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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: APRENDER A ESCRIBIR

Imponerse un gusto

15 domingo Sep 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

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Estrategias de escritura, Hábito de escribir

Ilustración del neerlandés Rhonald Blommestijn

Ilustración del neerlandés Rhonald Blommestijn

Imponerse un gusto. Parece contradictorio, pero no lo es. La tarea que me he propuesto –y no es la primera vez– de escribir un ensayo todos los días sobre temas o asuntos relacionados con la poesía, a primera vista parece un objetivo agobiante. No siempre se encuentra un epígrafe motivador y no todos los días la escritura fluye naturalmente. Sin embargo, lo interesante de este encuentro diario con la escritura y con mi “plana” de tres páginas, es que va obligando a mi mente a tener una preocupación en vilo, a darle vueltas en la cabeza a un tópico, a buscar fuentes que apoyen mis planteamientos o, la mayoría de las veces, a enfilar mi imaginación y mi creatividad hacia una diana que ofrece su centro como si fuera una exquisita golosina.

Cuando hablo con colegas de mi trabajo, docentes investigadores, doctores de trayectoria en un campo determinado, siempre alegan o reclaman un tiempo en sus planes de trabajo para poder escribir. Eso en parte es cierto. Porque si no se tiene el hábito o la disciplina, así se dejen horas o días para ello el resultado seguirá siendo el mismo: nada. En otras oportunidades ya he escrito sobre el papel que cumple el cuerpo, cuando de escribir se trata. He comprobado que no basta con la buena voluntad o con el deseo de escribir; la escritura pasa por la mediación de un cuerpo y, en esa medida, hay que enfrentar la modorra, el cansancio, el desánimo o, como decían mis mayores, la “pura pereza”. Entonces, una manera de no alimentar frustraciones o de andar por la vida presentando proyectos fallidos, es ésta, la de “ejercitar” la mente con tres o cuatro hojas de escritura. No digo que sea fácil, no digo que se dé sin contratiempos; pero tampoco afirmo que sea una carga dolorosa o un cometido que vulnere nuestra alegría.

Yo creo que es todo lo contrario. Cuando termino, hacia las doce y media del día, después  de estar frente al computador desde las ocho de la mañana, y siento dentro de mi espíritu una alegría infinita, descubro que esa tarea autoimpuesta es una forma de felicidad. O, por la noche, a eso de las doce y media, en el momento en que puedo vencer el cansancio propio del trabajo en la universidad para cerrar el texto al que le faltaba el último párrafo o la precisión en un dato, compruebo que esto es lo que me gusta hacer, lo que me pone en comunión con mi esencia, la clave de mi proyecto vital. Entonces, me voy a la cama, satisfecho, feliz de haber cumplido una meta que, al iniciarla, se veía muy distante.

De otra parte, el escribir estas tres páginas, va generando en la maquinaria mental del escritor una especie de lubricante que aceita los pistones, las válvulas y todos los engranajes. No sé si es la mejor manera de decirlo, pero se escribe con mayor facilidad. Las ideas cuentan con una buena pista de desplazamiento y los argumentos parecen brotar a manos llenas. De pronto tal fluidez provenga de que, al escribir cotidianamente, se establece un vínculo con la escritura; se evita fracturar o romper la continuidad con determinado campo de reflexión. Estoy convencido cada vez más de que las obras de gran calado literario, esas que podríamos llamar clásicas, provienen de autores que lograron fusionar su vida con la dedicación completa a la escritura. Y no se trata de romanticismo, sino de eficacia escritural. Si uno tiene que, como me pasa muchas veces, romper la idea o el motivo que vengo desarrollando para ocuparme de otros asuntos muy diferentes, lo que obtengo al final es una desordenada o maltrecha composición. Y para suturar todas esas heridas, para alcanzar una hoja digna, tengo que emplear muchas horas después en la corrección y en la reestructura de la misma. El vínculo con la escritura, decía, afloja la mano, pone la mente despierta, focaliza nuestras preocupaciones y proyectos.

