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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2022

Escolios a la Odisea de Homero (cantos V al X)

15 lunes Ago 2022

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de obras literarias, Homero, Odisea

«Homero» de Jean- Baptiste Auguste Leloir.

Los dioses, los inmortales, sufren y padecen las mismas pasiones de los hombres condenados a la muerte. Ese parece ser uno de los rasgos más interesantes de las divinidades de los griegos. Tal particularidad se evidencia a lo largo de la Odisea: Poseidón está ofendido por lo que Ulises le hizo a su hijo; padece una venganza que se hace más honda porque nunca se sacia a pesar de los sufrimientos del héroe. Atenea favorece a unos más que a otros, puede aliviar las penas, pero también provocar sufrimientos indescriptibles. Calipso es consciente de tal condición de los habitantes del Olimpo: “Sois, oh dioses, malignos y celosos como nadie, pues sentís envidia de las diosas que no se recatan de dormir con el hombre a quien han tomado por esposo”. Al sufrir las mismas pasiones de los hombres, las divinidades se vuelven variables, temperamentales, afectables por el cariño o el desprecio de los mortales. Y si bien este atributo es propio de la religión griega de aquel entonces, aporta un valor adicional a la trama de la Odisea, porque no solo están en juego los conflictos entre reyes y héroes, entre mujeres y hombres habitantes de la tierra, sino entre dioses y deidades que los vigilan desde el Olimpo. 

*

Parte de la plasticidad del lenguaje en la Odisea se debe a los símiles de que se vale Homero para hacer más vívida una situación o un hecho. Cuando Ulises, después de su largo viaje en balsa por el mar, naufraga como consecuencia de la furia de Poseidón, y se ve de pronto arrastrando su humanidad hasta las playas de los feacios, la comparación de que se vale el aedo contribuye a dar colorido e intensidad al relato: “así como el pulpo cuando lo sacan de su escondrijo, lleva pegadas a los tentáculos muchas pedrezuelas; así, la piel de las fornidas manos de Odiseo se desgarró y quedó en las rocas, mientras le cubría inmensa ola”. Los recursos casi siempre provienen de la naturaleza o de la vida cotidiana, de alguna realidad cercana al mundo que habitan o viven los personajes. Recordemos uno de los parlamentos del rubio Menelao en el canto IV, al hablar indignado de los cobardes pretendientes: “así como una cierva puso sus hijuelos recién nacidos en la guarida de un bravo león y fuese a pacer por los bosques y los herbosos valles, y el león volvió a la madriguera y dio a entrambos cervatillos indigna muerte; de semejante modo también Odiseo les ha de dar a aquéllos vergonzosa muerte”. Usando el mismo recurso Homero cierra el canto V: “así como el que vive en remoto campo y no tiene vecinos, esconde un tizón en la negra ceniza para conservar el fuego y no tener que ir a encenderlo a otra parte; de esta suerte se cubrió Odiseo con la hojarasca”.

«Odiseo se despide de Calipso» de William Russell Flint.

Al ver la descripción de la isla de Calipso, con esos jardines idílicos de “amenos prados”, donde “anidaban aves de luengas alas”, en la que había una “viña floreciente” con cuatro fuentes que manaban muy cerca una de la otra, lo menos que podría sentirse, como fue el impacto de Hermes, es admiración; un asombro que “alegraba el corazón”. La cueva de Calipso descrita por Homero es un símbolo de acogida, de resguardo seguro que invita a permanecer allí. Un sitio para descansar eternamente. Sin embargo, después de pasados siete años, Ulises se siente acongojado e infeliz. Su mirada no está absorta en ese paisaje paradisíaco, sino “clavada en el ponto estéril”. Su horizonte es Penélope y todo lo que ella representa. La diosa, que le había ofrecido la inmortalidad, sabe que aquella mujer es el anhelo de quien tuvo cautivo por siete años. Su último recurso es plantearle a Ulises una comparación (ella también es tejedora, ella de igual modo conoce los secretos del placer amoroso), a ver si en ese contraste, logra cambiar su propósito: “comparada con ella, de cierto, inferior no me hallo ni en presencia ni en cuerpo, que nunca mujeres mortales en belleza ni en talla igualarse han podido a las diosas”. Sin embargo, Ulises es consciente de tal diferencia: “mi esposa es mujer y mortal, mientras tú ni envejeces ni mueres”. Entonces, ¿cuál es la ventaja de Penélope sobre Calipso? La respuesta parece ir más allá de la belleza o la eternidad del goce íntimo, se trata de algo más: Penélope es la casa, el hogar, Ítaca. En definitiva, hay un momento en que el sumo aventurero, el errabundo curioso de tierras y gentes desconocidas, se cansa de navegar, y lo que desea es la tranquilidad de lo conocido, “el gozo de la luz del regreso”.

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Cubierto apenas con una rama, Odiseo se encuentra sorpresivamente con la doncella Nausicaa. Para evitar la vergüenza, opta por cubrirse con palabras elogiosas para la hija de Alcínoo: “que nunca se ofreció a mis ojos un mortal semejante, ni hombre ni mujer, y me he quedado atónito al contemplarte”. A la desnudez propia contrapone Odiseo la seducción. La manera como evita o desvía la mirada del vergonzoso sarro del mar, de la desnudez salvaje del extranjero, es con “dulces palabras”: “te contemplo, con admiración, oh mujer, y me tienes absorto y me infunde miedo abrazar tus rodillas”. El rico en recursos, el de multiforme ingenio sabe que, a falta de una espada, igual de contundente es el dominio de la palabra.

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Con la descripción y las actuaciones del divino Demódoco, podemos hacernos una mejor idea de la importancia y respeto que tenían los aedos en aquellos tiempos. Odiseo dice “que a los aedos por doquier les tributan honor y reverencia los hombres terrestres, porque la Musa les ha enseñado el canto y los ama a todos”. Y Alcínoo subraya que son los númenes “quienes les otorgan gran maestría en el canto para deleitar a los hombres, siempre que a cantar les incite el ánimo”. Homero al describir al aedo parece hacer un autorretrato: la Musa “le había dado un bien y un mal; prívole de la vista y concediole un dulce canto”. Demódoco, al igual que otros aedos, se acompañaba de la cítara y “celebraba la gloria de guerreros”, como fue la disputa de Odiseo y del Pelida Aquiles, dos de los mejores aqueos; o relataba aventuras de los dioses, al estilo “de los amores de Ares y Afrodita, la de bella corona: “cómo se unieron en secreto y por vez primera en casa de Hefesto, el herrero cojo de ambos pies”. Su canto era una excelente compañía después de cenar o podía alegrar los juegos y otras celebraciones. A Demódoco, o a otros aedos, se le podía también pedir que entonara algo en especial, un acontecimiento memorable que mostrara en él la bendición de la Musa o del mismo Apolo; tal es la solicitud de Odiseo cuando lo invita a que cante cómo estaba dispuesta “la máquina engañosa”, el famoso caballo de madera “lleno con los guerreros que arruinaron a Troya”.

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Entre los variados recursos narrativos usados por Homero está el de apelar a los mismos personajes de la Odisea para, por su solicitud o su curiosidad, contar algo del pasado y hacer avanzar la historia. Tal es el caso de Alcínoo cuando, después de invitarlo a su mesa, de llenarlo de regalos, de mandar a equipar una nave con la tripulación de 52 marineros, y sobre todo intrigado por el llanto que le producían al huésped los cantos del aedo Demódoco, lo invita a explicar el motivo de sus penas: “habla y cuéntame sinceramente por dónde anduviste perdido y a qué regiones llegaste, especificando qué gentes y qué ciudades bien pobladas había en ellas; así como también cuáles hombres eran crueles, salvajes e injustos y cuáles hospitalarios y temerosos de los dioses. Dime por qué lloras y te lamentas en tu ánimo cuando oyes referir el azar de los argivos, de los dánaos y de Ilión”. Gracias a este medio de invitación a contar el pasado, las peripecias que se avecinan en los siguientes cantos, brotan de manera natural en el desarrollo del relato. Es un recurso fluido, un engarce ingenioso del rapsoda para suturar lo que podrían ser episodios con saltos poco verosímiles. La demanda de Alcínoo por saber cosas de Odiseo, su filiación, su lugar de origen, es decir, las preguntas normales que se le hacen a un extranjero, constituyen el detonante para que Ulises despliegue sus recuerdos, sus aventuras, y lance su voz cual veloz nave feacia en las páginas siguientes.

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El episodio de los lotófagos es digno de análisis. Odiseo relata que esas gentes se nutren de un “manjar floral”: el loto. Y si a ellos les gusta, no les sucede lo mismo a los compañeros que envió Ulises a indagar sobre sus costumbres. Porque, una vez consumido tal alimento, ellos “anhelaban sólo permanecer allí”, dejaban de pensar en el regreso, “no se acordaban de tornar a la patria”. El loto es un fármaco dulce de la desmemoria; un alucinógeno que afecta la facultad de recordar; que lleva a los compañeros de Odiseo a dejar de lado el pasado y vivir en un permanente presente. El hijo de Laertes, el hábil en tretas, comprende que permanecer allí o dejar que otros miembros de la tripulación coman de ese loto es el fin de su vuelta a Ítaca. Y a los que ya habían probado el “manjar floral”, en contra de sus lloros y negativas, los hace amarrar debajo de los bancos de la embarcación. Como puede verse, el olvido de la patria es, en realidad, el absoluto naufragio. Así las cosas, los lotófagos tienen una secreta relación con el canto de las Sirenas: comer loto o escuchar las voces de esas mujeres pájaro es quedarse fijo en un punto; es sacrificar el pasado y, de alguna manera, imposibilitarse el porvenir.

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Divinidades y reyes le brindan a Odiseo muchas cosas: Calipso, la “divina entre las diosas”, le ofrece la inmortalidad; Alcínoo, rey de los feacios, le promete “casa y riquezas” si se casa con Nausicaa y se “queda para siempre” en la tierra de los expertos navegantes; Circe, la maga, “lo quiere como marido” y, si no hubiera sido por los consejos de Hermes, la hechicera con  sus filtros habría logrado que él “olvidara por completo su tierra patria”. Las tentaciones de Ulises, con ligeras variaciones, se cifran en no retornar a su patria, en permanecer en los sitios por donde pasa, en renunciar a su añoranza por Ítaca. Sin embargo, ninguno de esos ofrecimientos de eternidad u “hogares opulentos” lograron, dice Odiseo, “convencer su pecho”.

