• Autobiografía
  • Conferencias
  • Cursos
  • Del «Trocadero»
  • Del oficio
  • Galería
  • Juegos de lenguaje
  • Lecturas
  • Libros

Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2020

El amor en versos

13 domingo Sep 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

≈ 12 comentarios

Pintura de Roberto Ferri.

Tantos versos dedicados al amor, cuántos poemas para exaltarlo, convocarlo o lamentarse de su pérdida dolorosa en nuestras vidas. Pedro Calderón de la Barca creía que el amor era una “falsa sirena” que “halaga con la boca a quien con la cola mata”; algo semejante pensaba Manuel Machado: el amor es veneno “que envenena y que no mata”; y Rosalía de Castro sabía que el amor es una “inaplicable angustia”, un “hondo dolor del alma”, un “recuerdo que no muere”, un “deseo que no acaba”. Juan Ramón Jiménez escribió que el amor, “saca cantando, con sus brazos frescos, agua del pozo de nuestros corazones”; y Delmira Agustini confesó que el amor “es una flor de fuego deshojada por dos”. Octavio Paz afirmaba que amar es “dejar de ser fantasma con un número a perpetua condenado por un amo sin rostro” y Carlos Castro Saavedra definió este “purgatorio de goces” como “una candela estremecida” que “empuja la noche de la vida hacia la madrugada de la muerte”.

Los poetas y poetisas han intentado definirlo o aproximarse de diferente manera a este sentimiento alado. Jorge Manrique nos regaló varios versos sobre dicho tópico: que el amor era “una porfía forzosa que no se puede vencer”, que “es un placer en que hay dolores” y un “dolor en que hay alegrías”. Así cantaba Manrique en su poema “Diciendo qué cosa es amor”:

Es una cautividad

sin parecer las prisiones;

un robo de libertad

un forzar de voluntad

donde no valen razones.

Pablo Neruda, que tantos versos puso al servicio de este sentimiento, sabía que el amor era “una cuerda dura que nos amarra hiriéndonos”, que “el amor restituye un cristal quebrantado en el fondo del ser”, y reconocía en el otoño de su vida que el amor antiguo “camina en silencio por una eternidad de bocas enterradas”. De igual forma, Pedro Salinas, dedicó gran parte de su obra lírica a desentrañar este “largo adiós que no se acaba”, a comprender esta pasión que “tiene su cima en la resistencia a separarse”, a esa nominación libre de un “tú” que nos saca del anonimato.

Y si bien podríamos extendernos en ejemplos, o en las variadas manifestaciones del amor con sus plenitudes y tristezas, quiero centrarme en esta ocasión en dos poemas que intentan definir esta “libertad encarcelada”, esta “deliciosa mentira”, este “bien arrebatado al cielo”. Empezaré con uno del colombiano Eduardo Cote Lamus que lleva por título, “Esto es amor”:

Esto es amor: llevar en la sangre

el impulso inefable de otra sangre,

buscarse el corazón dentro del pecho

y no encontrarlo hasta palpar su frente,

padecer la ansiedad de ser en otro

como grano de trigo germinando,

es trasladar el mar hasta sus ojos

y sumergirse en ellos hasta el alma,

sentir la eternidad entre las manos

al descubrir a Dios en su mirada,

árbol del bien que las horas traspasa.

Esto es amor: ser uno proyectado.

Subrayo en este poema la idea de que el amor es un impulso en busca de otra sangre, es meternos dentro del propio pecho hasta encontrar la frente de otra persona; es una ansiedad por germinar en otro ser, es trasladarse, salir de sí, con el fin de transformar el mundo y volverlo dádiva o regalo amoroso. Amar, nos dice Cote Lamus, es poder sentir la eternidad entre las manos al descubrir la luz de Dios en la mirada de quien amamos; es ser atravesados por la bondad de ese regalo celeste. Por todas esas cosas que trae o produce este impulso, este sentimiento, es que el amor nos saca del cuarto de lo que somos y nos proyecta hacia otro ser. 

El segundo poema que me interesa resaltar es “El amor está en lo que tendemos” del español José Ángel Valente:

El amor está en lo que tendemos

(puentes, palabras).

El amor está en todo lo que izamos

(risas, banderas).

Y en lo que combatimos

(noche, vacío)

por verdadero amor.

El amor está en cuanto levantamos

(torres, promesas).

En cuanto recogemos y sembramos

(hijos, futuro).

Y en las ruinas de lo que abatimos

(desposesión, mentira)

por verdadero amor.

En este caso, el poeta comienza diciéndonos que el amor nace en un apetito de vínculo, en extender los brazos a la par que las palabras. Que el amor inicia en esos puentes lanzados hacia otra persona. Y de igual modo el amor está en esa alegría que ponemos en alto cuando sentimos o recibimos la brisa del amor. Y porque es un viento jubiloso lo izamos al aire, como para decirles a otros que somos seres privilegiados. Pero, además, para lograr que ese amor sea verdadero, tenemos que combatir el vacío y las largas noches solitarias. Por eso nos son tan necesarias las promesas, esas torres del lenguaje en las que ciframos nuestro anhelo de perpetuidad de este sentimiento. El amor, continúa Valente, es también lo que sembramos con otra persona, así sean hijos o proyectos; y si queremos que ese amor sea en verdad genuino, si en eso nos empeñamos, tendremos que abatir o herir mortalmente nuestros egoísmos y nuestros embustes afectivos; porque si aspiramos al verdadero amor, deberemos ser capaces de desposeernos y aniquilar la falsedad. En todas esas acciones se cifra el amor: “tender”, “izar”, “levantar”, “sembrar” y, muy especialmente, “combatir” y “abatir”.