También la escritura diaria, como sucede con los afectos, va reclamando atención y miramiento. Se va volviendo una necesidad. Cuando se llega a este punto, el hábito de escribir ya hace parte de nuestra carne, se ha interiorizado y pide alimento como otras partes de nuestro organismo. Y por ser una pasión obsesiva, siempre reclama más y más. En todo caso, al volverse una necesidad el escribir, reorganiza la vida cotidiana del escritor. Cambia su agenda en la oficina, dispone de otra manera los tiempos familiares, cancela citas innecesarias, se escapa cuando puede a las librerías, extiende hasta donde sea posible el presupuesto para adquirir algunos libros… Todas las otras cosas, diferentes al querer escribir, se vuelven ancilares, son como satélites atraídos por la fuerza de tal necesidad. Creo que por eso muchos escritores, a no ser que cuenten con el amor comprensivo de su familia o con la complicidad de quien los ama, se enclaustran o vuelven su soledad, una fortaleza inexpugnable. La necesidad de escribir es absorbente y celosa, y produce más angustia cuanto menos se puede satisfacer sus demandas.

Cada escritor, supongo, se inventa maneras o descubre fórmulas para que la tarea cotidiana le resulte más llevadera. He comprobado, al cumplir juiciosamente todo este mes de enero con mi tarea autoimpuesta, que un buen recurso para no empezar de cero el nuevo día o el inicio de la noche, es consignar previamente la cita, el epígrafe motivo de mi reflexión. Aunque parece poca cosa, lo cierto es que esa frase, ese poema, opera como un ojo vigilante, como un radar o como un haz de luz que lanza sus rayos a todo momento. Ya sea en el trabajo de la oficina, cuando se va en un transporte público, o cuando se está compartiendo un alimento. Aún en los sueños, sigue irradiando su mensaje cautivante. Puesto de otra forma: ese pequeño texto opera como un imán que atrae o atrapa ideas, autores, recuerdos, relaciones, juegos de palabras, inventivas. Ese epígrafe o consigna, puesta arriba de mis textos, es ya una escritura preliminar, un asomo de la escritura latente. Por supuesto, esta era una de las técnicas de Hemingway, que luego García Márquez y Vargas Llosa han considerado una de sus mejores aliadas para saltar el vado de la hoja en blanco.

Y de otro lado está el punto de la extensión de los escritos. Eso hace parte de las reglas internas del gusto impuesto. Tres páginas. Un término, un límite… En algunos casos ese tope hace las veces de brazo extendido que reclama una párrafo más, otras líneas de esfuerzo para coronar o llegar a la cima de un texto estructurado, completo; en otras ocasiones, el cumplir esa medida, es más bien un llamado al orden, a no irse por las ramas, a centrarse en  el asunto.  Los linderos también están relacionados con el tipo de género asumido como reto. Para que la tarea se cumpla a cabalidad, es un ensayo lo que debe estar terminado al final de cada día. No es mero ejercicio de expresión o desbordada mezcla de impresiones. El límite textual dictamina que se trata de proponer una tesis, en el primer párrafo por supuesto, y de irla soportando con argumentos a lo largo de esas 1250 palabras. Da gusto ver, al ir concluyendo hoy esta faena, cómo lo que escribí en el primer párrafo hacia las cinco de la tarde ya parece lejano en relación con esta última línea terminada, en este momento, a las siete de la noche.

Convocar a la escritura

27 martes Ago 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

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Autobiografía, Escritores en su tinta, Escritura y música

Buscar a la escritura. Hacerle guiños. Releer antiguos textos personales o transcribir textos de otros. Estrategias para convocar a la escritura, señales de humo, conjuros de alguien que, como otro hijo pródigo, reclama volver a la casa paterna de la hoja en blanco. Caminatas, subidas y bajadas con libros en la mano, bibliotecario por momentos. Más y más estratagemas para invitar a la escritura, para hacerla retornar a su casa paterna, a esta pequeña parcela, a esta ventana por la que me entra el aire indispensable para mantener la buena salud de mi espíritu.

Las manos indecisas, torpes por decir lo menos. Y, sin embargo, las manos ansiosas por volver a sembrar de signos, por hundir en la tierra de la imaginación estas semillas de palabras. Afán por no perder más tiempo, dudas por haber olvidado alguna experticia hija del trato cotidiano, del hábito de escribir la página diaria. Un deseo por escribir acompañado de muchísimas dudas, de contradicciones, de preguntas. La pasión sigue ahí, genuina, imperecedera. Lo sé: he sentido su fuerza, su ímpetu. Pero, a la vez, he tenido que renunciar a ella por culpa del abundante trabajo en la Universidad, por las asesorías, por ese corre corre incesante de los fines de semana. Sí, la pasión continúa intacta aunque ha tenido que vérselas varios meses con el rostro paralizante de esa otra Medusa cotidiana: el cansancio. Cómo detesto el entregarle las migajas de mis fuerzas a la escritura, cómo me duele tener que acostarme sin haber intercambiado algunas palabras con ella. Entro o salgo del cuarto de baño que queda al lado de mi estudio y veo, de soslayo, el gesto de la mano de la escritura despidiéndome, como si supiera que cada vez me alejo más de su puerto, de su tierra benigna.