“Ulises escapando de Polifemo, el cíclope”, Pintura de Henry Fuseli.

La monstruosidad de Polifemo consiste en su negativa o desgano para ofrecer los dones de la hospitalidad. Es un gigante prepotente y “salvaje”, que ni planta ni labra la tierra, vive apartado de otros cíclopes, no posee navíos, desconoce el ágora y menciona abiertamente que no tiene temor de los dioses por sus impíos comportamientos. Además, carece de elocuencia, prolifera en gritos y confía esencialmente en su descomunal fuerza. El hecho de que devore a los compañeros de Odiseo y los secuestre en su cueva, es un dato más de su primitivo modo de relacionarse con los demás. Su único ojo es un símbolo del poder violento sin responsabilidades; es el instinto salvaje que desconoce los compromisos de vivir en sociedad.

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No es que Ítaca sea muy bella; por el contrario, es áspera, escabrosa y “no se eleva mucho sobre el mar”. Es alargada y llana y con un único monte “de sombrías arboledas”; es la “más alejada hacia el punto en el que el sol oscurece”. Sin embargo, Odiseo afirma al referirse a ella que es la tierra en donde nació y, según confiesa, “no hay cosa más dulce que la patria y los padres”. Su belleza no es física, sino espiritual y pegada a los afectos y los sentimientos. Tal vez Ítaca sea un estado del alma; un nombre para llamar a la familia, para evocar y revivir los lazos de la sangre. Ítaca es lo propio, lo contrario a ser extranjero; Ítaca es el antónimo de errar, de vagabundear, del peregrinaje… Ítaca es el inicio y el final del viaje; un símbolo del ciclo de la vida.

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Apenas Odiseo y sus compañeros ven en la distancia a su Ítaca querida, algo les impide o los aleja de nuevo de su añorado destino. La curiosidad excesiva, la ambición o la falta de prudencia de la tripulación es la que, precisamente, los hace distanciarse de su patria de la que veían “encender fuego cerca del mar”. El regalo de Eolo se convierte en maldición. Y si bien esto acaece porque los designios de Poseidón deben cumplirse, al interior de la Odisea desempeñan otra función: la de mantener en vilo la historia, la de fabricar con maestría el suspenso, la de crear una tensión entre la esperanza y la desesperación. La fuerza espiritual de Ulises, lo que lo hace un héroe memorable, es que a pesar de todos esos cambios de fortuna “sufre todo en silencio y permanece inquebrantable entre los vivos”. Odiseo representa esto, esencialmente: “el que sufre y resiste”.

«Circe» de Newell Convers Wyeth.

Circe tiene el don de transformar a sus visitantes en sirvientes. Con sus filtros vuelve a fieras y guerreros en cerdos sumisos y obedientes. Sus encantamientos, “sus drogas perniciosas”, hacen que los aventureros estén “siempre acostados”, satisfechos de su encierro y contentos con las hayas, las bellotas y las drupas del cornejo que a bien tenga tirarles la maga de lindas trenzas. Odiseo, por haber comido la raíz de moly, es inmune a sus encantamientos; en él no opera el mandado supremo de Circe: “Ve ahora a la pocilga y échate con tus compañeros”. El gran poder de esta deidad estriba en amansar, en privar del valor y la fuerza, en convertir “lobos montaraces y leones” en tranquilos animales domésticos de su regio palacio. Pero Odiseo, según afirma la diosa de voz encantadora, “tiene en su pecho un ánimo indomable”.

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“Circe, cúmpleme la promesa de mandarme a casa”, le suplica arrodillado Odiseo a la “conocedora de muchas drogas”. Pero la respuesta a tal ruego está en emprender otro viaje, el viaje al Hades. Es Tiresias el que sabe cómo volver a la tierra patria. Bien parece que para llegar a Ítaca hay que pasar primero por el reconocimiento de su pérdida. No se puede alcanzar el ideal, sino se enfrenta previamente el miedo a no alcanzarlo.

Escolios a la Odisea de Homero (Cantos I al IV)

11 jueves Ago 2022

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Comentario de obras literarias, Homero, Odisea

«Homero y su guía» de William Adolphe Bouguereau.

Escolio: “nota crítica, explicativa, o aclaración, interpretación, observación ilustrativa, o comentario de un texto”. (Helena Beristáin)

Con un grupo de colegas docentes de la Universidad de La Salle de Bogotá (pertenecientes al Centro de lectura, escritura y oralidad, CLEO) hemos venido realizando semanalmente una tertulia. El tema que nos ha convocado este semestre ha sido el de la oralidad. Precisamente ahora, uno de los textos que tenemos como motivo para el diálogo, entre otras cosas por ser el culmen de la narración oral, es la Odisea de Homero. Por tal motivo, durante algunas semanas usaremos la estrategia del escolio, para ir poniendo en común (con ellos y con otros lectores de este blog que tengan interés en acompañarnos en tal conversación) las resonancias del texto, los comentarios al margen, las observaciones u opiniones derivadas de uno de los referentes más importantes de la épica en el mundo Occidental. Para darle algún orden a dicho ejercicio gozoso de lectura iremos avanzando en la lectura de la obra según un grupo de cantos, que enunciaré en el título de cada entrada.

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Invocar a la Musa es, por supuesto, un llamado para obtener el favor de esta divinidad protectora de las artes (Musa o Musas), pero al mismo tiempo, es una reiteración a despertar las potencias de la memoria (la madre de las Musas fue Nemosine). El llamado a la Musa advierte, además que, si bien el aedo quisiera contarnos todos los pormenores de la vida del astuto Ulises, se conforma al menos con que la Musa lo inspire para contar “un pasaje” de tales aventuras, una parte de sus andanzas. También es una licencia celestial para empezar por donde quiera o mejor afloren sus recuerdos. En todo caso, al usar los giros verbales de “háblame” o cuéntame” el aedo se asume como un intermediario de la Musa; él presta su voz y su canto, pero la que en verdad conoce la historia del errante guerrero es esta hija de Zeus.

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Si bien Ulises está preso por las artimañas seductoras de Calipso; de igual manera, Penélope está asediada por los arrogantes pretendientes. Cada uno, en un diferente espacio (cueva y palacio), no puede cumplir su mayor deseo. Ulises añora regresar a su Ítaca (al menos ver el humo de su tierra patria), estar de nuevo con su esposa; Penélope, entre sollozos, añora el rostro de él, hallar descanso para su honda pena. Lo que mantiene unidos a estos dos “cautivos” es el recuerdo; en medio de esta larga separación, el recuerdo es el vínculo. La etimología de “recordar” cobra más sentido en este contexto: la memoria tiene su asiento en el corazón.

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Homero, el gran rapsoda, ya presenta en el primer canto de la Odisea a un colega de oficio: Femio. Y leyendo la obra, sabemos que los aedos “cantaban cosas gratas al hombre, gestas de héroes y dioses”, o “bellos cantos” para entretener a su audiencia de turno (en este caso, “los pretendientes”), como también entonaban “cánticos tristes” capaces de provocar “angustia en el pecho” de Penélope. Sabemos por Telémaco que era grato escuchar a estos cantores porque su voz era semejante a las mismas deidades.

«Penélope y los pretendientes» de John William Waterhouse.

No es solo Ulises el astuto, también Penélope urde tretas para postergar elegir a uno de los “pretendientes”. La argucia de pasar el día tejiendo la gran tela, para luego, en la noche, deshacerla, es un ejemplo de esta mujer “sin igual en astucias”. Y pareciera también que los ardides de Penélope, sin tener un halo mágico, se asemejan mucho a las estratagemas de Poseidón: postergar el cumplimiento del objetivo final; alejar, distanciar la realización del mayor deseo.

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Los presagios son un modo de crear la expectativa, un adelanto de lo que va a pasar después. Los presagios crean suspenso. Tal es el caso del augur Haliterses Mastórica, conocedor de la ornitología, que interpreta el vuelo del par de águilas que se arremolinan sobre la asamblea del pueblo de Ítaca, para luego lanzarse en picada atacándose entre sí, como una forma de la suerte aciaga de los futuros “pretendientes”.

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Puede percibirse en la Odisea una voluntad de nombrar las cosas con precisión y gran detalle. La mirada aguda del “ciego” Homero es contundente. Baste, como ejemplo, el vocabulario empleado en la escena cuando Telémaco se embarca, junto a Atenea, hacia la arenosa Pilos: “alzaron el mástil de abeto y lo fijaron erguido en el agujero del centro de cubierta, lo sujetaron con las drizas, y tensaron la blanca vela con correas bovinas bien retorcidas”, en la versión de García Gual o, siguiendo la traducción rítmica de José Manuel Pabón: “Telémaco diole a su gente la orden de echar mano a las jarcias, pusiéronse todos a ello, en la hueca carlinga encajaron el mástil de abeto, que afirmado quedó al anudar los estayes, e izaron con la drizas de cuero trenzado la cándida vela”. Por supuesto, esta manera de describir afianza el realismo y aumenta el grado de verosimilitud de la historia.

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Sea en la traducción de Segalá y Estalella: “como que todos los hombres están necesitados de las deidades” o en la de García Gual: “porque todos los hombres se sienten dependientes de los dioses”, lo cierto es que en la Odisea hay un trasfondo religioso que permea y regula las prácticas cotidianas. En ese ambiente sagrado abundan las libaciones y las invocaciones, el sacrificio, la quema de muslos de toros, la sangre derramada que busca protección para un viaje, una persona, una familia o una comunidad. Cuántas suplicas encontramos a lo largo de la Odisea. Por supuesto, todos esos gestos y discursos se dan dentro de un ritual que necesita de alguien especial que lo dirija y de unos determinados objetos (la copa de oro) que lo doten de trascendencia. Lo esencial del sacrifico comporta una especie de trueque: cuanto mayor sea el número de toros o bueyes (la hecatombe era de 100) en esa misma proporción se espera mayor recompensa por parte del dios invocado. Los sacrificios se hacen para “otorgar gloria a un guerrero”, para que se realicen los empeños”, “para conjurar la cólera de un dios o diosa”, “por haber recorrido la vasta superficie marina”. En todo caso, son manifestaciones sagradas que pretenden, esencialmente, “elevar una súplica a los inmortales”.

