencia o la casualidad. También el azar trabaja para que la felicidad caiga madura en nuestras manos[3]. Y si no tenemos una actitud receptiva o preparado nuestro corazón para lo venturoso o lo gratuito, por más que nos esforcemos, siempre huirá de nosotros la esperada felicidad.

Es vital señalar que las citas no reemplazan el desarrollo argumentativo elaborado por el ensayista. Los argumentos de autoridad no suplen el proceso de hilar las ideas, hilvanarlas, cotejarlas para ir así persuadiendo al lector de la tesis en cuestión. Su papel es el de reforzar, enriquecer o darle más contundencia a nuestro apuesta argumentativa. El párrafo siguiente es una buena pauta: 

Insistamos en nuestra tesis: no se trata de buscar la felicidad en grandes cosas o sólo con excepcionales personas. Tal vez la felicidad sea una búsqueda más sencilla, más habitual. Un esfuerzo de nuestro entendimiento, y mucho más de nuestra imaginación, para saber leer en asuntos aparentemente intrascendentes o en personas comunes, una mesa abundante de sorpresas o un exquisito festín. No es el perseguir imposibles o el empecinarse en conquistar tesoros extraordinarios. Es todo lo contrario: una tranquila manera de ir hacia el mundo y las personas con absoluto asombro y con los brazos abiertos para disfrutar las cosas cotidianas. De allí por qué, como escribió Benjamín Franklin en su Autobiografía (1989): “La felicidad humana se forma no tanto con acontecimientos extraordinarios de buena suerte, que raras veces ocurren, como con pequeñas adquisiciones que pueden lograrse todos los días” (p.81).

Queda por agregar decir algo acerca de las formas de citación (APA, MLA, ICONTEC). Lo más importante es tener a lo largo del ensayo una citación uniforme con el estilo elegido o pedido. En la mayoría de los casos, las revistas especializadas o la línea editorial de una Universidad, exigirá una normatividad específica para la presentación de trabajos escritos. Sea como fuere, hay que evitar el error frecuente de combinar diversos estilos de citación en un mismo texto. Lo segundo es practicar estas normas hasta el punto de que no interfieran con el desarrollo de nuestras ideas. Si no dominamos tales convenciones de citación de los argumentos de autoridad, lo más seguro es que se conviertan en un impedimento o un obstáculo y no en una forma de reconocimiento a la tradición, de respeto a la producción intelectual ajena y de genuino diálogo con esas otras voces de escritores con las cuales deseamos conversar en nuestro ensayo.

Por supuesto, esta manera de concebir la felicidad conlleva también una disposición especial para atender o recibir lo que las personas o la vida misma nos ofrecen. Es en este sentido que podemos comprender mejor las palabras de Cervantes (1615-1995): “El que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, que no se debe quejar si se le pasa” (p. 573). Como quien dice, si bien es cierto que necesitamos una actitud de búsqueda en pos de lo que nos hace felices, no es menos importante crear un terreno propicio para las felicidades inesperadas.

Notas

[1] Dice Savater que la alegría es “un asentimiento más o menos intenso a nuestro asentamiento o implantación en eso que llamamos vida o mundo”, véase su Diccionario filosófico, (1995, p. 48).

[2] Es oportuno recordar a Immanuel Kant cuando decía que “la felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación”, en Fundamentación para una metafísica de las costumbres, (2006,  p. 100).

[3] Una planteamiento semejante es el desarrollado por André-Comte-Sponville; dice el filósofo francés: “La felicidad es también una ‘buena hora’ (bon-heur, en francés, podría ser ‘buena-ventura’ en castellano), en el sentido etimológico de la palabra, es decir, un golpe favorable, una buena fortuna, en suma, una asunto de azar o suerte”, en La historia más bella de la felicidad, André Comte-Sponville, Jean Delumeau y Arlette Farge (2005, p. 34).

Referencias

AAVV. (2004). La felicidad, Barcelona: Terapias verdes.