Retomemos nuestro punto inicial: el amor que “parece mentira de poetas, sueño de locos, ídolo de vanos”, ha inspirado a líricos de diferentes tiempos y latitudes; y cada poeta o poetisa ha intentado señalarle algunos rasgos, dejar constancia de su presencia quemante. Dámaso Alonso se preguntaba, por ejemplo, si el amor “¿era limpio cristal o vestisquero destructor?”; Gabriela Mistral intuía que el amor “habla lengua de bronce y habla lengua de ave”… Y Xavier Villaurrutia nos dejó unos indicios de las maneras de manifestarse el amor en nuestras vidas: “es una suspensa y luminosa duda”, es “una cólera secreta, una helada y diabólica soberbia”, es «una sed, la de la llaga que arde sin consumirse ni cerrarse».

Condiciones del buen escucha

06 domingo Sep 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

≈ 5 comentarios

«La lección de música» de René Magritte.

En una época como la nuestra en la que circula y abunda la información, el ruido llena cualquier espacio público, se exacerban los fanatismos y se alimenta el odio por nuestros conciudadanos, sí que resulta importante poner el tema de la escucha en primer plano. No solo porque sin la escucha es muy difícil establecer relaciones sociales de calidad, sino porque ella misma es un modo de ponernos en contacto con nuestra interioridad y, en gran medida, un medio para apaciguar el deslenguado “yo” y empezar a albergar con discreción el “nosotros”. Detengámonos, en esta ocasión, en las condiciones o requisitos del buen escucha; bien sea como un propósito personal, familiar o laboral, como un modo de participar en los escenarios políticos, o como un mapa de trabajo para los espacios educativos.

La primera condición para ser un buen escucha es nuestra disposición del entendimiento. Más que estar de “cuerpo presente” lo que se necesita es que nuestra mente esté abierta. Esto implica una actitud de apertura hacia mensajes o ideas que, no necesariamente, son afines a nuestras creencias o a nuestra manera de percibir el mundo o la vida. Disponer el entendimiento, en consecuencia, es básico para que cobren “volumen” las opiniones ajenas, para que sean audibles esos mensajes, para que sean legítimas y válidas las opiniones de los demás. Si no hay esa actitud, si nuestros dogmatismos o fanatismos ideológicos nos cierran los oídos, seremos sordos para establecer algún vínculo comunicativo. La disposición de entendimiento, el tener una mente sin talanqueras predeterminadas, ayuda a que cobre interés la voz del semejante, de la pareja, del aprendiz, del amigo; porque ponemos en reserva nuestras convicciones, porque nos permitimos entender que hay otras maneras de comprender un hecho, un problema, una situación, es que podemos hospedar ideas foráneas, abrirnos a los lenguajes del extraño, del diferente, del que no es nuestro compartidario. Esta primera condición, entonces, presupone en el buen escucha ejercicios de tolerancia, de respeto, de flexibilidad y generosidad.

El segundo requisito, tan importante para la meditación y otras prácticas del autocuidado, nace y se potencia en la atención concentrada. Si nuestro oído no lograr percibir bien, si no podemos apartar los ruidos o minimizar las distracciones del ambiente, seguramente nos perderemos de lo medular o esencial de un mensaje. La atención supone una focalización de nuestros sentidos y un deseo interesado por conocer a fondo lo que otro nos dice o comenta; la atención es curiosidad genuina y, al mismo tiempo, es un modo de dignificar al que tenemos frente a nosotros. Atención concentrada es miramiento, esa prudencia que se vuelve tacto y amabilidad; y es también, perspicacia, esa aguda sutileza que nos permite adentrarnos en los detalles aunque no estén muy claros. Si escuchamos con esa cautela moderada, si estamos alertas a un cambio de entonación, a los silencios, a las reiteraciones, si tenemos ese esmero y esa vigilancia sobre los mensajes que nos dicen o comparten, seguramente advertiremos cosas que, de otra forma pasarían inadvertidas o perderían su densidad comunicativa. Este segundo requisito del buen escucha demanda el ejercicio físico constante, tiempo para descansar, algunas técnicas de respiración, la audición selectiva, la meditación, entre otras.