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Los dioses o divinidades son otros protagonistas de la Odisea. No solo por ser aliados o figuras protectoras de los diversos personajes (se los invoca, se solicita su ayuda, a ellos se les ofrecen sacrificios), sino porque entran a formar parte de las diversas peripecias de los actores principales de la obra. Y el recurso que emplean es el de las transformaciones; asumen otra voz, otro cuerpo, para intervenir en el curso de los hechos. Atenea, por ejemplo, puede asumir la “figura y el timbre de voz” de Méntor o del mismo Telémaco; o convertirse en un “fantasma” (Iftima) que le habla en sueños a Penélope. Los dioses se disfrazan al igual que el astuto Ulises. Y Homero juega a que los personajes no sepan del todo, sin están al frente de un héroe o una persona de verdad, o si su diálogo es o ha sido con una divinidad. La misma Atenea puede convertirse en águila, así como Odiseo “cubriendo su ser, se transfiguró en otro hombre que parecía un mendigo”, y gracias a ese disfraz penetró en la ciudad de Troya. Asocio este recurso de dioses y hombres con la metis, ese tipo de inteligencia sagaz, en la que además de la astucia, intervienen el artificio, el truco, el engaño (Atenea, no hay que olvidarlo, era hija precisamente de Metis quien tenía como rasgo notorio su insigne capacidad de transformación).

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Las palabras y los gestos de hospitalidad aparecen en varios momentos de la Odisea. Está presente en la manera cuidadosa como se acoge al extranjero, como se le da la bienvenida, como se le ofrece o se lo hace partícipe de la una comida abundante, y también en la preparación del lecho para recuperar las fuerzas y disfrutar de un buen sueño. Nunca se agobia al recién llegado con preguntas sobre su identidad o procedencia, sobre sus fines o propósitos, sin antes haberle garantizado un alimento y una cama para su descanso. Al otro día se podrá indagar por su identidad, su filiación y su propósito. Esta práctica de la hospitalidad genera compromisos: a Telémaco le dolía en las entrañas que algún huésped quedase a la puerta, en el umbral de su palacio; y Menelao se indigna con el sirviente Eteoneo, cuando le pregunta si debe acoger a Telémaco y el hijo de Néstor: “también nosotros, hasta que logramos volver acá, comimos frecuentemente en la hospitalaria mesa de otros varones… Desunce los caballos de los forasteros y hazles centrar a fin de que participen del banquete”. Atender al huésped es una obligación y un riesgo de que, si no se hace de manera adecuada, se pueda tener la enemistad del visitante y su familia, al igual que de sus dioses protectores. Esta costumbre de la hospitalidad se cierra con la entrega de un regalo valioso o altamente significativo: “te despediré regalándote como espléndidos presentes tres caballos y un carro hermosamente labrado; y también he de darte una magnífica copa para que hagas libaciones a los inmortales dioses y te acuerdes de mí todos los días”, le anuncia con orgullo Menelao a Telémaco, próximo a la partida del hijo de Ulises. Los regalos buscan enaltecer o dignificar al huésped; hacen las veces de rúbricas de fraternidad, de vínculos para el futuro y, lo más importante, se convierten en objetos mnemónicos; es decir, en cosas parlantes sobre la persona que los regaló. Es un recurso para no olvidar y mantener vivo el agradecimiento. En este ambiente de navegantes a la suerte del destino y de forasteros errabundos la hospitalidad es una práctica sagrada.

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Cuando Penélope sabe que su hijo está en peligro por la futura emboscada que traman los “pretendientes”, se deshace en llanto, pero luego de “lavarse la cara y vestirse otra ropa”, se fue a sus aposentos y entonó una oración a Atenea: “¡Óyeme, hija de Zeus que lleva la égida; indómita deidad! Si alguna vez el ingenioso Odiseo quemó en tu honor, dentro del palacio, pingües muslos de buey o de oveja; acuérdate de los mismos, sálvame al hijo amado y aparta a los perversos y ensoberbecidos pretendientes”. Homero dice que la “divinidad escuchó su plegaria” y que, para aliviar su llanto y su “flébil lamento”, entró en su sueño en la forma fantasmal de su hermana y le habló con unas palabras esperanzadoras y tan hermosas como la misma plegaria: “¿Te has dormido, Penélope, y tienes tal pena en el ánimo? Sabe, pues, que los dioses que viven dichosos no quieren que solloces ni penes, que al hijo has de ver de regreso, porque a ojos de todos los dioses jamás ha pecado”. Un corto diálogo prosigue entre las dos hermanas hasta que Penélope despierta con alegría en su corazón “porque había tenido tan claro ensueño en la oscuridad de la noche”.  

El suicidio de las Sirenas

30 sábado Jul 2022

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

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«Ulises y las Sirenas» (detalle) del pintor Herbert James Draper.

La nave de Ulises con su reducida tripulación se acerca a la isla de las Sirenas. En la mente del héroe se reavivan las advertencias de Circe. Los otros marineros que lo acompañan no dejan de sentir temor, pero conocedores de la astucia de aquel líder, esperan sus indicaciones.

 —Aquí está la cera. Ponedla bien adentro de vuestras orejas.

Los hombres sueltan los remos y empiezan en distintos tiempos a cumplir la orden. El mar parece tranquilo y el cielo apenas muestra unas pocas nubes.

—Ahora, preparad la soga, una de las fuertes.

Mientras dice esas palabras, Ulises va situándose de pie, justo de espaldas al grueso mástil de la embarcación. Su corazón palpita ansioso. Algo semejante había sentido cuando escapó de la cueva de Polifemo, amarrado al vientre de esos enormes carneros.

—Haced varios mudos, con fuerza; que mi cuerpo parezca uno con la madera —les advierte a dos de sus más cercanos remeros.

Los marineros envuelven a Ulises con la soga, apretando el cuerpo del héroe en más de una ocasión. Después retornan a sus sitios y comienzan a tapar sus orejas con la blanda cera.

Aunque la tripulación sigue remando y el viento mueve tenuemente la vela, la cercanía a la isla crea una especie de silencio profundo. El ruido de las olas del mar suena claro para Ulises, al igual que el movimiento atropellado de sus pensamientos:

—“Quiero escuchar esas voces, adueñarme de sus secretos, deleitarme con su música… Ver y escuchar, eso es lo que deseo”.

Y Ulises, con los ojos muy abiertos, con la mirada fija hacia aquella isla rocosa, se acerca valiente a los reinos de estas tres cantoras con alas y patas de pájaro.

*

—Ligeia: Hermanas, observad al poniente, se aproxima una nave… Que nuestras incesantes melodías sean más fuertes ahora. Tú, Aglaope, tañe la flauta con ese sonido tan penetrante, que parezca uno solo con los pálpitos del corazón de aquellos marineros, mientras yo pulso mi lira con más intensidad.

—Aglaope: Ya los veo… aunque no son muchos, los noto desconcertados; esta será otra tripulación que tampoco llegará a su destino.

—Himeropa: Sí, hermanas, es tiempo de que suene fuerte nuestra música a la par de nuestras voces melodiosas…

—Ligeia: Mirad, en el mástil está atado un hombre, que no deja de mirarnos…

—Aglaope: Es el asombro de vernos y escucharnos por primera vez.

—Himeropa: La tripulación parece no estar oyéndonos, ¿será que nuestra música no tiene la suficiente intensidad para herir sus oídos? Hermanas, aumentad el volumen de vuestros artilugios, que el sonido de la lira y el aulós penetre hasta el fondo de sus almas.

—Ligeia: ¿O será que son sensibles más al canto que al sonido de nuestros instrumentos? Unamos, entonces, nuestras voces y despertemos en ellos recuerdos queridos, ensoñaciones de esas que llevan al llanto.

*

Por un momento la tripulación deja de remar. El tiempo parece haberse detenido. Los navegantes miran hacia la isla y ven en un pequeño promontorio a tres mujeres echadas, observándolos. Como tienen las orejas tapadas, sólo pueden apreciar los gestos de aquellos seres extraños contorsionando su cuerpo a la par que mueven sus manos en unos instrumentos musicales. Imaginan que están tocando y cantando a la vez. Varios de los remeros, sin ponerse de acuerdo, musitan una antigua oración a Poseidón, el dios de los mares, repitiendo entre dientes el final de aquel himno protector: “Oh, bienaventurado, socorre a los navegantes con corazón benévolo”. Únicamente Ulises permanece atento y concentrado en la música envolvente y el canto dulce de las Sirenas.

*

—Ligeia: Observad, los hombres han dejado de mover sus brazos. Su atención está dispersa y parece que estuvieran desconcertados o perdidos en sus pensamientos.

—Aglaope: El que está atado al mástil es el más atento a nuestro llamado sonoro, pero noto que todavía no se anima a romper las ataduras y lanzarse al mar para venir a buscarnos.

—Ligeia: Hermana, cántale con tu voz seductora, recuérdale las largas noches de sincero amor con su entregada esposa y, si eso no es suficiente, tú sabes cómo hacerlo, convierte tu voz en un susurro incitante que evoque las noches apasionadas que este hombre tuvo con alguna de sus amantes. Hazlo, pronto… o si no, libera su imaginación y conviértela en un presagio gozoso de los futuros cuerpos desnudos que están dormidos en su fantasía.

—Himeropa: Eso haré, pero necesito que pulses la lira como si cada cuerda fuera una caricia, como si las notas hicieran las veces de unas delicadas manos.

—Aglaope: Como veo que porta casco de guerra, cantaré como nunca sus hazañas pasadas, recordaré dulcemente sus hechos memorables y pondré tal brillo en mis notas que haré revivir el orgullo de la victoria y el placer de los vítores que preludian los honores.

—Ligeia: Sí, concentrémonos en él, pero sin descuidar a los otros marineros. ¿Qué pócima habrán bebido o qué divinidad los protege para que no los afecte nuestra música? Hermanas, armonicemos nuestras fuerzas para incentivar en esos hombres el deseo de venir hacia nosotras.

*

Casi todos los tripulantes miran hacia el mismo punto. Allá, a corta distancia, están las Sirenas. Unos piensan que son demasiado raquíticas, comparadas con las historias de suma belleza que escucharon en los puertos; otros cavilan en que sus cuellos son demasiado largos para su reducido tronco; algunos más, los de mirada más fina, se detienen en los resplandecientes pechos. Todos, sin saberlo, coinciden en que sus rizadas cabelleras son de una hermosura inigualable, y al verlas ondular por la brisa parecen un mar bermejo con las tonalidades de la miel.