Cervantes Saavedra, M. (1615-1995). Don Quijote de La Mancha. Barcelona: Juventud.

Comte-Sponville, A., Delumeau, J. y Farge, A. (2005).  La historia más bella de la felicidad. Barcelona: Anagrama.

Franklin, B. (1989). Autobiografía y otros escritos. México: Porrúa.

Goicochea, C. (1970). Diccionario de citas. Barcelona: Labor.

Kant, I. (2006). Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Madrid: Alianza.

Savater, F. (1995). Diccionario filosófico. Bogotá: Planeta.

Los argumentos de autoridad

06 viernes May 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Aristoteles argumento de autoridad

Aristóteles: un argumento de autoridad vital para Occidente.

Los llamados argumentos de autoridad son, sin lugar a dudas, unos de los más utilizados por los ensayistas. Pero así como son de importantes y necesarios para una buena argumentación, de igual modo deben cumplir con una serie de requisitos, dignos de una explicación.

Uno de esos requisitos de los argumentos de autoridad, que parece el más obvio, es el de ser pertinentes con la tesis del ensayo. El autor o la cita de autor traída a colación deber emplearse para reforzar o avalar la tesis objeto de nuestro ensayo. De nada sirve mencionar a un destacado filósofo o a algún intelectual de larga trayectoria académica si lo que hemos elegido de él no está en sintonía con nuestro planteamiento. En consecuencia, lo que hace que el argumento de autoridad sea pertinente no es la figura convocada, sino su directa relación con la tesis.

Otra condición de los argumentos de autoridad es la manera como encajan o se articulan con la tesis. El error más frecuente de los ensayistas novatos es el de insertar la cita de autoridad pero sin establecer un vínculo con la tesis. Es lo que se conoce como escritura “colcha de retazos”. Para remediar este problema es recomendable apropiar la cita, darle carta de ciudadanía en nuestra línea argumentativa. Las citas, en este sentido, no deben quedar como islas en un párrafo. A veces, esa apropiación se hace antes de incluirlas y, en otros casos, después de presentarlas. Sea como fuere, los argumentos de autoridad necesitan estar incorporados, asimilados o fusionados dentro del texto.

Precisamente, los conectores lógicos son de gran ayuda para hacer este zurcido de los argumentos de autoridad con la tesis de nuestro ensayo. Los conectores son, por decirlo así, los hilos que tejen las ideas, el amarre necesario para que las citas vayan componiendo la trama argumentativa. Es esta habilidad para coser las citas con el resto del texto lo que distingue a los buenos ensayistas de los más bisoños en el arte de argumentar.

Un requisito complementario de los argumentos de autoridad tiene que ver con la cantidad de información seleccionada. No puede caerse en el error común de hacer tan larga la cita que termine ahogando las propias ideas del ensayista. Y cuando sea estrictamente necesario incluir un argumento de autoridad in extenso, podemos parcelarlo o irlo incluyendo en nuestro discurso por partes, siempre dialogando con él, cuidándonos de que no se pierda la tesis por un exceso de fulguración de las citas anexadas. Esta particularidad de los argumentos de autoridad obliga al ensayista a seleccionar muy bien las citas más significativas, las sustanciales para su estrategia argumentativa. Lo efectivo de la cita, además de su pertinencia, depende de saber administrar bien la dosis dentro del ensayo. El excesivo y continuo uso de citas puede terminar siendo más un defecto que una cualidad; más un lastre que un óptimo recurso de soporte y aval para el propio pensamiento.