Scarlatti, Albinoni, Telemann…, me sirven de Virgilios, de Dantes que me ayudan a salir de los mil círculos del infierno de no haber escrito en mi diario. Es un allegro de Händel, el del concierto grosso en fa mayor op. 6 Nº 2, el que rompe mi parálisis. Abro de nuevo los ojos y veo a mi alrededor lugares y pasadizos conocidos. Rememoro con felicidad. Mis manos se hallan en su elemento. Afino de nuevo el oído y la música me invita a mirar hacia las estrellas. No siento ningún cansancio. Todo mi ser está concentrado en este cuartito blanco, en este universo de tamaño carta. Apuro el último sorbo de un té de cuatro frutas rojas y descubro que esa bebida también debe ser una especie de pócima contra la anemia escritural. A eso de las once y media de la noche, de este martes, se ha roto el hechizo. Los cornos de Telemann celebran dicha liberación.

Manumitido, libre. Cuánto por escribir, cuántos proyectos, cuántas obras por afinar o pulir… Antes que nada, terminar el cuento sobre “Israel”; enseguida, rematar el libro de El vicio de don Quijote: escribir el ensayo introductorio, elaborar el índice analítico; revisar, revisar… Dejarlo listo porque, según el propósito que me hice después de la muerte de Custodio, el libro para publicar en el próximo año debe ser éste. Más tareas: escribir un pequeño ensayo sobre “Los tipos básicos de argumentación”; acabar de digitar los poemas de mi libro Cantos del adorador; pulir los textos de Espejo de letras… Concluir ese otro ensayo sobre “Estilos docentes”… En fin, cómo deseo que estas vacaciones me alcancen para cumplir con todas estas gratísimas labores. Mientras tanto, conservando el espíritu medieval del carpe diem, asumo el goce de escribir, la infinita suerte de poder lanzar estas manchas de palabras a los cielos.

Compruebo otra vez una certeza: la escritura es mi regulador, es el lubricante de mi cotidianidad. Sin ella ando triste, cuando no malhumorado. Pierdo el norte, parezco un navegante sin brújula. La escritura me hace sentir útil; gracias a ella salgo del repetitivo destino del trabajar para poder sobrevivir. Con la escritura puedo crear, generar mundo al mundo; con la escritura, con ese pan de signos, puedo convertir mi vida en un regalo, en algo para legar a otros. Tal parece ser la fuerza de la escritura en mí, un escenario para superarme, para no ser sólo tradición sino también proyecto. La escritura me anima a romper los determinismos. Vengan de donde vengan. Cuando escribo simbolizo mi entorno, lo transformo, lo recreo. Tal vez me sea tan necesario escribir por no poder soportar esa condición de no tener salida, de la rutina mecánica, del apenas alcanzar lo necesario para comer, dormir y seguir sobreviviendo. A lo mejor la escritura representa para mí un espacio abierto donde lo imposible, lo impensado, lo insospechado cobran todo su esplendor. Es que hay un reto maravilloso en gestar mundos con las palabras. Fíjense: antes, en estas páginas, no había nada. Eran un terreno yermo. Y ahora, después de esta hora de escritura, han brotado ciertas formas, alguna geografía inédita. Un mundo que ni yo mismo lo sabía. Qué maravilla ver florecer la escritura ante nosotros.

Por eso me es tan necesario el escribir todos los días. Para sentir que la vida –mi vida–, se renueva, se mantiene fecunda, vigorosa. Porque si se fractura esa simbiosis con la escritura, necesariamente se rompe mi equilibrio interior, se quiebra la ecología de mi propio mundo. Escritura: reserva natural de mi yo.

