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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Vida cotidiana

Un septimazo

12 miércoles Mar 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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Autobiografía, Bogotá años 70, Vida cotidiana

El rito de caminar por el centro de Bogotá.

El rito de caminar por el centro de Bogotá.

Recuerdo con alegría y emoción los años en que, acompañado de mi madre, caminábamos por la carrera séptima de Bogotá. No solo era un programa esperado sino un acontecimiento digno de referir a mi padre y a compañeros de colegio. Esa pequeña caminata, la entrada al “Ley” o al “Monteblanco” eran cosas que repetía en mi memoria por varios días.

Por ser un acontecimiento era que abundaban los fotógrafos ambulantes y por ser un acontecimiento había que vestirse elegantemente. Los fotógrafos le entregaban a uno un recibo para luego ir a reclamar los registros de dichos paseos. Además de las fotografías en papel podía elegirse también una modalidad de telescopio en la que los pequeños negativos adquirían la grandiosidad de una pantalla de teatro. Mi madre se arreglaba con esmero cuando me invitaba a estas ocasionales salidas: vestido sastre, guantes, cartera y zapatos (los de tacón alto) del mismo color…, peinados y maquillaje acordes a un evento especial. El plan era básicamente caminar varias cuadras, mirar almacenes y comer arroz con leche en el “Tía” o disfrutar de unas onces en el “Yanuba” que, entre otras cosas, ofrecía por la tarde sus platos con melodías de piano.

He recordado todo esto al volver a recorrer el domingo pasado la séptima, desde la calle 24 hasta la calle 13. ¡Qué cambio tan descomunal! A lado y lado el griterío de los vendedores ambulantes, la oferta de comidas y cuanto cachivache haya, el desorden y la barahúnda propia de un mercado callejero contrastaban con el paso de grupos de personas y el pasar de las bicicletas. ¡Cuánto contaminación auditiva!, ¡cuántos números de circo! Según se dijo, la idea era que al suprimir el tránsito de vehículos, esta avenida sería un espacio peatonal como hay en ciudades europeas. Pero el resultado es otro: unos árboles-matera que sirven de bolardos o de estorbo a los peatones, un reguero de ofertas de comidas en las que puede adivinarse la usencia de planeación y de regulación, una falta de espacio para caminar y apreciar ésta mal llamada Atenas sudamericana. Con pesar lo digo: la séptima se ha convertido en una larga avenida de mercado de las pulgas.

Es probable que esto suceda porque la apremiante pobreza y el desempleo busquen oportunidades para sortear sus precarias condiciones; pero hay maneras y estrategias de organizar el que cada quien busque y rebusque su sustento. Deberíamos unir nuestros esfuerzos para cuidar nuestra ciudad, para no convertir cualquier calle solitaria en un mingitorio o cuanto andén vacío es un bazar de feria. En esto nos falta organización como ciudad y educarnos como ciudadanos.

Así como están las cosas, considero que sería mejor que los automóviles volvieran a transitar por la séptima. Al menos así quitaríamos esas feas materas y los peatones reclamarían su habitual condición de caminar por los andenes.

Resulta obvio compararse con otras ciudades –y no necesariamente europeas– para observar qué tanto ha desmejorado Bogotá en este aspecto. La séptima es un ejemplo del desgreño, la desidia gubernamental y la consecuencia de una forma de hacer política en la que prima el cohecho, el peculado y el abandono del bien común. Asumir y hacernos responsables de lo público sigue siendo una tarea de estas ciudades que no pueden seguir considerándose como meros lugares de habitación o de trabajo. Las ciudades son también un espacio para el desarrollo de otras dimensiones humanas como el tiempo libre, la socialización y la construcción de comunidad. ¡Qué pronto olvidamos las campañas y el sentido profundo de la cultura ciudadana propuestas por Antanas Mockus! ¡Cuánto pierden las ciudades cuando dependen de las prebendas de la politiquería!

Pasajero pasillo

02 viernes Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario, Semiótica

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Viajes, Vida cotidiana

Leo en la revista “In” de LAN, de octubre de 2012, la Carta de bienvenida firmada por Ignacio Cueto Plaza, titulada “¿Ventana o pasillo?”, y me parecen llamativas las diferencias que el autor plantea entre una y otra elección. Aquí está el texto:

A partir de lo leído, yo me considero un pasajero pasillo. Y aunque comparto muchos de los motivos expuestos por el directivo de LAN Airlines, deseo subrayar algunas razones para elegir este tipo de asiento.