En este punto cabría señalar el rol de las notas a pie de página cuando es estrictamente necesario agregar una información adicional para enriquecer nuestra argumentación.  Las notas a pie de página son el lugar apropiado para incluir esas citas que por su valor estratégico para nuestra fundamentación merecen tener una voz en nuestro ensayo. No obstante, para evitar la pesadez de información o mantener un balance entre lo dicho por el ensayista y lo manifestado por sus fiadores intelectuales, se ponen estos argumentos de autoridad en otro sitio, permitiendo así que el fluir  de la argumentación mantenga la claridad y no se pierda de vista la columna vertebral de la tesis. Es posible también usar las notas a pie de página como una reserva de argumentos de autoridad. En este caso, aunque están puestos en un espacio aparte, su verdadera utilidad es la de servir como una segunda línea de refuerzo de nuestro planteamiento. Son, para expresarlo de otra forma, un contrafuerte de ideas ajenas, un medio de intensificar o robustecer la apuesta que venimos desarrollando en el ensayo.

Por lo dicho hasta aquí, es evidente que los argumentos de autoridad son una valiosa ayuda para el ensayista. Sin embargo, encontrar esas citas o esos fragmentos de textos de voces pertinentes y acordes con nuestra tesis no es una tarea inmediata o realizable de cualquier manera. Hay que buscar esas citas, investigar, leer con atención; seleccionar, sopesar y encontrar el tono adecuado para que ofrezcan la mayor garantía argumentativa. Tener presente los requisitos arriba explicados puede ser un conjunto de consejos para los noveles ensayistas y una provechosa manera de potenciar los textos argumentativos.

Ser anfibios para sobrevivir en escenarios híbridos

28 jueves Abr 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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El augua origen de la vida

“Agua: el origen de la vida”, mural de Diego Rivera

Para enfrentar las tensiones entre lo local y lo universal, o esas otras entre lo transnacional y lo nacional hay que ser anfibios; es decir, acceder a lo macro sin perder de vista lo micro; respirar los temas globales sin perder de vista nuestras preocupaciones más inmediatas. “Soñar el mundo sin perder la aldea”, decía Rubén Darío.

Tensiones: defender lo regional a ultranza, nos puede condenar al inmovilismo, a la falta de confrontación; a los laureles fáciles. Al no tener interlocutores que pongan entre paréntesis una experiencia o una propuesta, podemos llegar a creer que todo lo que hacemos es bueno o esencial… Asumir como rasero únicamente lo nacional y, mejor aún, lo transnacional, nos puede colocar en la dimensión de andar siempre en búsqueda de novedades, nos puede llevar al diletantismo infinito, a la vaguedad, o a una superficialidad en nuestros proyectos.

Anfibios significa tener el suficiente aire para movernos en un mundo cambiante, rápido, diversamente heterogéneo. Un mundo atravesado por la sociedad de consumo, el liberalismo económico y el constante asedio de los medios de comunicación. Anfibio quiere decir, ser un lector plural. Manejar varios lenguajes. El siglo XXI demandará de nosotros poder leer varios tipos de signos. Desde la imagen fija hasta la imagen en movimiento, desde la proxémica hasta la kinésica. Desde el dinero plástico hasta los hipertextos. Un lector plural es una estrategia, una respuesta de sobrevivencia para esta época. Entonces, aunque parezca contradictorio, tenemos que ser capaces de leer al mismo tiempo lo premoderno, lo moderno y lo posmoderno. Leer el mito, leer los textos escritos y leer un videoclip… no lo uno o lo otro, sino lo uno con lo otro, y lo uno en lo otro; constelaciones, imbricaciones, intertextualidades. Entender la cultura como un enorme texto.

II

Otro de los problemas claves en este debate entre lo regional y lo nacional es la poca consignación de nuestras prácticas, la ausencia de escrituras, la avalancha de nuestro inmediatismo en la acción. Pareciera como si lo local –debido a la ausencia de miradores, de cortapisas teóricas capaces de poder distanciar una práctica–  viviera preso del activismo… como si todo fuera tan importante que no diera tiempo para reflexionar, para hacer un distanciamiento, una zona de discernimiento, un momento para reconocer tal avalancha de acciones. Pienso que si no miramos más allá de nuestras fronteras viviremos “apagando incendios”, como se dice; y cuando actuemos así, nunca veremos con lucidez algún sentido o un punto de mira, una intencionalidad, un derrotero, una teleología de nuestros proyectos. Muchas veces, nuestras mejores intenciones, nuestros mejores esfuerzos, se pierden o se diluyen entre el activismo infinito o el inmediatismo de lo urgente.