(De mi libro Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, pp. 597-599)

Olga Orozco y la poesía

26 viernes Jul 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario, LECTURA

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De la imaginación poética, Entrevistas a escritoras, Leer poesía, Olga Orozco

Olga Nilda Gugliotta Orozco

Olga Nilda Gugliotta Orozco

Motivado por mi lectura de la entrevista de Silvia Sauter a Olgo Orozco –que realicé ayer–  durante las primeras horas de la mañana, devoré otra más “El revés del poema”, realizada por Jacobo Sefamí en 1990 y publicada en su libro De la imaginación poética. Conversaciones con Gonzalo Rojas, Olga Orozco, Alvaro Mutis y José Kozer. Es una entrevista extensa, de más de 40 páginas, amena, y que muestra el conocimiento de la obra de Orozco por parte del profesor Sefamí. Una vez más, me sorprenden las coincidencias con algunas ideas de mi ensayo “El poeta aviva la luz de las cosas”, especialmente en lo que afirmaba yo del papel de la poesía como medio para hacer y hacernos preguntas. Dice Olga Orozco: “Creo que la poesía es eso: una permanente interrogación en busca de algo que siempre está un poco más allá. Para cada pregunta hay otra pregunta”. Descubrí también, para el tema que he venido trabajando sobre «imágenes fundacionales», el recuerdo más remoto de la escritora: “El recuerdo más remoto de la infancia está contado en un relato titulado ‘Misión cumplida’ de La oscuridad es otro sol (1967). Allí hago alusión a una memoria anterior. Tal vez no sea fácil deslindar lo que está sucediendo en el momento, con lo que está sucediendo en mi memoria. Se trata de una huida en brazos de mi hermana mayor. Ella me lleva en brazos huyendo de un toro. Yo veo oscilar el amarillo de los girasoles y sé que algo rojo nos va corriendo. Luego tengo la sensación de un salto, y es mi hermana que cae del otro lado de un alambrado, y nos hemos salvado. Y yo que me aprieto contra su pecho y siento el asilo, el calor, la ternura y la protección”. Me pareció interesante lo que dice de la adolescencia: “En toda adolescencia se juegan elementos muy contrapuestos y empieza la búsqueda del verdadero camino: uno tiene diálogos con Dios y luchas con el demonio; contrapone la libertad a otras cosas. En fin, empiezan a surgir los problemas del amor, del sexo, de las verdades eternas. Es decir, los elementos fundamentales de la vida, que llegan a tener una intensidad tal que si uno sobrevive es porque pacto con algo; de lo contrario, uno podría haberse muerto o consumido”.

Más adelante, Orozco cuenta cómo es su proceso de escribir. Aunque ya había retomado algunos apartes de esta entrevista para mi libro Escritores en su tinta, una respuesta de la escritora podría servirme para una segunda edición de mi texto. Habla la poeta: “Escribo poco y lentamente. En general, cuando escribo tengo la sensación del final con la primera línea, que puede venir en una imagen, en una música, en la repetición de una frase que lo asalta a uno. Lo que tengo que hacer es ese recorrido. No sé cómo va a suceder ese recorrido que va de esa primera línea al final que presiento. Pero nunca paso de la primera a la segunda línea si no he aceptado de manera definitiva la primera, y así sucesivamente. En mi caso, la poesía no es convocar, ni suscitar, sino desechar de un coro de solicitaciones, de esos, ‘signos en rotación’ de los que habla Paz. Hay personas que me han preguntado si escribo mis poemas en diez minutos. No creo que parezcan escritos en diez minutos. No se ve nunca algo tan espontáneo, como para que sean el producto de diez minutos. Lo que no se ve es la insistencia laboriosa, porque no hay frialdad”. Enseguida, agrega: “Yo no escribo nada que no tenga las bases puestas en su sitio, las columnas, las ventanas. Escribo un poema como una casa que voy a habitar, y en la que me voy a mover sabiendo dónde está cada cosa que necesito, y donde no hay ninguna contradicción, sino las que son manifiestamente buscadas, pero donde un elementos que está en la línea sexta no contradice para nada un elemento que está en la línea 24. Todo sigue una sucesión coherente”.