Ulises en cambio, como sí puede escuchar lo que las Sirenas cantan y tocan, está en un estado de éxtasis, de arrobamiento. Unas notas lo llevan hasta su querida Penélope, a sus muslos firmes y ardorosos; otras melodías lo trasladan hasta el lecho de Circe y allí vuelve a sentir la exquisitez de amar y ser amado asumiendo variedad de formas… Y al contemplar los senos de las Sirenas su memoria se sitúa justo en el lecho de Calipso y se ve a sí mismo bebiendo un vino embriagador en aquellas vasijas rosadas turgentes y olorosas a perfume. Y al escuchar aquellos cantos, todo su ser tiembla de emoción al verse derribando a sus enemigos, arengando a los ejércitos, peleando en compañía del veloz Aquiles, ideando y dirigiendo la construcción del caballo de Troya, abriendo el desfile de la procesión triunfal en medio de la multitud del pueblo aqueo que le lanza rosas como regalo a sus victorias. A medida que se intensifica el canto de las Sirenas, Ulises recupera la fuerza juvenil del guerrero, la valentía que rompe cualquier tipo de obstáculos… Aún así, el amarre de la soga lo mantiene fijo al mástil del navío.

*

—Aglaope: Imposible, hermanas, mirad. Los hombres han vuelto a tomar sus remos, la nave amenaza con alejarse de nosotras. Por primera vez unos mortales huyen indemnes de nuestra música. ¡Cantad más fuerte!

—Himeropa: O tú, madre, Melpómene, pon en nuestro ser el don de los arpegios celestiales, agiliza nuestras manos, afina nuestra voz.

— Ligeia: Y el hombre atado al mástil, es implacable en su tenacidad para seguir mirándonos. Esos ojos parecen flechas incendiarias que queman mi garganta. Debe ser un héroe, un semidiós o algún titán de los que nadie sabía nada.

—Aglaope: Se alejan, se alejan, cuánto lamento ahora la ocasión en que concursamos con la Musas y perdimos nuestras alas. Si pudiéramos volar cantaríamos muy cerca a sus oídos y sentirían en su piel la vibración de nuestros instrumentos.

—Ligeia: Hermanas, es el momento de acudir a nuestra última manera de seducir: otorguémosles a esos marineros la facultad de ver el porvenir; démosles, así sea por un corto tiempo, el don de la clarividencia como último recurso para detenerlos.

—Himeropa: Sí, eso es. Que sea el futuro y no el pasado lo que los obligue a venir hasta nosotras.

*

La tripulación empieza a remar con lentitud, esperando a ver si sus ojos les revelan algo especial o diferente de las Sirenas. Sin embargo, nada extraño sucede. Las tres mujeres con piernas de pájaro se mueven acompasadamente en una danza muda. Entonces, miran hacia donde sigue amarrado su líder. Lo notan con los ojos muy abiertos y con un gesto totalmente ausente. No se equivocan: Ulises camina por su Ítaca añorada, siente la brisa refrescante y el olor de su patria; va al encuentro de su servicial Eumeo y unos segundos después se abraza conmovido con su hijo Telémaco. Ve a unos hombres invadiendo su hogar y a la vez vislumbra la estrategia para acabar con ellos. Todo se le revela en una progresión infinita, tan rápida que no alcanza a retenerla en su memoria… Tantas imágenes se aglutinan en su mente que hasta puede verse a sí mismo, ya anciano, relatándole a su amada Penélope la aventura de la que ahora es protagonista.

*

—Himeropa: Me falta el aire, se está apagando mi voz.

—Ligeia: Todas las cuerdas de mi lira han dejado de vibrar.

—Himeropa: La sequedad ha roto mis entrañas… ¡Qué espantoso silencio!

—Aglaope: Padre, mío, acógenos en tus húmedos brazos. Amadísimo, Aqueloo, de ti venimos y hacia ti volvemos.

*

Los hombres alcanzan a divisar en la distancia cómo las Sirenas se lanzan al mar. Se sienten más tranquilos. Rápidamente van quitándose la cera de las orejas y, acto seguido, varios de ellos comienzan a desatar a Ulises. El héroe de los mil engaños sigue absorto en su visión, y apenas está liberado de la cuerda, cae desmadejado al piso de la embarcación. Alguien le lleva agua y Ulises la bebe con tal ansiedad, como si hubiera acabado de salir de un extenuante combate. La tripulación quiere saber de una vez, qué ha escuchado su líder, cómo es el temible canto de las Sirenas. Arden en curiosidad. Sin embargo, Ulises aún sigue tan extasiado, con un rostro absorto y lejano, que los remeros prefieren dejar pasar un tiempo razonable antes de agobiarlo con sus preguntas. Cuando el viento sopla fuerte en sus rostros, izan la vela y descansan sus brazos. Justo en ese momento el rey de Ítaca se pone de pie y, como si adivinara lo que sus hombres desean saber, les dice:

— Es algo maravilloso y muy triste a la vez. Esa música y ese canto me llevaron a revivir, en un instante, la creación de mi pasado, pero también me hicieron contemplar su destrucción. Era como estar en el Hades y el Olimpo al mismo tiempo… Exaltada alegría unida a un profundo dolor fue lo que provocó en mí el canto de las Sirenas.

Enseguida pone su mano derecha a la manera de un parasol sobre sus ojos, mira de donde vienen navegando y dice sentencioso una frase que parece una revelación de tal encuentro:

—Siempre el agua quiere desmoronar la roca porque el movimiento no soporta la fijeza.

Diccionario autobiográfico (tercera entrega)

25 lunes Jul 2022

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

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Autobiografía, Diccionarios creativos

Sirva esta nueva cosecha de palabras, en clave de diccionario, para subrayar la profunda relación que hay entre ciertos vocablos y el itinerario vital de una persona. Algunos de estos términos hablan del modo o las circunstancias como han dejado marcada mi conciencia o tatuado parcelas de mi intelecto; otras palabras, al igual que la magdalena de Proust, son poderosos dispositivos de memoria a partir de los cuales se reviven personas ya fallecidas, se tejen vínculos profundos con mi subsuelo interior, se crean reminiscencias de diversa índole.

Armero: Municipio del Tolima en el que pasaron su luna de miel mis padres y al que acostumbraban ir mi tía Purificación, mi tío Israel y de vez en cuando mi tío Ulises. Armero olía a frutas, a badea, a patilla, a mango dulce. Era hermoso ver los campos blancos de algodón antes de llegar a Armero, entrar a esta población por ese arco maravilloso de acacias e ir después, debajo de un parasol, a disfrutar una gaseosa helada “glacial”. Un año después de la avalancha que sepultó a esta ciudad, fuimos con mi padre a visitar ese extenso desierto de arena gris. Al lado de la alta cruz de hormigón, en el mismo lugar que el papa Juan Pablo II oró por las 25 mil víctimas, en ese mismo espacio mi padre lloró unos minutos. Después caminamos, en silencio, viendo las ramas secas de los enormes árboles aun clamando a las alturas por esta tragedia.

Bojacá: Apellido del promotor y vendedor de libros de la editorial Aguilar que conocí cuando trabajaba de joven en el periódico El Espectador. Don Enrique era de baja estatura, carirredondo, siempre vestido de paño y chaleco; llegaba a las oficinas del periódico de la Avenida 68 con su maletín ejecutivo de cuero negro y con bisagras, a exhibir los catálogos y a mostrarme las bondades de aquellas publicaciones impresas en “papel cebolla”. Sobre ese mismo maletín rígido, Enrique llenaba las facturas correspondientes a cada pedido, pasándole a uno luego su “Parker” de tapa plateada para que firmara. Con la modalidad de crédito pude adquirir las obras completas de Goethe, de Shakespeare, de Tolstoi, de Oscar Wilde… Con los años, Enrique Bojacá no solo ofrecía los libros del sello Aguilar, sino la colección “Premios nobel” de Plaza y Janés, con características muy semejantes a la primera editorial. Estos libros, empastados en cuero, siguen siendo una de las joyas bibliográficas de mi biblioteca.

Corona: Marca de zapatos que mi padre apreciaba y usaba únicamente en ocasiones especiales. Los “Tres coronas” eran los de máxima calidad. Y corona es también la marca del molino manual con recubrimiento de estaño que no podía faltar en cualquier casa de Capira. El nuestro es el que trajimos desde aquella época cuando, de afán, tuvimos que huir de “La Laguna” por el miedo del bandolero “Sangrenegra”. Este molino funciona todavía, aunque tiene algo desgastado el disco moledor, tanto la tolva como el cabezal, el gusano, la mariposa y el tornillo prensa están muy bien. Mi madre afirma con orgullo: “Ese molino ya va a cumplir 70 años”.Detrás de la palabra: Programa de radio, de Emisora Javeriana, del cual hice por lo menos un centenar de libretos. Todo comenzó como una invitación del director de la carrera de literatura, el jesuita Marino Troncoso, a que asumiera la redacción de los libretos de un programa semanal de media hora sobre diversos tópicos relacionados con lo literario. El programa se emitía los sábados, a las diez de la mañana, y se retrasmitía los lunes a las nueve de la noche. El técnico de sonido se llamaba Pedro Jiménez Pinto y las otras locutoras que me acompañaban en la grabación eran Patricia Suarez y Emy de La Rosa. Cada programa suponía una larga investigación previa y una búsqueda de melodías acorde a la temática para las cortinas musicales. Además de los libretos, tomé por costumbre elaborar los afiches promocionales de cada programa; los exhibía en una cartelera ubicada a la entrada de la Facultad de Ciencias Sociales: “Alquimia”. Elaboré programas sobre autores como Rubén Darío, Aurelio Arturo, Vicente Huidobro o centrados en obras específicas como El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez, Orlando de Virginia Woolf o Tierra de Promisión de José Eustasio Rivera. También hice programas centrados en una temática: el suicidio, la rosa, los diarios, el fuego, la poesía; o programas especiales sobre Homero Manzi o El Banquete de Platón.  Dada mi dedicación y apasionamiento por este programa, opté por presentar como trabajo de grado una tesis titulada: El libreto literario para radio: una artesanía recuperable”, en la que rescataba y reflexionaba sobre esta experiencia hecha a la par de mis estudios en la carrera de literatura.      