También acá es imprescindible volver los ojos a lo nacional, a lo macro. Con los pies en el piso, sí, pero mirando las estrellas, el firmamento. Es la mirada del afuera lo que permite convalidar el adentro. Hoy, más que nunca, educar no es un trabajo para el presente sino una tarea del futuro. Educar no es satisfacer la inmediatez de una ansiedad, sino prodigar las herramientas suficientes para sobrevivir en tierras nunca vistas. Se educa en función mediata. Recuerdo ahora una frase de Lauro de Oliveira Lima, “cada vez gastamos más, tiempo y más recursos, educando a unos estudiantes para una sociedad que ya no existe…” Esta idea corrobora lo que vengo diciendo: hay que salir de lo conocido para poder hablar el lenguaje de lo desconocido; hay que salir del pequeño cerco de la tribu para poder relatar cuentos maravillosos. No se es héroe permaneciendo sólo en el ambiente de la aldea. El heroísmo empieza cuando nos atrevemos a ir en pos de lo desconocido, cuando osamos atravesar los bosques de la incertidumbre. Cuando nos permitimos la confrontación, la crítica. No puede haber identidad sólida si no es a partir de la aceptación de la diferencia.

Como puede apreciarse, esa tensión  entre lo nacional y lo regional mantiene un ritmo de péndulo, una oscilación no sólo teórica, sino práctica. No sólo epistemológica sino también de método. Ser anfibio, por lo tanto, parece ser una forma estratégica para sobrevivir en escenarios híbridos, como los denominó Néstor García Canclini.

Entrevista a un formador veterano

21 jueves Abr 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario, OFICIO DOCENTE

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Estrategias de escritura, Vocación por enseñar

El maestro y el discipulo Claude Lefebvre

«El maestro y el discípulo» de Claude Lefebvre.

¿Es posible formar a otro ser humano?

Creo que sí. Pero a sabiendas de que el resultado es imprevisible. A veces lo enseñado corresponde a lo logrado y, en otros casos, está muy distante de los objetivos de formación.

¿Y eso no desalienta a un formador?

A veces. Pero si se tiene la convicción de enseñar, si ese fuego alimenta el trabajo, pues se continuará en esa labor. Me parece que esta profesión se mueve sobre la zona de lo posible. No es una ciencia exacta, ni un proceso totalmente efectivo.

¿Es como un arte?

Algo tiene de arte, en cuanto pone en acción una singularidad y en la medida en que hay un estilo que impregna las palabras y las acciones del formador. Es un arte por oposición a ciencia; es un arte porque se va perfeccionando con la experiencia, y es un arte porque demanda el aprendizaje de técnicas y procedimiento propios de un oficio.

¿O será mejor un oficio?

También es un oficio, pero como lo entendían los artesanos medievales. Es decir, una ocupación forjada en la práctica, en la que son esenciales la previsión, la inteligencia práctica, la perspicacia y un dominio de ciertos útiles o herramientas. También es un oficio por su carácter anónimo; no es una profesión para el alto renombre o figuración social.

¿El formador nace o se hace?

Se requiere cierta vocación pero no es suficiente. Vocación de servicio, de establecer vínculos, de sensibilidad social. Sin embargo, si no hay una apropiación de saberes y estrategias, de procedimientos y maneras de hacer, poco serán los alcances de un formador. Aunque lo contrario de igual modo es cierto: la excelente capacitación, el dominio de determinadas técnicas de enseñanza, el poseer una hoja de vida con altos pergaminos académicos no serán suficientes si no hay una vocación, un ardor por la alteridad, una pasión por comunicar a otros un saber o un oficio.

 ¿Es fácil detectar esa vocación?