En mi lectura subrayo otros puntos de encuentro, en particular lo referente a que la poesía es una escritura ideal para dar cuenta de nuestras exploraciones como hombres rana del espíritu: «A veces uno se sumerge a grandes profundidades, hasta quedar unido a la superficie por nada, por un hilo. Yo he tenido temores de no poder retornar y supongo que eso le pasará a muchísimos: quedarse enredado en esos enigmas que hay en las profundidades. Es el buceo en lo desconocido». La poesía, nos los reitera Orozco, tiene que ver con «los elementos abismales: todo aquello que rompe con las leyes establecidas de causa y efecto». Otro asunto tocado en la entrevista apunta a que la poesía aspira a dar cuenta de la complejidad del ser: «El propio ser es inquietante porque también es desconocido; no sólo en su origen y en sus siguientes proyecciones; es desconocido porque es como si uno estuviera encerrado en su propia enigma, con su propia esfinge, y ésta pudiera empezar a hacer preguntas». Me regocijé, de igual modo, con una opinión –que de una vez voy a incluir en las notas a pie de página de mi ensayo «Matar la vida para darle perdurabilidad»– en la que Olga Orozco resalta el lugar de la poesía en su lucha con la muerte: «La escritura es una manera de luchar contra el tiempo, contra la muerte; en ese sentido, es positiva”.

Para no dejar perder algunas de las ideas expresadas por ella me parece conveniente guardarlas en este diario de escritura:

«Los poetas siempre andan en búsqueda de revelaciones, siempre tratamos de desenterrar misterios. Algo que puede ser la palabra perdida; buscamos lo indecible. Por eso el poema es una frustración»

«El deseo es por naturaleza la ausencia de algo; en algo se diferencian el deseo y el amor: el amor es una presencia, y el deseo es una ausencia. Por eso es tan extraordinaria esa frase de René Char, que dice que ‘el poema en sí es el deseo del amor realizado que continúa siendo deseo’. Me parece extraordinario porque eso es algo que no sucede en el plano de la vida verdadera, ni como deseo, ni como amor, ni como realización. La conjunción que busca para definir algo tan indefinible como la poesía me parece espléndida».

«Talila cumi, son las palabras que le dice Jesús a la hija de Jairo, cuando la resucita; quiere decir: ‘levántate y anda'»

«Yo creo que hay dos tiempos de silencio: uno es el silencio como cerrazón, como balbuceo, que es el silencio primero, el que tratamos de ganar, el que tratamos de abordar, para irlo descifrando, purificando, dándole cierta respiración que es la nuestra,  convirtiéndolo en lo que somos, o permitiendo que él nos convierta en lo que él es. A veces, una vez que eso se ha logrado, el silencio es ese silencio final del que hablábamos en algún momento; es decir, ese silencio que es la plenitud total y que debe ser la plenitud final, que hace innecesaria la palabra».

«Para saber mi noche, la tengo que aprender de la noche».

 «Sientes que la noche tiene millares de ojos y que si no puedes cerrar los tuyos es porque ésos otros están abiertos».

«Son dos piedras existentes; una que viene de Sicilia y otra que viene de San Luis, y que yo tomo muchas veces en la mano para poder escribir… Las piedras se convierten, más que en testigos, en dos elementos de convocación».

«Siempre he creído que soy la única sobreviviente de mi casa, porque soy la que tiene la memoria y la que tiene que apagar las lámparas y cerrar las puertas».

 «Uno no elige las influencias, sino que llegan por naturaleza; ni siquiera se contagian; se establecen por parentesco, ¿no?».

 «El poema abre y cierra la puerta de la revelación».

«La poesía es una apuesta arriesgada, como podría ser la de una ciencia iluminada, digamos. Es decir, hay un pie en la tierra y el otro pie está sondeando en el vacío para ver dónde apoya. De modo que las posibilidades que ofrece en la búsqueda son muchas más, tanto de encuentros, como de desencuentros y hasta de caídas».

(La poesía) «Sería el instante en el que todo es posible; el instante en el que es posible el pasado, el presente y el futuro y las combinaciones y variaciones posibles e imposibles».

Hacia el final del día estuve oyendo (y viendo) el Concierto para piano y orquesta en la menor del compositor polaco Edvard Grieg. Artur Rubinstein en el piano, acompañado por la Orquesta sinfónica de Londres, dirigida por André Previn… Llegué a este concierto por el adagio que había escuchado la semana pasada en una selección de EMI Classics. Cuando lo oí, por primera vez, me fascinó el tono intimista del segundo movimiento del mencionado concierto. Hay una magia nórdica que envuelve la voz del piano; un piano sutil, leve, evanescente. Esos siete minutos transcurren como en una penumbra fantástica; y aunque hay exaltaciones, ellas son tranquilas, de amanecer de nubes. Qué secreta la respiración que allí se evoca, qué delicada la manera de mostrarnos la gestación de un florecer o un despertar… Esta música me hizo recordar uno de mis poemas, escrito a partir de un amanecer en las montañas de Capira:

Despertar
 
Abajo sigue la noche.
Todo está en silencio. Ni un pájaro canta.
Y poco a poco, levantándose de un sueño vaporoso,
las nubes comienzan a despertarse.
Lo hacen de manera perezosa.
Unos cuantos rayos de luz, muy lejanos, las cortejan.
Ahora se define mejor la forma de las montañas.
Y lo que era una sola figura compacta
se va abriendo en pequeñas manchas grises.
Algunos árboles sacan sus ramas más altas para ver el sol.
Pero el viento se mantiene al acecho.
La noche cede sus encantos al nuevo día.
El silencio mantiene su frescura.
Es la vida, la vida que se renueva.
Imperceptiblemente.
 

Estaba intranquilo. Olga Orozco menciona una definición del poema dada por René Char, pero no referencia en qué libro o qué texto se hace tal afirmación. Apenas salí de la oficina pasé a Arte y Letra para ver si tenían alguna antología del poeta francés. En la colección Visor de poesía me mostraron el texto Furor y misterio. En una primera lectura no tuve suerte. Por la noche, después de escuchar el concierto de Grieg miré con más detalle la obra. De pronto, en una de las «proposiciones», como las llamaba él, de «Partición formal», di con el texto objeto de mi búsqueda; es el apartado XXX, y dice así, en la traducción de Jorge Riechmann: “El poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo”. (En las notas se agrega que Char le comentó a Georges-Louis Roux que “el poeta estaba siempre a la espera de esos encuentros con el rayo, de la quemadura y –no obstante– de la plenitud afectiva que de ellos se sigue indefectiblemente, y aseguró su certidumbre feliz de que eran indefinidamente renovables”). Ya con esa pista, husmeé en mi biblioteca y hallé, precisamente, un texto homónimo, pero en la versión de Santiago González Noriega y Catalina Gallego Beuter. Esta es su propuesta: “El poema es el amor realizado del deseo que permanece como deseo”. Espero mañana explorar en esa afirmación: “Le poème est l’amour réalisé du désir demeuré désir”.  

Escritura y sustracción de materia

17 miércoles Jul 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Ilustración de Tullio Pericoli

Ilustración de Tullio Pericoli

Buena parte del oficio de escribir consiste en sopesar, en aquilatar el peso y la calidad de las palabras. De allí por qué me ha parecido interesante asociar la tarea del escritor más con restar que con sumar vocablos.

Quien tenga por oficio escribir sabe que al elaborar un ensayo o un cuento son más las palabras descartadas que las aparecidas en el texto final. El tachar y el corregir, la llamada posescritura, da fe de ese pugilato con los vocablos. Aún antes, cuando la idea o la historia está dando vueltas en nuestra cabeza, allí mismo esas palabras van sufriendo un proceso de decantación, de filtrado o evaporación. Y luego, frente al papel o la pantalla de computador, se da una continua lucha entre el repertorio de palabras con que cuenta nuestra memoria y la elección del término para designar un estado de ánimo, una acción, un concepto, una frase para mantener el suspenso. Por eso también, frente a la tradicional manera de priorizar la página en limpio, considero el escribir como un oficio “sucio”, donde son muy valiosas las tachaduras y las enmiendas. Y entre más se confíe en el flujo inicial del escritor, en esa avalancha de palabras sin dique o cortapisa, mayor será el trabajo posterior de poda o recorte. Mayor el espacio y el tiempo para usar el borrador y la tijera.

Cuando escribimos lo que en verdad hacemos es suprimir, desechar, omitir palabras, bien porque no son las pertinentes o porque hay otras que dicen mejor la idea o la acción que nos interesa comunicar. Tal ejercicio de pensamiento –ya que de eso se trata– es lo que convierte el escribir en algo semejante a una tarea investigativa o a una actividad artesanal. De una parte, para saber cuál es el sentido preciso de un vocablo o el campo de un acción de una palabra, el escritor necesita documentarse: leyendo fuentes de diversa índole, observando meticulosamente las acciones cotidianas, preguntando, recogiendo materiales dispersos, archivando… Este documentarse es fundamental para otorgarle a lo que escribe carta de precisión o verosimilitud. De otro lado, el escritor tiene que ensayar diferentes maneras de engarzar, anudar o tejer las palabras. Aquí la paciencia y el esmero, el buen oído, son necesarios para manipular el ritmo, la fuerza, la seducción o la gravitación de un vocablo.