Muy asociada a la anterior está la capacidad de relación entre las partes de un mensaje. Los buenos escuchas interrelacionan, tejen filiaciones de sentido, zurcen lo que parece deshilvanado, ponen en sintonía pedazos, fragmentos, cortes en un discurso. Precisamente, porque se tiene una atención concentrada es que se logra “atar cabos”, “vincular afirmaciones sueltas”, “unir los pedazos del rompecabezas”. La capacidad de relación del escucha hace que el emisor del mensaje compruebe el grado de interés de su interlocutor; es la prueba de que en verdad hay una escucha cabal. Por ser el oído un sentido analítico, por percibirse los mensajes segmento por segmento, resulta fundamental que quien esté escuchando logre “retener” lo que se va diciendo de manera discontinua para luego, en un acto comprensivo, reunir esos pedazos y construir la figura definitiva del mensaje. Si no se posee la capacidad de relación, lo común será que entendamos mal, parcialmente o definitivamente tergiversemos lo que la otra persona nos dice. Buena parte de los conflictos comunicativos nacen de ahí: de reducir el mensaje a un segmento o de descontextualizar la parte dentro de un conjunto. La capacidad de relación presupone, de igual modo, que el buen escucha interpela a su interlocutor para completar los enlaces que le faltan, que no se queda inactivo ante el fluir enunciativo de un determinado emisor. Porque desea configuar las fonounidades de un mensaje es que va más allá del asentimiento gestual o las meras muletillas fáticas. Esta otra condición del buen escucha nos debería llevar a poner siempre las palabras en situación, a no sacar conclusiones apresuradas hasta no tener la totalidad de un mensaje, y a volver a escuchar cuantas veces sea necesario para captar el sentido comunicado.

Precisamente, y esta es otra característica medular de los buenos escuchas, se requiere voluntad de contención para no pasar al reclamo, la ofensa o la interrupción agresiva, cuando percibimos algo que no nos gusta, oímos un término que nos molesta o nos enfrentamos a las razones de un contradictor. La voluntad de contención es saber manejar los tiempos de la espera para que la otra persona acabe de decir lo que piensa, para que desarrolle su planteamiento o finiquite de la mejor foma una disculpa, un reclamo o una confesión. Voluntad de contención es aprender a callarse oportunamente, es retener por un tiempo nuestras razones, así nos parezcan las más legítimas y acertadas, es suspender por unos instantes el juicio crítico, es abstenerse de la descalificación inmediata o el señalamiento estereotipado y excluyente. La voluntad de contención está muy asociada con las prácticas del “morderse la lengua”, conocer la fuerza pasiva del silencio y una ejercitada voluntad para dominar la explosiva manifestación de las pasiones. Esta cuarta característica de los buenos escuchas, como se adivina, implica el discernimiento continuo, el cuidado de nuestras emociones, el autonálisis, la exploración comprensiva de nuestros sentimientos y un decidido gobierno de nuestro temperamento, mucho más cuando se es irascible, agresivo, explosivo o intransigente.

Decía atrás que los buenos escuchas son interactivos con su interlocutor y, por eso, poseen otra característica: son hábiles en la retroalimentación. Saben que la otra persona al hablarles o manifestarles alguna cosa los están invitando a participar de tal comunicación, que no es una simple información sin destinatario, sino un verdadero intento de querer comunicarse, de lanzar lazos para la complicidad, la coparticipación, los vínculos humanos, la confidencia o la catarsis solidaria. Entonces, los buenos escuchas usan gestos, palabras, conectores verbales, aclaraciones, preguntas, reiteraciones que contribuyen a que el mensaje no caiga en el vacío, no muera en la falta de contacto con un destinario. El que nos habla lanza sus palabras al viento, las disemina con la esperanza de que haya un terreno fértil para que esas semillas se desarrollen en plenitud; es una especie de aventura verbal en pos de una reacción, un recoconimiento o una simple contestación. Avivar al otro con muestras de retroalimentación, con signos de reacción empática, contribuye a que nuestro interlocutor sienta que no está en el monólogo o en el delirio en despoblado. Esas habilidades de retroalimentación, tan necesarias en un buen escucha, comienzan con afinar el tino para detectar la oportunidad de réplica, con la prudencia para saber dosificar una interrupción, con el uso adecuado de las pausas y los silencios, y con la selección del lenguaje apropiado a la persona y la circunstancia.

Cabría enumerar otras condiciones, pero basten por ahora estas cinco. Lo esencial de este quintento de características o requisitos del buen escucha está en un cambio de perspectiva o de foco sobre nuestras interrelaciones: más que darle pábulo a la palabra incendiaria u ofensiva, deberíamos comenzar a explorar en las bondades que trae “frenar la lengua” y redescubrir intencionadamente las virtudes de nuestro sentido del oído. Tal vez así, empecemos a familiarizarnos con uno de los modos de acceder a la discreta sabiduría.