Primero, porque me parece más rápida la evacuación, porque no dependo de la voluntad de otros a la hora de decidir salir al pequeño pasillo del avión. En el caso de la ventana uno siempre depende del temperamento, la educación o el capricho de los otros pasajeros. El estar cerca al pasillo nos evita pedir permiso, molestar al vecino. El pasajero pasillo es, de alguna forma, más solitario. No quiere causar molestias a otros. Es un viajero más autónomo.

Segundo, porque ser pasajero de pasillo es como sentirse menos constreñido por la estructura del avión. Aunque se tenga al lado una ventana, es la misma razón por la que no me gusta dormir hacia el rincón o de cara a la pared de la alcoba. Al pasajero pasillo no le agrada estar limitado u oprimido. O, para ponerlo en otros términos, el que se sienta en un pasillo tiene una profunda necesidad de libertad, de más espacio para moverse.

Debo confesar que en mi juventud  y recién empezaba a viajar en avión, me gustaba más ubicarme en la ventana. Ahora, con el tiempo y el título de pasajero frecuente, pues me he convertido en un amante del pasillo. Quizá porque la edad nos va llevando a preocuparnos menos en observar para afuera y más en mirar hacia adentro de nosotros mismos. Esa es una posible explicación. O puede ser que de tanto ver se comienza en verdad a mirar.

Tercero, el pasajero pasillo tiene un sentido de alerta o de previsión mayor que el pasajero ventana. He notado que muchas personas buscan la ventana porque desean dormir o “desconectarse” por unos minutos u horas del entorno. Al pasajero pasillo, en cambio, le gusta mantener ese vínculo con lo que lo rodea; no desea apartarse completamente de la realidad. Puede que en esta predilección haya motivos inconscientes relacionados con “saberse seguro” o que sea una forma de expresar el realismo por encima de ensoñaciones momentáneas. En todo caso, el que se sienta cerca al pasillo es porque confía en que ese camino lo comunique más rápidamente con la salida. Quizá el encierro propio del avión sea lo que lleve a elegir una u otra opción: el que se ubica en la ventana  es porque ha dado por descontado la pérdida en el laberinto; los que se sientan en el pasillo es porque confían en que el hilo de Ariadna los saque de ese dédalo de aluminio. Los pasajeros pasillo tienen en su alma el espíritu de Teseo.

Ética gastronómica

27 sábado Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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Viajes, Vida cotidiana

El jueves volví, después de varios años, a “Pescocentro”, uno de mis restaurantes preferidos en Bucaramanga. “Pescocentro” lleva más de treinta años ofreciendo a sus comensales pescados y mariscos, además de unos “perfectos” patacones y una ensalada de aguacate “fascinante”. No hay plato malo en “Pescocentro”. Gerardo Ochoa, el dueño chef, un barramejo enamorado de su oficio, me volvió a atender con su diálogo cordial y su cuidadoso menú del día.

Gerardo y «El secreto del pez», obra de Jorge Mantilla Caballero

Pero lo que más me llamó la atención esta vez, fue un letrero que encontré a la entrada del negocio, un letrero puesto a la manera de un aviso o un edicto. El texto, según me contó Gerardo, lo escribió el abogado bumangués Eduardo Pilonieta como una protesta al hurto de unas cucharas y unos tenedores en el mencionado restaurante. El chef quiso cambiar y mejorar la cubertería para darle un detalle de calidad y elegancia a su restaurante. “En una semana ya habían desaparecido por lo menos 17 cucharas y 12 tenedores”, me confesó Gerardo, desconsolado. “Me quedé con seis juegos de cubiertos, sólo para clientes especiales”, agregó, mostrándome los preciosos objetos. Le pregunté si tenía una copia del escrito y subió al segundo piso a buscármela.

Comparto enseguida el texto en mención como un homenaje a este amigo cocinero, a su excelente comida, y una manera de sumarme a su denuncia. El escrito deberíamos enviarlo a nuestros amigos y conocidos, formando una cadena de reflexión sobre la necesidad de tomarnos en serio (particularmente en nuestro país) la virtud de la honradez. Celebro, entonces, esta lección de ética gastronómica.

Los robos inútiles

Eduardo Pilonieta Pinilla

Decir que la honradez no es una de las virtudes de muchos colombianos no es cosa diferente a llover sobre mojado solo que a veces la naturaleza de los robos, para solo hablar de ellos, raya en el absurdo por la razón de la sin razón.

Un prestigioso restaurante de la ciudad, como una atención a su distinguida clientela, adquirió una cubertería que sin ser lujosísima, sí era mejor que la simple común a la que estábamos acostumbrados.