Enseñar: Actividad que, desde muy joven, empecé a ejercer en el colegio Carrasquilla, institución de la que me había graduado. El gozo de enseñar, de poder ayudar a otros a aprender o de incitarlos a ampliar sus conocimientos, es algo que me satisface y a lo que he dedicado buena parte de mi vida. He enseñado a niños, jóvenes y adultos en todos los niveles tanto de manera formalizada como a través de cursos o seminarios especializados para empresas privadas o entidades del Estado. Disfruto mucho el acto de enseñar, a ello dedico días de estudio y preparación y me jacto de buscar siempre un vínculo formativo con quienes son mis estudiantes o hacen parte de mi audiencia. Varios de mis libros, desde Oficio de maestro, continuando con Educar con maestría, hasta El quehacer docente, muestran este apasionamiento por enseñar, y son ejemplos de lo que he reflexionado, investigado y propuesto sobre esta profesión de servicio que cada día entiendo más como un arte del cuidado.

Fábula: Género literario que, desde muy pequeño, atrajo poderosamente mi atención, entre otras cosas por los dibujos que acompañaban los textos. En la primaria leíamos las fábulas de Rafael Pombo, Esopo, Iriarte y Samaniego. Parte de la actividad en clase, además de leerlas, consistía en transcribirlas a los cuadernos e ilustrarlas tal como aparecían en los libros antológicos de dichos fabulistas. Este gusto por las fábulas se fue acrecentando con el tiempo: descubrir a Fedro y La Fontaine, salpimentados con los Caracteres de La Bruyère, me llevaron a explorar creativamente en este tipo de textos. Sigo creyendo que las fábulas, por su sentido alegórico, son una poderosa herramienta para la lectura crítica de las pasiones humanas y los vicios de la sociedad. En este blog hay un buen número de tales producciones.

Gallo: Ave con una fuerte presencia física y simbólica en mi infancia, asociada fuertemente con las tierras de Capira. El canto del gallo era el primer sonido que escuchaba cuando niño al levantarme y, tal vez por eso, mantuvo su recurrencia expresiva en mis iniciales poemas. Los gallos escritos se fueron convirtiendo en objetos artesanales o en criaturas de piedra, madera, vidrio, plomo u hojalata, hasta conformar una gran colección. De alguna manera, en esas figuras variopintas resguardadas en dos galleras de cristal, está depositada también la fidelidad a un origen y una ferviente manera de anunciar con ímpetu, al empezar un nuevo día, la obra que aún queda por realizar.Hugo: Nombre del librero y amigo que durante varios años estuvo al frente de la Librería Lerner de Bogotá. Hugo González se había formado en la Librería Continental de la carrera Junín de Medellín (Rafael Vega Bustamante fue su maestro) y, con esa experiencia, sumada a un trato personalizado con sus clientes, creó una de las mejores librerías de esta ciudad. Con él compartimos diálogos extensos sobre novedades bibliográficas, lo apoyé muy de cerca en su proyecto de abrir un “Sótanos de descuentos” en el mismo local de la Avenida Jiménez y, luego, compartí su alegría del gran proyecto de la nueva sede de la calle 93. Hugo supo de mi primer libro como editor independiente, Pregúntele al ensayista y, cuando lo ojeó, le dio un vaticinio generoso que el tiempo ha validado: “será un best seller”. Gracias a la amistad de Hugo tuve crédito en la librería y siempre, para navidad, me invitaba a escoger como regalo un libro de mi predilección. Hugo murió el 10 de julio de 2004; su trato afable y sus recomendaciones bibliográficas son una ausencia notable para un amante de los libros como yo.

Inquilinato: Experiencia de búsqueda y modo de residencia a la que estuvimos sometidos por muchos años, mientras conseguíamos el dinero o la solvencia para adquirir un techo propio. El inquilino depende de los caprichos del arrendador. Sirva como ilustración el señor Espejo, dueño de una casa de dos pisos en el barrio Estrada, quien no solo levantaba la bocina del teléfono en derivación cuando uno estaba hablando, sino que, además, interrumpía la llamada en curso para decir que había que cortar ya la conversación. Cuando se es inquilino se vive un desmedro de la vida privada: en el barrio Galán, dadas las dimensiones pequeñas del cuarto arrendado, se tenía que compartir el lavadero de ropas y el baño. Todos los que hemos vivido muchos años en situación de inquilinato disfrutamos con inmensa felicidad el día que llegamos a un terreno propio así sea humilde, lejano del centro de la cuidad o con muy pocas comodidades.  

Jabones López: Nombre de la fábrica en la que mi padre trabajaba como celador y almacenistas hasta que sufrió su accidente, quemándose parte del rostro con soda cáustica. Quedaba ubicada en la zona industrial del barrio Ricaurte; hoy es una bodega de saldos de almacenes Alkosto. Tres hermanos conformaban el núcleo permanente de la empresa: Raúl, el químico responsable de la fabricación del jabón; Idaly, gerente y Roberto, que hacía las veces de supervisor y relacionista. Dentro de las amplias instalaciones de esta fábrica –de grandes portones verdes pino– pasé buena parte de mi infancia: cómo rugía la caldera de carbón, qué fascinantes las burbujas explosivas del jabón al calentarse, cuántas noches ayudándole a mi papá a empacar bolas azules con manchas blancas de este producto para la venta al detal.

Kafka: Uno de los autores más importante en mis inicios literarios. Mi interés por él comenzó con un libro de notas y recuerdos de su amigo Gustav Janouch: Conversaciones con Kafka. “Cada uno vive detrás de la reja que lleva consigo”, “Definitivo sólo es el dolor”, fueron algunos de mis subrayados de aquel libro. Después me adentré en sus Diarios y más tarde en las Cartas a Felice… En la puerta gris de mi cuarto del barrio Bosque Popular puse en letra negra el siguiente texto de Franz Kafka: “Sólo merece el amor y la vida aquel que  diariamente debe conquistarlas” y, en mi diario, transcribí la “Desdicha del soltero”: “Parece tan terrible quedarse soltero; ser un viejo que tratando de conservar su dignidad suplica una invitación cada vez que quiere pasar una velada en compañía de otros seres; estar enfermo y desde el rincón de la cama contemplar durante semanas el cuarto vacío…” Kafka representaba para mí en esos años la figura literaria a emular, el tipo de hombre consagrado a defender su soledad para lograr crear.

Librería: Lugar que acostumbro visitar por lo menos una vez a la semana y en el que me siento entre amigos silenciosos que abren sus páginas a mi curiosidad o que están atentos a mis preocupaciones intelectuales. Siempre he sido fiel visitante de la Librería Lerner, con recorridos alternos y esporádicos a otros lugares semejantes que he visto desaparecer con el paso de los años. Resultaba retador cubrir los variados pisos de la Buchholz de la Avenida Jiménez o la atiborrada sede de Chapinero, como grato era husmear entre los estantes de la Cultural Colombiana o ir a explorar las novedades de la librería Del Seminario. Cuánto lamenté el cierre de Arteletra y los diálogos con mi amiga Adriana Laganis. He tenido la suerte de degustar la magnífica librería El Ateneo de Buenos Aires, la Porrúa en la ciudad de México y la Casa del libro en Madrid. Cuando visito una nueva ciudad, es un ritual indagar por las librerías que allí se ofrecen; ir a conocerlas y descubrir alguna “joya” bibliográfica que esperaba la intercesión de mis manos. En los últimos años he incorporado a mis recorridos la librería Tornamesa al igual que la laberíntica Merlín de Célico Gómez en el centro de Bogotá.

Monaguillo: Oficio que hice cuando niño en la iglesia de Santa Teresita del niño Jesús del barrio Ricaurte. Varias veces tenía que madrugar a acompañar la misa de seis de la mañana y en más de una ocasión me tocó trasnochar para servir de asistente en la Misa de gallo a la media noche de la víspera de navidad. La parte más difícil o más riesgosa de ser monaguillo consistía en saber dar los tres toques secos de la campana a la hora de la consagración. Lástima no tener registro fotográfico de aquella ocasión en que, en una procesión de semana santa alrededor del parque, yo iba adelante con una cruz procesional y veía cómo el pavimento de las calles se transformaba en una alfombra de palmas verdes.

Navidad: Festividad decembrina que me alegra el espíritu, me reaviva la alegría y despierta un profundo sentido del agradecimiento. Quizá porque mi familia ha guardado y celebrado la tradición del pesebre y los regalos debajo del árbol, o porque a pesar de las limitaciones económicas de los primeros años en Bogotá, siempre mis padres mantuvieron la mesa abundante durante esos días decembrinos, la navidad hace que mi corazón sienta la fuerza de la fraternidad, de compartir el pan o de extender mi mano al necesitado. Me gusta comprar galletas, un buen vino, y dedicar horas a buscar el regalo adecuado para mis seres más queridos; me encanta ambientar mi casa no solo con música, sino con adornos alusivos a este tiempo de familiaridad y reconciliación. Por estas razones, entre otras, me animé a escribir un libro que indagara en los significados, los ritos y el sentido de esta festividad, lo titulé: Es tiempo de Navidad. Consideraciones para una novena. El libro, que fue publicado a finales de 2021, cierra con un cuento “Esperando al niño Dios”, que recrea, precisamente, mi entusiasmo jubiloso y esperanzado por estas festividades navideñas.

Ñapa: Encime habitual que solicitaban los habitantes de Capira cuando iban a comprar algo a la plaza o “regalo” que les pedían a los diversos tenderos de frutas y verduras en el mercado de San Juan. “No olvide la ñapita”, decía mi tío Antonio al matarife de San Juan, al momento de comprar la carne para la semana; ñapa o vendaje se llamaba el pan adicional a una compra considerable que regalaba mi padre cuando tuvo su pequeña panadería en ese periplo desde el barrio Santander, pasando por el Garcés Navas y el Siete de Agosto, hasta la última en el Alfonso López, diagonal a la Iglesia Santa Marta; y ñapa es un bocado pequeño de algún alimento principal –algo exquisito– que mi madre guarda aparte y que, una vez termino de almorzar, la trae como regalo adicional de tan deliciosa comida.