El pollo de viento

30 domingo Ago 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

≈ 10 comentarios

La gente dice que son puros cuentos, que eso no es posible. Y yo les contesto que sí, que yo lo escuché. Y que no estaba dormido ni delirando por la fiebre; nada de eso. Todo lo contrario. Y mi madre y mi padre también dicen que lo escucharon clarito, y que sintieron una cosa fea, como un frío. Y que por eso tuvieron que entrarse a la casa, cerrar todas las ventanas y poner la tranca de la puerta. Yo lo escuché, sólo lo escuché. Porque como estaba de noche, y en esa época en la vereda de La laguna no había luz eléctrica, lo que uno percibía con sus ojos eran sombras, siluetas oscuras de árboles y los objetos más cercanos. No era muy tarde, quizá las nueve. Mis padres y yo estábamos en una banca saboreando la frescura de la brisa, porque en esos días el calor era intenso. Por esta razón, y a sabiendas de que en el interior de la casa, el aire debía estar más caliente que afuera, lo acostumbrado consistía en refrescarse en aquella banca de madera, ubicada al lado de la pared oriental, al frente del patio de cemento. Mi memoria no recuerda bien de qué hablaban mis padres, pero sí sé que conversaban animadamente, hasta que de pronto, muy arriba de los aguacatales cercanos, por encima de la casa, escuché el chillido de un animal semejante al piar de los pollos. Pero el chillido no era seco y continuado, sino lento y ululante. Aunque parezca extraño, en ese instante, todos los otros sonidos se silenciaron: ni grillos, ni lechuzas, ni croar de ranas, ni ladrido de perros en lejanía. Nada. Sólo el sonido de esta ave nocturna que por momentos parecía el quejido de un niño o el lamento de un enfermo. El sonido se repitió tres veces y parecía que se fuera desplazando desde la empinada cuesta llamada “Zancas” hasta tomar rumbo hacia “El Desagüe”. Mis padres callaron. Pero, acto seguido, dejaron la banca y entraron a la casa, llevándome de la mano. No tuve necesidad de preguntar qué era aquel sonido, porque mi padre dijo que se trataba del Pollo de viento.

—Un espanto, mijo. Un espanto de esos que quedaron errantes por el mundo.

La luz de la linterna le ayudó a mi madre a prender una esperma. La pieza más grande que hacía las veces de sala parecía soportar las brasas de un fogón. Nos sentamos en una sillas y nos pusimos a escuchar con cuidado. Pero el piar de esa ave fugaz ave nocturna no se volvió a escuchar. Los ruidos comunes de la noche campesina retornaron a su murmullo habitual.

—Mejor recemos —dijo mi madre, poniendo sus manos en gesto de oración.

Mi padre bajó la cabeza en señal de respeto. Yo imité el gesto de mi madre. La voz de mi madre tenía una entonación entre rezo y canto:

—Salga el mal

entre el bien,

como entró Jesús

a Jerusalén…

En el nombre de Dios

y de la Santísima Virgen,

que todo espíritu malo

se ha de retirar de esta casa.

Amén.

El pequeño coro de mi padre y yo repetimos la última palabra. Los dos perros que dormían en costales en el corredor de la casa, empezaron a ladrar. Y a nuestros perros se sumaron los de los vecinos y a éstos otros más lejanos, como por el lado de El Cerro y Lomalarga. Mi madre me acompañó a mi cuarto y me ayudó a desvestirme. Apenas me tapó con una sábana, por el fuerte calor concentrado en aquella habitación, aumentado además porque a ella le pareció que lo más seguro era cerrar y asegurar con el puntillón la ventana de mi cuarto. Me dio la bendición al momento en que mi padre aparecía en la puerta para despedirse de mí.

—Duérmase rezando, mijo, que eso ayuda a conciliar el sueño.

Yo no contesté. Al comienzo les hice caso, repitiendo mentalmente las letras de una Avemaría, pero luego mi mente de niño se entretuvo imaginando cómo sería de grande el Pollo de Viento, si tendría las plumas como los pollos piropos, si poseía espuelas como el kiko blanco que se enfrentaba a otros gallos más corpulentos del gallinero y de qué se alimentaría… y mi mente le pintaba las plumas como las del gallinazo real, le ponía un pico enorme como el de las cotorras y me estremecía al pensar que de pronto ese espanto se ocultaba por el lado de la ceiba descomunal que quedaba en la horqueta de los caminos, por donde siempre yo pasaba cuando tenía que llevarle el fiambre del almuerzo a mi papá. En ese estado seguí durante largos minutos hasta que volví a escuchar el piar lastimero de esa ave por el lado de la ventana. La oscuridad del cuarto concentraba aún más aquel chillido. Quise gritar pero no me salían las palabras, intenté abrir los ojos pero tampoco me obedecían; traté de rezar mentalmente pero las frases de las oraciones salían de forma desordenada o inconexa. Me refugié debajo de la sábana, enconchándome como un gusano sobre mi vientre. El calor se hizo un bochorno y sentí correr por mi espalda gotas de sudor. Imaginé que el Pollo de viento, venía esa noche por mí, y que no lo detendría nada. La garganta estaba seca y mi lengua era tan pegajosa como la leche de los plátanos recién cortados. El silencio se prolongaba de manera amenazante. El miedo fue mayor. Lamenté no tener al lado a mis perros Talismán y Desquite o sal de cocina, porque mi madre decía que era buena para alejar los espantos, lo mismo que los dientes de ajo. En esos pensamientos andaba, cuando otra vez el sonido del ave sonó amenazante en mis oídos. Parecía como si el Pollo de viento hubiera traspasado la pared de la casa y se hubiera metido en mi cuarto; un escalofrío atravesó mi ser. Estático y tembloroso esperé a que las garras de esa ave me raptaran como los gavilanes a los pollos pequeños, o que me llevara a su nido escondido entre las tupidas bejuqueras de la Zanja del Peñón, para sacarme el alma con su pico y dejarme para siempre como un alma en pena… Así estuve no sé cuánto tiempo, hasta que el cacareo de un gallo, diáfano y potente, alejó con su canto al pollo de viento que estuvo a punto de llevarme aquella noche.