A veces es evidente. En otras ocasiones, es el mismo oficio el que evidencia ese gusto. Muchos formadores han descubierto su pasión en el día a día de su trabajo, en el trato con niños o jóvenes, en la relación pedagógica. Ha sido ese vínculo el que los ha atrapado o el que les ha permitido descubrir su vocación. Lo lamentable es cuando una persona, después de un tiempo, se da cuenta de que no tiene en su espíritu ese ardor y sigue en las aulas porque no tiene otra manera de sobrevivir.

¿Y eso no pasa en otras profesiones?

Sí, pero en el caso de las profesiones de servicio, este autoengaño del formador tiene implicaciones gravísimas en el formando. El aprendiz se queda apenas con lo básico de determinada información, y pierde la oportunidad de haber vivido una experiencia de encuentro, de transformación vital. Mejor dicho, queda huérfano de experimentar un proceso formativo. 

¿Qué es un proceso formativo?

Hay muchas maneras de entenderlo. Podríamos, de manera rápida, decir que tiene al menos tres características: es organizado en el tiempo, cuenta con unos saberes y herramientas específicas y tiene unos propósitos definidos. El primer punto es clave para entender la importancia de las instituciones educativas, el segundo habla de las especificidades de una profesión y el tercero de los fines o la intencionalidad formativa. El proceso formativo es algo complejo porque pone en escena muchas variables: la edad del formando, el nivel de conocimiento, las estrategias de enseñanza, los estilos de aprendizaje, la secuenciación de los contenidos, las habilidades comunicativas del formador, la constatación de resultados… Sea como fuere, si hablamos de un proceso de formación es para subrayar unas condiciones de ingreso y egreso del formando y, desde luego, de un perfil de formador.

¿Cuál sería ese perfil de formador?

Aquí habría que advertir, que no hay una única manera de serlo. Hay estilos, tendencias. No obstante, un perfil, entendido como aquellos rasgos esenciales de un formador, podría delinearse así: a) con conocimientos suficientes sobre una disciplina específica o un oficio determinado, b) con saberes específicos sobre las maneras de enseñar y las formas de aprender, c) con habilidades comunicativas para la interacción y los vínculos interpersonales, d) con idoneidad profesional y proceder ético, e) con sensibilidad social. Sobra decir que no se trata de un perfil ideal, sino de un repertorio de rasgos esenciales que posee o debería tener un formador. Ciertos de esos rasgos serán más notorios y, otros, irán afinándose o perfeccionándose con la experiencia.

¿No todas las personas, según eso, están capacitadas para formar?

De manera general, todas las personas podrían ser formadoras; pero sólo algunas están capacitadas para hacerlo de manera adecuada y competente. Los padres de familia, demos por caso, son formadores, aunque no muchos sepan en verdad cómo llevar a cabo esa tarea. La profesión de maestro responde a esa necesidad: cualificar a una persona para cumplir la tarea de ser un formador. No sobra advertir que la misma profesión ha ido cambiando, precisamente porque la sociedad es dinámica y los retos de formación no son los mismos hoy que los de ayer. Esto ha hecho que el convertirse en formador en nuestra época sea más exigente e implique la apropiación y dominio de múltiples habilidades.

¿Habla de las llamadas nuevas tecnologías?

Sí. Pero no sólo las derivadas de los nuevos medios de información, sino de otras como el dominio de una segunda lengua, la evidencia de la producción escrita, el asociarse en redes, el articular la investigación con el quehacer docente, la voluntad permanente de innovación.

¿Bastante ambicioso lograr un formador así?

Es un tanto difícil. Aunque sí se obtienen resultados valiosos. Hay ofertas académicas sólidas y responsables con en ese propósito; aunque gran parte de la mejora o la cualificación de los formadores depende de ellos mismos, de su capacidad reflexiva sobre su quehacer, de los pequeños cambios en sus labores rutinarias y de no perder el entusiasmo para enfrentar los nuevos desafíos de su profesión.

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