Oratoria: Modalidad de expresión que, desde los primeros años del bachillerato, me interesaba hasta el punto de siempre participar en los concursos sobre este género organizados en la Semana Cultural del colegio Carrasquilla. Obtuve varios diplomas al obtener el primer lugar. La buena oratoria, la de los discursos de Demóstenes o Cicerón, cobró más fuerza cuando empecé mi participación y liderazgo político en la Universidad Nacional de Colombia, y esa facilidad de expresión oral me hizo acercarme a la carrera de derecho. Dedicaba horas a escuchar con fascinado interés los discursos de Jorge Eliécer Gaitán y las arengas de otros oradores contenidas en el álbum “Las voces de la revolución”. Al comenzar mi labor como profesor en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Javeriana tuve a mi cargo, en el primer semestre, el curso de Expresión oral. La oratoria ha sido un campo de enseñanza y de estudio, transversal a mi vida como educador, y un modo de ofrecer mi experiencia y mis conocimientos como capacitador en el mundo empresarial.

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Porro: Género musical por el cual siento una especial predilección y al que puedo dedicar jornadas de audiciones algunas tardes o los fines de semana. Me gusta la cadencia que se transpira en “El docto” de Alfonso Piña, o ese sentido de inmensidad presente “En la madrugá” de Pacho Galán, o el calor y la brisa traídas por las notas de Clímaco Sarmiento en su porro “San Marcos”. Siento el ondular de las palmeras al escuchar a Pedro Salcedo o constato cómo mi espíritu se reanima con las melodías de Rufo Garrido o con esa maravilla de porro, “Arturo García”, del compositor Lucho Bermúdez. No me canso de escuchar a uno de los más grandes creadores de porros, Pedro Laza, y ese tema: “Montelíbano”.   

Quino: Humorista gráfico argentino que, desde sus inicios con las tiras cómicas de Mafalda, fue y sigue siendo objeto de mi admiración. Joaquín Salvador Lavado me atrapó por la sutileza del trazo y por su perspicacia en el modo de hacer visible lo que a todas luces desea ocultarse o nos negamos a aceptar. El humor sin palabras, las viñetas altamente expresivas, los finales inesperados de esas secuencias gráficas que nos obligan a reflexionar, me llevaron a coleccionar sus obras y a ponerlas como ejemplo en varias de mis clases de semiótica. Desde su primera compilación “Bien, gracias. ¿Y usted?” hasta “Simplemente”, me gusta acercarme hasta donde tengo agrupados estos libros de Ediciones La Flor de Buenos Aires y sacar uno al azar para, como él mismo título una de sus obras, hacer “Quinoterapia”.Rompe-cráneos: Revista quincenal del Grupo editorial colombiano (GRECO) en la que empecé a colaborar desde junio de 1978, elaborando pasatiempos diversos como crucigramas, dameros, revoltillos, quisicosas, celeríferos, palabras siamesas y otros juegos de lenguaje. Llevaba las artes finales de mis pasatiempos al séptimo piso del edificio de la calle 61 con carrera 13 de Bogotá; el pago acordado incluía la creación y el diseño por página. Me gustaba de esta revista, como se afirmaba en el primer número, su apuesta porque los diferentes pasatiempos desarrollaran “las funciones analíticas, la concentración, la percepción visual, la memoria y la inteligencia”. Y dado que la demanda me exigía producir una buena cantidad de páginas cada semana, le enseñé a dos amigas, Adriana Barón y a Luz Stella Hernández, a elaborar crucigramas, para así poder ayudarme en la primera versión de esta modalidad de pasatiempo; enseguida los revisaba, hacía los ajustes pertinentes, pasaba a máquina los textos respectivos, pues tocaba mandarlos a “levantar” en frío para con esas tiras empezar a pegarlos en las cartulinas durex que ya había dibujado o trazado con los diagramas preestablecidos. Cada título de los pasatiempos requería pegarlo con “Letraset”, unas hojas adhesivas de letras, y los números menudos de las palabras cruzadas me obligaban a emplear el díngrafo, con sus respectivas plantillas. Fueron infinidad de horas las que empleé ingeniando variados juegos de palabras para retar la agudeza mental y la competencia lexical de los lectores.

Soda cáustica: Sustancia química corrosiva fundamental en la fabricación del jabón y que, por un accidente al explotar una pesada caneca con tal producto cuando la bajaban de un camión, fue la causante de que mi padre perdiera su ojo derecho, y estuviera meses hospitalizado, debido a que había alcanzado a ingerir un poco de ese líquido. Fue el primero de marzo de 1970. En la fábrica de Jabones López almacenaban la soda en una amplia poceta; yo pude ver cómo ese líquido transparente adquiría, después de un tiempo, una placa dura que sobrenadaba, ocultando su letal peligro.   

Trocadero: Revista que fundé y diseñé con la complicidad de un grupo de amigos de la carrera de literatura de la Universidad Javeriana, en 1984. Gracias al apoyo del jesuita Jairo Bernal, logré concretar este sueño de tener una revista propia en la que pudiéramos publicar nuestras producciones literarias y los ensayos que respondían a nuestras preocupaciones intelectuales de aquel entonces. Los primeros números se imprimieron en Javegraf, los últimos en la Litografía Guzmán Cortés. La revista vinculaba tanto a profesores como estudiantes, además de convocar a los ponentes que yo iba conociendo en los Congresos de colombianistas norteamericanos que organizaba el departamento. Desde el número tres la revista se volvió monográfica: el cuerpo, la historia, la muerte, lo sagrado, la violencia… La elaboración de “Trocadero” fue, en realidad, una escuela de la producción escrita, desde la concepción de los temas hasta la corrección final de los textos. Mónica Mendiwelso, Penélope Rodríguez, Natalia Romero, Germán Castro, Álvaro Pinilla, disponían sus manos y su talento para sacar adelante cada número. Como el nombre de la publicación era un homenaje a la calle donde había nacido José Lezama Lima, en una visita que hice a La Habana, pude entregar varios números en la Biblioteca homónima del escritor cubano. Me sigue pareciendo retadora y audaz la consigna con que nació “Trocadero”: “Por la era imaginaria de la posibilidad infinita, por la conquista de lo sagrado en lo carnal, por la revolución ontológica latinoamericana, por la crítica… ética”.

UTC: Sigla de la Unión de Trabajadores de Colombia, organización sindical en la cual colaboré en 1980 y 1981 como asesor en estrategias de comunicación. El presidente, en aquel entonces, era Tulio Cuevas a quien presté mi apoyo para la organización del “XV Congreso de la UTC”, en Medellín. Tulio era un referente sindical de los más importantes en el país y contribuyó de manera definitiva a la creación del Banco de los trabajadores. Bajo la dirección de Cuevas, en compañía del periodista y amigo José Yepes hicimos la revista Trabajo y concertación en la que, además de diseñarla, publiqué algunos artículos: “Sibaté: un mundo de abandono y suciedad”, “La socialdemocracia: ¿reformismo o revolución?”, “La televisión, rentable máquina de sueños”. En el número 2 de esa revista, de julio de 1980, escribí una columna que ya prefiguraba mis preocupaciones por la formación: “Educamos hacia el pasado”.Los Versos del capitán: Cuadernillo 36 de la colección “Poesía de siempre” (publicado por editorial Bedout de Medellín) de un poeta anónimo que luego supe de quien se trataba: Pablo Neruda. Quizá fue el primer texto de poesía que disfruté poniendo especial interés en descifrar las urgencias de la pasión amorosa de mi juventud. Esas tres manifestaciones del deseo, como tigre, cóndor o insecto me parecían alternativas perfectas a la sangre que bullía por mi cuerpo. Me gustaba también releer “El alfarero”: “Todo tu cuerpo tiene/ copa o dulzura destinada a mí. / Cuando subo la mano/ encuentro en cada sitio una paloma/ que me buscaba, como/ si te hubieran, amor, hecho de arcilla/ para mis propias manos de alfarero. / Tus rodillas, tus senos, / tu cintura/ faltan en mí como el hueco/ de una tierra sedienta/ de la que desprendieron/ una forma, / y juntos / somos completos como un solo río, / como una sola arena”. Después vinieron otros libros de este poeta oráculo de la pasión amorosa, y especialmente un poema que parecía prestarle la voz a mis trémulos sentidos: “Déjame sueltas las manos/ y el corazón, déjame libre! / Deja que mis dedos corran / por los caminos de tu cuerpo. / La pasión –sangre, fuego, besos– / me incendia a llamaradas trémulas. / Ay, tú no sabes lo que es esto!”.

Weissmüller: Actor húngaro protagonista de las películas de Tarzán que veíamos con mi padre en el teatro “Encanto” del barrio Ricaurte. Jonny Weissmüller había sido campeón olímpico de natación; su cuerpo fornido servía muy bien para interpretar a este rey de la selva que con su grito despertaba a elefantes, cocodrilos, leones y todo tipo de fieras. Las cintas en blanco y negro no mermaban la emoción con que seguíamos atentos las peripecias de este héroe que durante tantos domingos habíamos seguido, viñeta a viñeta, en las “Aventuras” a color del periódico El Tiempo.

Cine X: Películas a las cuales uno de adolescente esperaba poder entrar cuando cumpliera los 21 y que luego, hacia mediados de los años 70, se redujo a la edad de 18 años. Cierta idea de curiosidad y transgresión acompañaba la asistencia a los teatros que, por lo general, se hacía en grupo de amigos. Fue todo un acontecimiento ir a ver Cuando las colegialas pecan. Muchos años después, en el Radio City, que quedaba en la carrera 13 con calle 42, vi una película de sexo explícito: El imperio de los sentidos. La animada tertulia que tuvimos después sobre este filme, con Carlos Paz y Andrés Díaz, me llevó a escribir un poema en honor a la protagonista Abe -Sada que iniciaba así: “Mostrándome sus dientes/ como garras/ exhalando su vaho/ de saké,/ ocultando su vicio/ tras la lluvia / me pregunta: / ¿Ya estás listo? / Le respondo: / todavía no…”

Yopa: Bebedizo refundido con chicha que le dieron a mi abuelo Eliseo y por el cual terminó trastabillando y vomitando, cayéndose de bruces en una quebrada, por los lados de Santa Rosa. De esa “borrachera” nunca se recuperó: pasaba los días sentado en una butaca, casi sin hablar, con la mirada perdida y alejado de todos los hijos e hijas que no sabían qué hacer. Mi tía Dioselina contaba que antes de hacer eso con Eliseo, lo habían intentado también con la abuela Hermelinda: que le enviaron de presente unas bolas de chocolate y que ella, desconfiada como era, cuando las puso en una hoguera, lo que vio fue cómo esas bolas se agrandaban y achicaban en un vaivén espumoso. Nunca se supo bien quién fue el causante de este envenenamiento a mi abuelo, pero según mi tía Purificación, todo se debió a envidias por su riqueza y prosperidad.