El niño artista

23 domingo Ago 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

≈ 4 comentarios

Etiquetas

Arte y niñez

Ilustración de Christian Schloe.

“Todo niño es un artista. El problema es cómo seguir
siendo artista una vez que se crece.”
Pablo Picasso

 

Uno es artista cuando niño porque nada escapa a la fuerza de la imaginación, porque todo parece vincularse sin preguntar razones o motivos, porque el juego contagia las relaciones, los descubrimientos, las horas del día o de la noche. Uno es artista cuando niño porque hay una magia que impregna nuestros dedos y todo lo que tocan se llena de un encantamiento, de un aura tan poderosa como para traspasar los límites de lo real o lo creíble. Un pedazo de madera puede ser un avión, una pistola, una lanza con poderes asombrosos, un barco venido de muy lejos; y una piedra, de esas que están abandonadas en el camino, puede recuperar la forma de una joya con poderes tan espléndidos como los que poseía la lámpara de Aladino. Uno es artista cuando niño porque las mismas palabras o los sonidos o los olores se juntan en coros inesperados: combinaciones de rimas, mezclas de sílabas, trabalenguas, retahílas, todo ello hace que cotidianamente se inventen universos o se elaboren conjuros para entrar en otros mundos. Uno es artista cuando niño porque el puente entre la vigilia y el sueño no tiene talanqueras o puertas divisorias; es fácil ser habitante de ambas realidades y, sin mayores obstáculos, se vive a plenitud en esas dos fronteras gelatinosas. Uno es artista cuando niño porque es crédulo, porque el umbral de la duda es aún muy pequeño, porque no tiene metido en el corazón la necesidad de la comprobación, de las evidencias justificadoras, porque confía en que hay bondad en los otros seres humanos y se está en un estado de gozosa inmortalidad…

Y únicamente los que no claudican a estos rasgos o a tales particularidades, son los que al pasar los años pueden seguir siendo artistas. Algo de valentía deben tener, mucho de fe en sí mismos, demasiada confianza en los dones personales y en los regalos de la vida, abundante entrega a sus ocupaciones… Tendrán que luchar para no sepultar a ese niño que se detiene en el vuelo de las aves o en los caminos que van dejando las hormigas, o en el recorrido lento de las últimas gotas de lluvia en las hojas; pelear con la sociedad en la que viven o con las demandas de su tiempo que les dirán a cada rato que no se ajustan a lo esperado, que padecen de cierta marginalidad, que eso son locuras y que ojalá pronto se pongan a hacer algo que realmente valga la pena. Y deberán, también, tener una fidelidad enorme a sus intuiciones, al mapa mudable de sus aventuras, a sus historias personalísimas, a sus devotas colecciones, a su museo infinito que cabe en una pequeña caja de bombones.  Si eso hacen tales personas, si no dejan perder la felicidad de entretenerse con las cosas más sencillas, seguramente el vigor de la niñez, los ojos admirados y la certeza íntima de crear, seguirán recorriendo y orientando todas sus acciones. Porque si dejan morir o perder al niño que hacía preguntas inauditas, que atravesaba con valentía los charcos de barro, que llenaba de voz y movimiento a los trastos desvencijados o que perseguía sin cesar el zig-zag de las mariposas, con toda seguridad ya no serán artistas, sino hombres y mujeres resignados a la seriedad de sobrevivir mientras les llega la hora de la muerte.

Carta a un futuro lector de poesía

16 domingo Ago 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cartas, LECTURA

≈ 10 comentarios

Etiquetas

Alimentar el espíritu, Antologías de poesía, Leer poesía

André Letria

Ilustración de André Letria.

Estimado amigo,

El hecho de que me hayas compartido tu inquietud de empezar a leer poesía o, como afirmaste, de “aprender a degustar los versos”, ya es un buen indicio de un espíritu sensible a este tipo de escritos. Si la inquietud y la curiosidad se suman a una porosa sensibilidad, lo que deseo comentarte a continuación ya tiene una buena tierra para tus deseos. Y, si como he comprobado, disfrutas de la música, del cine, además de preocuparte por la fragilidad de tus semejantes, te será más fácil y placentero entrar en los rítmicos y concentrados ambientes de la poesía.

Antes de cualquier cosa, déjame decirte que la poesía hay que empezar a degustarla con lentitud. No es un alimento para “atragantarse” o comer a toda prisa. Esto exige un tipo especial de disposición o, si lo prefieres, un estado del espíritu para dejarse “habitar” por un verso, unos términos precisos, una metáfora. Más que leer de afán, la poesía pide a sus lectores la rumia, la relectura, el ir encontrando la melodía oculta tras cada línea de palabras. Es posible que muchos poemas no te digan nada en un inicio o que parezcan demasiado herméticos al entendimiento, pero si vuelves una y otra vez a ellos, si afinas tu escucha interior, seguramente descubrirás el mensaje entreverado entre el bosque de imágenes.