Pues bien, lo que se pensó sería una ganancia para el servicio, terminó siendo una pérdida para la empresa pues los comensales, todos ellos con capacidad de pago suficiente, empezaron a robarse especialmente las cucharas, por su bonito diseño.

La empresa del cuento se enfrentó al dilema de servir a la mesa con inventario de cubertería y levantar el servicio verificando el mismo o cambiar de nuevo a la vieja cubertería, optando por esto último ante lo difícil de la situación.

No deja de ser desafortunado que las muchas personas de bien que acuden a sitios como el de esta historia, deban sacrificarse por aquellos desadaptados que ven en el robo una costumbre, así lo hurtado no les sirva para gran cosa, todo porque nos cuesta trabajo aún entender el concepto de propiedad privada.

Triste resulta que para entrar a los lugares públicos haya necesidad de poner detectores para que no se roben las cosas y así los parroquianos honrados podamos darnos el gusto de aprovechar un óptimo servicio, libre de prevenciones.

Robar por robar parece ser una cultura generalizada en este país y tan ladrón es aquél que defrauda al Estado o roba un Banco, como el que por gracioso se roba una pequeñez en un sitio público, como si eso fuera una gran cosa.

Lo más graves es que haya quien celebre estas picardías como si fuera una avivatada de alguien a quien solo le cabe el título de ladrón, porque insistimos en esto, lo es tanto quien se roba un tenedor como el que atraca a un ciudadano.

Poco avanza un país en donde sus gentes se comportan así.

«Esa tarde»

25 martes Sep 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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Autobiografía, Figura paterna, Vida cotidiana

Los urapanes de La inmaculada.

Los urapanes de La inmaculada.

Esa tarde, a eso de las cuatro, le pidió a su amiga que lo acompañara al cementerio. No sabía bien por qué sentía esa necesidad. Quizá por ser un treinta de diciembre, o por ser las primeras fiestas navideñas sin la presencia de su padre. Sea por la razón que fuese atendió bien las voces de su corazón y las convirtió en un acto. Ya en el carro de su amiga, pasó a recoger a su mujer. Y los tres tomaron el camino de la autopista rumbo al norte, bien al norte de la ciudad. Un trancón puso su corazón al acecho. Más después de padecer una larga cola de automóviles pudieron llegar a las cuatro y media. A la entrada del cementerio compró flores moradas y de colores. Con ese regalo entre sus manos buscó la tumba correspondiente. A la vera del camino, debajo de los urapanes, se encontró con su viejo. Quitó las flores marchitas y trajo agua fresca. Con devoción armó el florero. Las lágrimas se le vinieron encima, como un alud repleto de imágenes y palabras. Con la voz entrecortada les pidió a las dos mujeres que fueran a buscar un ramo más de siemprevivas. Se quedó sólo con su dolor, desyerbando la pérdida, limpiando con sus manos aquella huerta de la hojarasca y los chamizos. Por primera vez le habló a aquella ausencia. Le pidió en voz queda por la salud de su madre, enferma en esos días; y le susurró una vez más su amor, su gran amor de hijo. Ahora las lágrimas parecían fardos que le doblaban la espalda. Cuando las dos mujeres llegaron él ya había limpiado la tumba. Levantó sus ojos llorosos y pudo ver los de su mujer, igualmente húmedos. Volvió a acariciar el florero con la misma ternura con que le acariciaba la cabeza y el cabello a su padre. Luego se metió en el carro azul navajo y cerró la puerta. Minutos después entraron las dos acompañantes. Un silencio fraterno y respetuoso también tomó asiento. Las manos del hombre esculcaron en la guantera buscando un pañuelo desechable. Le reiteró a su amiga las gracias por haberlo acompañado. Respiró profundo. En su mente seguía presente el pasado diciembre cuando el viejo, haciendo un esfuerzo descomunal, los había acompañado al ritual del abrazo, los besos, los parabienes y las recomendaciones para el año reciente. Y sabía que al otro día, en la siguiente noche, en esa otra noche de Walpurgis, tendría que encontrarse con esa evidencia de no verlo, ni oírlo, ni poder estrecharlo fuerte contra su pecho. Quizás por eso fue al cementerio, tal vez por eso sintió tal llamado. Como una manera de preparación, de ensayo para la función del otro día. Con la mano izquierda acarició la pantorrilla de su mujer. La apretó tiernamente, pero con firmeza. Ella le tomó el lóbulo de su oreja con gran cariño, como si supiera del dolor que en esos momentos transitaba por su corazón, similar a una recua de mulas por un camino de herradura.

         —¿Tienes mucha hambre?— le preguntó el hombre a su mujer, haciendo trizas el silencio.

         —Un poquito.

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