Zabaleta: Profesor de español que conocí en el Colegio Carrasquilla de Bogotá y con quien mantuve una amistad hasta que un cáncer terminó con su vida. Jorge Zabaleta era abogado de la Universidad Nacional, le gustaba escribir pequeños cuentos, era insistente en sus clases en las figuras literarias y pretendió durante un buen tiempo a mi prima Nelly. Fueron muchas las fiestas que compartimos con Zabaleta; fumaba constantemente, le gustaba la cerveza en botella, era buen bailador; discutía y participaba en grupos políticos de izquierda. Su hablar pausado iba bien con un temperamento conciliador que lo convertía en un buen escucha y excelente consejero. A él le dedique mi libro La enseña literaria. Crítica y didáctica de la literatura como un representante ejemplar de todos “los maestros anónimos que persisten, con paciencia y dedicación, a incitar el gusto por la literatura”.

Diccionario autobiográfico (segunda entrega)

17 domingo Jul 2022

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

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Autobiografía, Diccionarios creativos

Otro grupo de palabras en las que reconozco marcas de una historia personal, indicios de pasiones intelectuales consolidadas en el tiempo, filiaciones y vínculos con personas inolvidables. Cada término abre rutas de comprensión hacia mi niñez, mi juventud o mi entrada a la edad adulta, además de subrayar determinados incidentes significativos en mi trayectoria vital. 

Agüeitar: Verbo que escuché muchas veces en Capira para referirse al acto de acechar a la presa, llámese guatín o boruga. Se trataba de esperar escondido al animal de monte, trepado en un árbol frondoso, en medio de la oscuridad y atento al menor sonido de las hojas. Mi tío Ulises, al igual que Misael, el compañero de mi abuela Hermelinda, disfrutaban esta forma de conseguir aquella carne montaraz tan esquiva a los ojos como exquisita al paladar. También este verbo aludía a una forma de asesinar con escopeta a los enemigos, ocultándose en el follaje y usando una piedra o la horqueta de un árbol como mampuesto para afinar la puntería.

Beatriz: Tía política, gran cómplice de mis vacaciones en Capira. Yo siempre la llamé “Biatica” y mantuve por ella un cariño especial, mucho más cuando se suicidó Saúl, ese hijo ajeno que amó como propio. Esta mujer que había nacido en Cambao, llegó a la casa de los Rodríguez atraída por la pasión no correspondida hacia mi tío Ulises, sirvió de apoyo a las hijas de Eliseo y Hermelinda, asistió a la bonanza del cultivo de piña, vio partir a la mayoría de sus cuñados y cuñadas y fue una de las últimas habitantes de la casa paterna. Biatica salía a encontrarme hasta el “charco grande” cuando llegaba a visitarlos a comienzos de diciembre y se quedaba entre lágrimas cuando terminaban mis días de vacaciones. Tenía buena memoria, conocía historias secretas de su familia y de otras de la región, le gustaba el chocolate en las tardes y mantenía un diálogo cercano con Dios.

Crucigramas: Tipo de pasatiempos que empecé resolviendo por curiosidad y a los que, después de desentrañar su forma de composición, me dediqué a elaborarlos con disciplina, a tal punto que durante unos buenos años éstos y otras modalidades de “juegos de lenguaje” fueron una buena fuente de ingresos económicos. Los crucigramas más complejos (según don Gabriel Cano, que los resolvía a cabalidad) eran los de Conchita Montes en la revista La Codorniz.  Hacer crucigramas era un modo de ver las posibles combinatorias de las palabras, un ejercicio habitual con el diccionario y un reto a la creatividad y el ingenio. A Editora Cinco le ofrecía estas producciones, y con esta empresa sacamos adelante un proyecto como “Pepazos”. También fueron ellos los que compraron mi iniciativa de un Diccionario para crucigramistas, publicado años posteriores a mi vinculación como colaborador free lance.

Discos: Objetos valiosos y de profunda devoción en mi juventud. Eran el ingrediente más importante para las fiestas y una manera de goce solitario al amplificar sus melodías en las horas de ocio. Buena parte de esos discos o LP los compré en “Discos Bambuco” y la gran mayoría formaban parte del género de la música tropical. Todavía siguen en sus cubiertas y protegidos por las bolsas plásticas: La Billo’s, los Melódicos, El Supercombo los tropicales, Nelson y sus estrellas, Nelson Henríquez, Pastor López, Fruko y sus tesos, los 14 Cañonazos bailables, Celina y Reutilio, La Sonora Matancera, y muchos más de los Hermanos Zuleta, los Hermanos López, El Binomio de Oro, y otros tantos de Los Corraleros de Majagual, Alfredo Gutiérrez, Pacho Galán, Edmundo Arias. A las fiestas de amigos y familiares llegaba con los discos agarrados en un brazo y con mis primas de gancho (Nelly, Rubiela, Elsa, Nidia) en el otro. Cuántas noches de diversión y alegría celebrando en grupo uno de los éxitos de los Hermanos Flores: “La Bala”.

Enciclopedia: Fuente de consulta de las más importantes en los años 60 y 70. En los primeros años escolares sólo algunos de mis compañeros tenían la Enciclopedia Temática, otros soñaban con la Enciclopedia ilustrada Cumbre; con grandes esfuerzos de mis padres logré adquirir la Enciclopedia Combi Visual. Por los años en que cursaba bachillerato pude conseguir la Gran Enciclopedia del saber Universitas de Salvat. En los años que estudiaba mi carrera de literatura y después, cuando empecé a trabajar en la Universidad Javeriana, me gustaba ir a consultar en la biblioteca la Enciclopedia Universalis al igual que la Enciclopedia Universal Espasa-Calpe, daba gusto perderse entre esos 70 tomos de letra menuda con datos sorprendentes.

Freixas: Dibujante que admiré y busqué imitar desde muy joven, en particular cuando entré a trabajar en el periódico El Espectador y que se hizo más importante cuando empecé mis estudios de Diseño en la Universidad Nacional de Colombia. Emilio Freixas tenía un método de dibujo que consistía en láminas para imitar, yendo de las formas básicas hasta la progresiva inclusión de elementos más complejos. Tuve la suerte de que Inés de Montaño, Patricia Lozano y la esposa de don Guillermo Cano, Ana María, para mi grado de bachillerato me regalaran aquel voluminoso libro.  

Gurbia: Palabra que usaba mi padre cuando el hambre lo agobiaba. “Tener gurbia” era una especie de mantra para invocar el almuerzo o la comida. Hoy sé que ese término, deriva de la gurbia del carpintero, que sirve para desbastar la madera. Tal vez en este sentido, la gurbia carcome las tripas como esta especie de formón roe la madera.

Herbario: Tarea habitual en la materia de botánica que realicé con gran entusiasmo, entre otras cosas, porque me sentía a mis anchas recordando el mundo vegetal de mi infancia. Se trataba de armar un álbum con cartulinas negras y en sus diversas páginas se iban pegando o cosiendo diversos tipos de raíces, de hojas, de flores. Recuerdo un viaje relámpago a Capira para recolectar el material necesario; mi tía Beatriz me ayudó a secar las hojas seleccionadas con la plancha de carbón, poniéndoles encima papel periódico para que no se maltrataran. A cada página del álbum se le ponía como protector “papel araña”. Obtuve una muy alta calificación y mi herbario quedó como material de consulta en el salón de clase. 

Idaly: Nombre de la modista de mi madre, en el barrio Ricaurte. Tenía tres hijos: Carmen, Ivonne y Luis. Con Ivonne compartimos juegos, exploraciones adolescentes, y varias fiestas. La señora Idaly usaba lentes, hablaba como arrastrando las palabras y tenía una risa explosiva que llenaba el cuarto en el que trabajaba día y noche con su máquina Singer. Mi madre compraba los cortes y los paños en “Sedalana” y, luego, esta mujer –venida de Armero– le confecciona “sastres” y faldas semejantes a los modelos que ofrecía en unas revistas de moda de la época.

Juanito: Hijo de mi tía Dioselina que logró irse a los Estados Unidos muy joven a buscar suerte. Empezó como mesero en un restaurante alemán, después montó un pequeño supermercado y más tarde se dedicó a los negocios de finca raíz. Juanito lleva más de 50 años en los Estados Unidos, pero no por ello se ha desvinculado de la familia que mantiene en Colombia. Fue este primo el que me trajo mi primera grabadora y el que para una navidad sorprendió a mi familia con un pequeño televisor en blanco y negro. Con Juanito compartimos, además del cariño mutuo, muchas historias de los habitantes de Capira.   

Kimpres: Editorial que conocí cuando trabajaba como colaborador en piezas gráficas del CELAM y con la que tengo un vínculo emocional por más de 40 años. Originalmente se llamaba Litografía Guzmán Cortés, pero después adquirió el nombre con que sigue vigente. Yo le hice a Jaime Guzmán, el fundador de esta editorial, el logotipo de su empresa. Mi amistad con Jaime se hizo más intensa cuando empezamos a imprimir allá la revista Trocadero y, más tarde, al confiarle la impresión de mi primer libro como editor independiente: Pregúntele al ensayista. Editorial Kimpres, Don Jaime, su familia, tienen para mí el sentido de cómplices a toda prueba en proyectos esenciales de mi vida.Liceo Parroquial San Gregorio Magno: Colegio ubicado en el barrio Ricaurte de Bogotá en el que estudié mi primaria y parte de mi bachillerato. Tengo grabada la dirección de esa edificación de tres pisos: carrera 29 # 9-47. El rector que mantuvo altos estándares de calidad y tenía un trato cercano y frecuente con los padres de familia se llamaba Ronaldo Camacho Lara. Rememoro la severa disciplina, las izadas de bandera, las clases de educación física con el estricto profesor José Luis Pinto, y los recreos en los que teníamos partidos de fútbol con cáscaras de mango, en medio de otros compañeros que a la par jugaban basquetbol. Mi primera profesora en este colegio se llamaba Elvira Rey, el profesor admirable y director de curso de cuarto y quinto de primaria fue Luis Germán Soto, y uno de los más queridos, Daniel Rojas, lo tuve como director y profesor en primero de bachillerato; él me puso en contacto con autores como Maquiavelo y Rousseau y me inició en la magia poética del nadaísmo.