Pero, ¿por dónde comenzar?, te estarás preguntando. Sé que hay muchas vías para llegar a la poesía. A veces es un regalo casual o el encuentro de un libro de versos en una librería que, por simple curiosidad, abriste al azar un poema y hubo como una revelación en aquella corta composición. O puede suceder que alguien habla de un poeta que le fascina, de una obra que admira, y tú, entusiasmado por esos comentarios, buscas el libro para comprobar tal exaltación, aunque al tenerlo entre tus manos descubras que no producen en ti ni las emociones ni el fervor del que hablaba tu amigo. Hasta es posible, aunque eso no es lo común, que en tu mente hayan quedado recuerdos de tus estudios escolares de literatura y quieras seguir indagando en otras obras poéticas de un autor que aprendiste de memoria… Pero, si nada de esto tienes a tu favor, yo te recomiendo adquirir o empezar a leer antologías de poesía. Estos libros recogen un buen número de poetas y una muestra representativa de sus obras. Es como tener en una sola mesa diversidad de platos de diferentes latitudes, con múltiples sazones y variados sabores. Allí podrás catar, degustar, provocarte y decidir después, si lo prefieres, alimentarte leyendo un particular libro de poemas de un poeta. Las antologías son como una galería en la que apreciamos estilos, tendencias, motivos recurrentes, formas y tonalidades reunidas en un solo lugar, y al que podemos acceder con solo abrir una de sus páginas.

Aunque hay preferencias también en esto de las antologías te voy a mencionar algunas de las que, para mi gusto, son un buen principio para adentrarse en la lectura de poesía. La primera es la Antología de la poesía moderna en lengua española, “Laurel”, de editorial Séneca, que luego en su segunda edición fue editada por Trillas, de México. El prólogo de la primera edicición lo hizo el poeta Xavier Villaurrutia y el epílogo de la segunda, Octavio Paz. De esta antología destaco el excelente ojo selectivo de los compiladores y unas notas en las que podrás hallar los títulos de obras de poesía de los autores recopilados que te permitirán profundizar en los poetas de tu mayor interés. La segunda antología, que visito con devoción, es la de José Olivio Jiménez: Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea 1914-1970. El compilador y prologuista hace un perfil de cada poeta seleccionado que resulta de gran ayuda para los neófitos en este campo de la lírica. Un tercer libro, si es que deseas enterarte y ponerte en contacto con los grandes poetas universales es la antología de Francisco Rico titulada Mil años de poesía europea de editorial Crítica. Además de presentar datos claves de cada uno de los autores, la antología abarca desde El romancero castellano, pasando por figuras como Dante, Góngora, Milton, Hölderlin, Byron, Keats, Baudelaire, Cavafis, Rilke, Pessoa,  hasta poetisas contemporáneas como Wyslawa Zymborska; contiene variedad de nacioanalidades y, hacia el final, incluye un índice de procedencias de los textos que te será de gran ayuda por si quieres adentrarte en alguno de esos maestros del verso. Me gustaría recomendarte, de igual modo, la Antología de poesía en lengua española (1950-2000), titulada Las ínsulas extrañas, cuyos compiladores son cuatro grandes poetas: Eduardo Milán, Andrés Sánchez Robayna, José Ángel Valente y Blanca Varela. La obra muestra un rigor y mantiene un criterio que avalo y me parece fundamental en obras de este tipo; es decir, en “escoger siempre poemas unitarios” y no fragmentos. Finalmente, y para no hacer demasiado extensa esta misiva, me gustaría sugerirte un libro más. Se trata de la Antología de la poesía colombiana, seleccionada por Rogelio Echavarría y publicada por el Ministerio de Cultura y el Áncora editores. El viaje que propone este volumen te llevará desde los poetas y poemas más conocidos en la lírica colombiana hasta otros autores nacionales del siglo XX.

Lo indicado, entonces, es elegir una de esas antologías, tenerla a la mano y comenzar el ritual que llamo “alimentar el espíritu”. Se trata de sacar un tiempo en tu jornada cotidiana para leer uno de esos poemas, saborearlo con atención y, en lo posible, guardar en la memoria uno o dos versos. Te confieso que llevo muchos años con esta dieta nocturna de poesía y he descubierto que no sólo he nutrido mi alma con exquisitos manjares de cincelada poesía, sino que he notado cómo ese pan de palabras me ha posibilitado educar mi sensibilidad, aguzar mi mirada sobre mi mismo y los demás, volver más dúctil mi mente para establecer relaciones y flexibilizar las aristas de mi temperamento. Desde luego, no es que ese ritual muestre en pocas noches tales beneficios; más bien se trata de ir creando un espacio en tu interioridad para dejar que la poesía repose su vuelo de ave sutil; de que dispongas el corazón –si te resulta más cercana la expresión– para comprender los mensajes de este modo de conocimiento que no prefiere los largos tratados o las argumentaciones interminables, sino más bien la síntesis expresiva, lo alusivo, el reverberar de la connotación y una complicidad hecha de confesiones y testimonios a sotto voce. Todo ello te irá acostumbrando a un modo de comunicación en el que cuenta la música de las palabras, el ritmo entre ellas, a la par que una cuidadosa y tallada organización de las palabras. Si esto haces, te aseguro que con el tiempo irás encontrando un sentido a los poemas que antes te parecía extraño o inasible. De alguna manera, acercarse a la poesía se parece mucho a los escarceos y adivinaciones, a las preguntas ansiosas y los misteriosos silencios que padecemos cuando estamos comenzando una atracción amorosa.

Seguramente,  el ritual de “alimentar el espíritu” con poesía te irá llevando a conocer un poeta que te guste, que haga sintonía con tu espíritu. Cuando ya tengas identificado tal autor, lo que sigue es buscar uno de sus libros y, como supones, mirarlo, releerlo, apreciar sus recurrencias, su modo de concebir un mundo o sus aproximaciones a las múltiples manifestaciones de la condición humana. Y si las antologías te dieron la posibilidad de tener una mirada en extenso de la poesía, ahora, al entrar de lleno en un libro de un poeta específico, lo que obtendrás será profundidad. Podrás, por decirlo así, convivir con ese autor, conocer a fondo las coordenadas de su visión de las personas, la sociedad o el universo. Hasta llegarás a descifrar su tono de enunciación lírica y las marcas que lo diferencian de sus colegas de oficio; tendrás las claves de sus obsesiones, sus búsquedas, sus cuestionamientos o sus propuestas. Es posible que terminado uno de los libros de ese poeta, te resulte tan fascinante que desees adquirir otra de sus obras y proseguir en esa aventura de desciframiento y hondura en sus textos. De igual modo es posible que al comenzar esta pesquisa, leído el libro seleccionado, concluyas que no te produce el mismo efecto o que sientas que no hay unos lazos de filiación con el poemario elegido. No tienes que preocuparte por eso. Lo aconsejable es quedarte con los poemas que más te “llegaron al alma” o esos otros que “conmovieron tu inteligencia”. Los libros de poesía no son un recetario infalible o un menú en el que deben gustarnos todos los platos. Es más: a veces cuando después de un tiempo vuelvas a leerlos, descubrirás poemas que antes te parecían insustanciales y ahora, cobran un interés inusitado. Esto sucede porque la materia prima de la poesía es el hombre mismo, sus angustias, sus esperanzas, sus lamentos y sus júbilos; y por estar hecha de esa sustancia, por tener esa pátina de historia humana, cuando leemos esos poemarios, vamos subrayando los versos que, según nuestra edad, de acuerdo a las experiencias acumuladas, nos parecen tan cerca como para conmovernos hasta la exaltación o nos resultan tan lejanos que ni siquiera nuestros ojos llegan hasta el final de esos textos.

No sobra decirte que cada poema te planteará una estrategia de lectura diferente. Hay poetas que preferirán los versos rimados y otros que manteniendo una música interna usarán el verso libre. Algunos autores acudirán a las formas clásicas, como el soneto, y otros más, crearán su propia manera de decirse o experimentarán en el espacio mismo de la página. Varios de ellos pedirán de ti una inspiración larga y continua para entonar sus versos y, otros, serán tan breves que exigirán de ti una respiración rápida y ligera. Encontrarás poetas cuyos versos se ofrecerán tan claros que te asombrarás de su limpidez o su resplandor, pero de igual modo te hallarás con poemas herméticos, con un simbolismo que pedirá mucho a tu imaginación y te invitarán a husmear en las correspondencias de ese extenso tapiz de la cultura. Habrá poetas que llevarán hasta la cima más gloriosa un tema, una situación, un sentimiento, como también te encontrarás a otros rapsodas que explorarán en distintos tópicos o irán circundando territorios disímiles de la existencia. Es probable que te encuentres con hacedores de versos en los que el humor o la ironía sean su medio de interpelarte como lector, y otros que utilizando un tono profético en sus versos te desacomodarán de tus creencias más aferradas. Tal es la variedad y tal la riqueza de la poesía, como múltiples y plurales son los senderos del arte y, en particular, de la literatura. 

Ahora bien, cuando empieces a leer un poema en concreto te recomiendo seguir esta vía: lees un verso, lo relees, sigues con el siguiente, lo vuelves a leer, sumas el primero y el segundo, y luego continúas con el tercero, repitiendo este avanzar y retroceder por los diferentes apartados del poema. Terminada la última línea, llevas tu mirada hasta la primera y repasas con tus ojos todo el texto. Te preguntarás por qué recomiendo esta manera de lectura; la razón es sencilla: el poema exige de nosotros la conciencia de su estructura, su ritmo y la concatenación entre sus versos. Si no logramos establecer su continuidad nos quedaremos con muñones de palabras o con ciertas imágenes desagregadas del conjunto. O lo que resulta más grave, podemos tergiversar lo que en su esencia es el eje comunicativo del poema. Si no estamos atentos, y más tratándose de la poesía, perderemos la esencia de su concentrado perfume, la contundencia de su cauce expresivo. La reiteración de sus partes, la lectura en voz alta, la búsqueda del tono adecuado para hacerlo resonar en nuestros entendimiento, son los mejores medios para disfrutarla cabalmente. No sobra repetírtelo: la lectura de poesía es una práctica de la lentitud, del disfrute sosegado, de la dilación que permite aflorar la contemplación y el ensimismamiento, del goce que no espera concluir cuanto antes el poema, sino regodearse con la formas sintéticas de las ideas y el encuentro inesparado de las palabras.