Merey: Ungüento que usaba mi padre para muchos tipos de afecciones e infecciones de la piel. Era un medicamento al que le tenía fe. Merey usaba cuando aparecía un hongo en alguna parte del cuerpo, Merey para las picaduras, Merey para las heridas que no cicatrizaban. Siempre, en la mesita de noche, mi Viejo guardaba la cajita Merey acompañada de otros fármacos irremplazables como la pomada Yodosalil y el ardiente Merthiolate.

El Niño: Apelativo familiar y cariñoso que usa mi madre y los más cercanos para llamarme. “El niño” hace alusión a cierto trato íntimo, cargado de ternura, pero es también una manera de congelar una etapa de mi vida para evitar el lento e inevitable paso del tiempo. Así tenga más de sesenta años, a los ojos amorosos de mi madre seguiré siendo “el nené” que arrulló en sus brazos y al que hay que proteger y mantenerle caliente su comida. Por lo demás, al nombrarme de esa manera, los que así me dicen, abren un espacio para el juego, la risa y la complicidad sin prevenciones.

Ñeque: Preciado animal de monte que durante mis vacaciones en Capira se convertía en motivo de historias de cacería. Uno de los acontecimientos organizados para mí consistía en crearme la expectativa de que mi tío Ulises iba a ir hasta “Caracolí” o “La Peña” a ver, si de pronto, le salía el ñeque. Partía hacia las cuatro de la tarde con dicha esperanza y, en muchas ocasiones, solo llegaba sediento y “cundido” de cadillos en los pantalones. A los dos o tres días volvía a intentar esta aventura. Si había suerte traía entre sus manos el ñeque muerto. Mientras contaba las peripecias de la cacería del animal, mi tía Beatriz ponía agua a calentar para enseguida pelarlo a mano limpia. Despresado el roedor se dejaba sazonando para comerlo frito al otro día, con arepa o patacones al desayuno. El ñeque frito era uno de los presentes que Beatriz y Ulises incluían en el “fiambre” para mis padres en Bogotá, junto a un costal en el que venían piñas, racimos de cachacos, limones, yucas y naranjas jugosas y dulces.

Ortografía: Práctica escolar que seguía con atención y a la cual los maestros del colegio San Gregorio Magno dedicaban tiempo y pedían textos específicos. Guardo mi libro de Ortografía pedagógica moderna de Nicolás Gaviria centrado en una propuesta analítica desde las raíces griegas y latinas. Este fue un aprendizaje que después de tantos años sigue fresco en mi memoria: por ejemplo, el prefijo “Ruber” y de esta raíz se derivaban términos como rubí, rubio, rubor, rúbrica. Me gustaba el reto de los dictados que ocupaban un momento ritualizado un día a la semana; el libro de portada verde que servía de referencia era el de Luis Jorge Wiesner: Dictados ortográficos. Desde esa época sé que la buena ortografía tiene que ver con la historia de las palabras y con el cuidado o aprecio que tengamos por ellas.

Plumilla: Técnica de dibujo que practiqué intensivamente en mis años de primaria y que, después, seguí usando para la producción de artes finales tanto de pasatiempos como de ilustraciones para el periódico El Espectador o de Editora Cinco. Entre mis reliquias estaba un portaplumas koh-i-noor alemán, que había comprado en “Instrumentarium”, de la calle 13 con carrera octava. Antes de usar las plumas era aconsejable quemarles la punta para que no fueran a abrirse. El blanco inmaculado de la cartulina durex era un buen escenario para que la pluma danzara esparciendo con precisión la tinta china.  

Querétaro: Primera ciudad mexicana que conocí, a propósito de la invitación que me hicieran como uno de los ponentes centrales del XIV Congreso Latinoamericano de Estudiantes de comunicación social, del 15 al 19 de septiembre de 2003. Mi ponencia se tituló “El cuerpo que escribe” y tuvo como línea medular de disertación el sentido del tatuaje. Querétaro y su cielo limpio de nubes, el abundante rojo colonial de sus edificaciones, el naranja encendido de su Templo de San Francisco de Asís, los arcos gigantes del acueducto elevado, el trato delicado de sus habitantes.

Rosario: Ciudad argentina a la que asistí por primera vez a presentar una ponencia internacional en el contexto del II Encuentro Internacional de Semiótica, en octubre de 1987. Mi ponencia se centró en la lectura del poema “Sonata” de Álvaro Mutis y se títuló: “La semiosis-hermenéutica una propuesta de crítica literaria”. En ese evento, además de participar con Armando Silva en la creación de la Sociedad Colombiana de Semiótica, conocí a una entrañable colega de Bahía Blanca, Graciela Maglia, con la que empezamos un diálogo que empezó en un parque hasta la madrugada y siguió después en Bogotá, cuando ella viajó para conquistar sus sueños académicos.

Semiótica: Asignatura que comencé a dictar en la carrera de comunicación social de la Universidad Javeriana y que luego focalicé al campo de los objetos, la vida cotidiana, el arte, el teatro, el cine, la poesía y la ciudad. La semiótica me permitió articular diversas inquietudes intelectuales con las ciencias sociales, además de ofrecerme un rigor lógico y un método para leer la cultura. La concreción de muchos años explicando los conceptos básicos de la semiótica –de la mano de Umberto Eco y Charles Sanders Peirce–, la dirección de trabajos de grado vinculados con aplicaciones de esta disciplina y mis investigaciones sobre los medios de comunicación y el consumo cultural fueron la base para mi segundo libro: La cultura como texto. Lectura, semiótica y educación.

Tute: Tipo de juego de la baraja española que disfrutaba con los trabajadores en Capira, una vez terminaban las extenuantes jornadas de cogida de café. También lo jugábamos con mi primo Saúl hasta que la pobre lumbre de las velas no dejaba ver bien las cartas. “Me acuso en bastos”, decía yo. “Buenos sus bastos”, contestaba él. Lo interesante era la suma al final, según los valores de las cartas: 11 para los ases, 10 para los treses, 4 para los reyes, 3 para los caballos, 2 para las sotas. Además de tute era común jugar “Caída libre” y “Burro”. Como a Beatriz no le gustaba que jugáramos con dinero, creamos con Saúl una variante: “Caída con pepas de maíz”.

Untarse de tiza: Cuadernillo de 45 páginas que, gracias al apoyo del jesuita y decano académico Joaquín Sánchez, se publicó de manera excepcional en el año 1993. Este fue el segundo número de la colección “El oficio de escribir”. En esta publicación fui coautor y editor. “Untarse de tiza” contenía varias reflexiones –de corte autobiográfico– sobre el oficio de la docencia de profesores de la Facultad de Comunicación de la Universidad Javeriana, entre ellos Gabriel Alba (Teorías de la comunicación III), Andrés Sicard (Taller de expresión gráfica I y II) y Manuel Vidal (Políticas de comunicación). Mi texto tenía como título “Desarmar el reloj, reconstruir el tiempo” y recogía mi experiencia como profesor de la materia de semiótica que dicté durante varios años en el tercero y el quinto semestre.

Viejo Topo: Revista española que leía asiduamente hacia finales de los años 70. Gracias a esta publicación hecha en Barcelona y dirigida por Francisco Arroyo me empecé a familiarizar con los textos de Michel Foucault, Fernando Savater, Miguel Riera, Juan Goytisolo, Román Gubern, Eduardo Galeano, Félix Guattari y muchos herederos del pensamiento crítico con espíritu marxista. “Un viejo topo, metáfora de subversión y experiencia. Paulatina excavación de galerías subterráneas, lenta y minuciosa destrucción de los cimientos de una sociedad absurda”, declaraba en su primer número.

Wainer: Editor mexicano de revistas que visitó a Colombia por un tiempo, vinculándose a Greco y a Editora Cinco. Por mi trabajo como creador de pasatiempos para aquella empresa tuve la oportunidad de conversar largas horas con él y, poco a poco, construimos una amistad que, al volver a su patria, se continúo a través de cartas. Me ofreció trabajo en la Promotora Chapultepec, pero pesaron más mis responsabilidades con mis padres que dicha oportunidad laboral. León Wainer me ayudó enormemente a madurar varias de mis inquietudes políticas cuando tenía mis 25 años, fue un lector atento de mis primeras producciones literarias y sirvió de ayuda sapiente para aclarar algunas de mis decisiones vitales de esos años.     

Taya X: Serpiente venenosa que temían mucho los campesinos de Capira. La “taya X” se “enchipaba” a los pies de las matas viejas de plátano, o se mimetizaba con las hojas secas de los árboles. Yo vi de niño cómo mi tío Ulises mató varias con su machete y de él supe que por su tinte marrón resultaba fácil confundirla con el color terroso de los caminos. Misael, el compañero de mi abuela Hermelinda, la llamaba “cuatro narices” y otros jornaleros la distinguían como “la pudridora». En Capira y otras veredas aledañas se tenía la creencia de que si se fumaba chicote, ese olor espantaba a la mapaná.

Yo-yo: Juguete que, en la década del 70, era el furor en los colegios, las casas y los parques. No había persona que no realizara “el perrito mordelón”, “el columpio”, “el dormilón”, “la vuelta al mundo”. Bastaban dos tapas de plástico y una piola –semejante a la usada en los lances del trompo– para crear pequeñas competiciones en grupo. La mayor aspiración de todos los aficionados a esta entretención era conseguir uno yo-yo profesional, el Russell de tapas rojas de Coca-Cola.

Zurriago: Palo con una delgada correa de cuero que servía de bastón, de látigo para arrear las mulas y de recurso para espantar los perros.  Se elaboraba generalmente de una madera dura como el guayacán o chicalá y el hueco por donde pasaba la correa se hacía con un chuzo de hierro caliente. Este perrero formaba parte, junto a la peinilla, del atuendo común de todos los habitantes de Capira y, en muchas ocasiones, los papás lo usaban para zurrar a sus hijos. En mi casa hay dos: uno que le regaló mi tía Beatriz a mi madre, recién supo de su cojera por la artrosis degenerativa; y otro, que mi tío Ulises me dio como herencia de sus posesiones más queridas. 

 

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