Unas reflexiones finales, querido amigo. La lectura de poesía es un modo de cuidarnos, de cultivar el espíritu o de establecer momentos para el diálogo personal. Es una especie de oración laical, de meditación sobre nuestra condición humana, que fue durante siglos un arte valioso y profusamente encendido en las nuevas generaciones por la escuela. En nuestros tiempos, en los que la lógica de la prisa y el afán desmedido por la posesión de cosas nos han ido alejando de la conversación con nosotros mismos, en la que parece banal el cultivo de nuestra interioridad, se ha ido perdiendo o refundiendo este contacto con la poesía. Tú me has escuchado confesarte que hasta la misma escuela ha claudicado en este empeño de convertir a la poesía en una aliada para la formación de las nuevas generaciones en la sensibilidad y el conocimiento de las emociones. Por eso mismo, al escuchar tu interés por adentrarte en la poesía, me he llenado de alegría. Tal vez ese júbilo haya sido el detonante de esta carta, porque sé que al ponerte en contacto con la poesía,  entrarás a una hermandad que aboga por conservar intacto el asombro de los niños, por mantener en alto la magia de las palabras y por enaltecer las secretas relaciones entre la música y el silencio.

Así que, mientras sirvo una copa de vino –porque este licor vino tinto y el canto de la poesía hacen un maridaje perfecto– para celebrar tu ingreso a la fraternidad de amantes de la poesía, te auguro el mejor de los viajes por esta forma literaria en la que se conjugan en contados versos las palabras pulidas, la emoción recordada  y la levedad del pensamiento. ¡Salud!

← Entradas anteriores
Entradas recientes →

Entradas recientes

  • Despedida
  • Legado
  • Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro
  • Simplismo de lo político en las campañas presidenciales
  • Los poetas premios Nobel hablan de su oficio

Categorías

  • Aforismos
  • Alegorías
  • Apólogos
  • APRENDER A ESCRIBIR
  • Cartas
  • Comentarios
  • Conferencias
  • Crónicas
  • Cuentos
  • Del diario
  • Diálogos
  • Ensayos
  • Entrevistas
  • Fábulas
  • Homenajes
  • INVESTIGACIÓN
  • LECTURA
  • Legado
  • Libretos
  • Libros
  • Novelas
  • OFICIO DOCENTE
  • Pasatiempos
  • Poemas
  • Reseñas
  • Semiótica
  • Soliloquios

Archivos

  • 2026
  • 2025
  • 2024
  • 2023
  • 2022
  • 2021
  • 2020
  • 2019
  • 2018
  • 2017
  • 2016
  • 2015
  • 2014
  • 2013
  • 2012

Enlaces

  • "Citizen semiotic: aproximaciones a una poética del espacio"
  • "Navegar en el río con saber de marinero"
  • "El significado preciso"
  • "Didáctica del ensayo"
  • "Tensiones en el cuidado de la palabra"
  • "La escritura y su utilidad en la docencia"
  • "Avatares. Analogías en búsqueda de la comprensión del ser maestro"
  • ADQUIRIR MIS LIBROS
  • "!El lobo!, !viene el lobo!: alcances de la narrativa en la educación"
  • "Elementos para una lectura del libro álbum"
  • "La didáctica de la oralidad"
  • "El oficio de escribir visto desde adentro"
  • “De lectores, leedores y otras consideraciones sobre las prácticas de lectura en la educación superior”
  • "El libreto de radio: una artesanía recuperable"
  • "Las premisas de Frankenstein: 30 fragmentos para entender la posmodernidad"
  • "La semiótica: una ciencia explicativa para comprender los signos de la cultura"
  • "La semiosis-hermenéutica una propuesta de crítica literaria".
  • "Entre líneas: la mirada del escritor"

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Únete a otros 998 suscriptores

Mensaje Importante

«El hombre se vierte en el ritmo, cifra de su temporalidad; el ritmo a su vez, se declara en la imagen; y la imagen vuelve al hombre apenas unos labios repiten el poema…»

 

Celebrando la Vida

 

Su Señora Madre Maria Catalina Rodríguez de Vásquez, su esposa Margarita María Ríos González y demás familiares agradecen a sus amigos y allegados la asistencia a la misa de exequias realizada en la Parroquia Cristo Rey (Calle 98 # 18a-23) el día sábado 4 de julio de 2026.

 

 

Le invitamos a dejar su mensaje en la publicación «Legado», con el que haremos un homenaje a nuestro Maestros de maestros.

×
Cargando comentarios...