Por ser su tarea un oficio de medida y precisión, el escritor necesita instalarse al lado de los diccionarios, de esas herramientas de referencia inmediata. En ciertos casos acude al etimológico, porque desea conocer el sentido madre de un término, o los lazos de sangre –no siempre evidentes– de las palabras; en otros, prefiere ir al diccionario de sinónimos.  Por supuesto, hablo de un diccionario razonado de sinónimos, no de un listado heterogéneo en donde cada vocablo parece poderse remplazar por cualquier otro. Razonado porque le ayuda a pensar al escritor, porque le permite sopesar los alcances de las palabras. No se trata de utilizar romper por quebrar, o quebrar por quebrantar. Pues, bien analizadas las palabras, se rompen los cuerpos cuyas partes se entrelazan, se unen o están encadenadas unas con otras, mientras que se quiebran los cuerpos inflexibles o vidriosos; se rompe el pan, la tela, una cuerda; se quiebran tazas y vasos… Se quebrantan los cuerpos que, en vez de entrelazarse, son sólo adherentes y como pegados sin ningún lazo que les sea común: el barro, el hielo, el mármol. Y aunque estas tres palabras remiten a la acción de reducir por la fuerza un cuerpo sólido a diversos pedazos, cada una apunta a una finalidad precisa. Y ni qué decir de los diccionarios ideológicos,  tan útiles no para buscar definiciones sino para hallar el nombre de algo que se vislumbra en el espacio de nuestra mente pero se refunde con infinidad de sombras de palabras.

Escribir es, esencialmente, sustraer materia lingüística. El escritor escribe un vocablo, piensa en la combinatoria posible de otras palabras que podrían decir lo mismo, elige, considera, delibera; se levanta, va y consulta, hojea, se detiene; vuelve a su escritorio, corrige, cambia la palabra por otra que ahora le parece más apropiada, más cercana a lo que quería decir o expresar. Vuelve y lee toda la frase, medita, y se lanza a hacer otro recorte. Una vez más se pone de pie. Camina las ideas. Después de unos minutos, retorna a su sitio de trabajo. Tacha toda la línea inicial del segundo párrafo y la cambia por un verbo en infinitivo, el vocablo tiene más consistencia, es más preciso, se ajusta mejor a una conexión de consecuencia. Se detiene y, por largo rato, se queda ensimismado en sus pensamientos, en sus propias palabras. Ahora, relee todo lo que ha escrito y suprime, en la última línea, un verbo muy parecido en su conjugación a otro que estaba al iniciar la frase. Duda sobre el término, y otra vez se levanta hasta la biblioteca para tomar una de sus fuentes predilectas –una en donde bebe a diario–, el diccionario de uso del español de María Moliner. Se sienta, modifica la palabra, y continúa escribiendo.

(De mi libro Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Editorial Kimpres, Bogotá, pp. 564-566).

El escribir y sus analogías

03 lunes Jun 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Ilustración de Rogelio Naranjo

Ilustración de Rogelio Naranjo

Cada escritor tiene su analogía personal para referirse o dar cuenta de su oficio. Algunos asocian ese quehacer con la composición musical o la composición pictórica; otros, lo relacionan con el proceder propio de los ingenieros que construyen puentes o los físicos que descifran una ecuación; también hay los que piensan que escribir es como una forma especial de embarazo, o como una ceremonia religiosa. En todo caso, la mayoría de los escritores consideran el escribir como una fiesta del intelecto, como un juego, como un acto de amor, como una labor artesanal o como un trabajo demiúrgico de gran envergadura.

Podríamos ir un poco más al fondo y desentrañar en varias de esas analogías su riqueza ilustrativa o su poder de sugerencia para aprender el oficio de escribir. Valga, entonces, explorar en algunas de ellas. De los escritores que piensan que escribir es semejante a cocinar podemos apropiar que la escritura necesita de unos preparativos o rituales (una hora precisa, realizar alguna caminata, hablar de lo que se quiere escribir); de unos útiles especiales que bien pueden ser determinado papel o un tipo particular de bolígrafo; de unos puntos de cocción, es decir, conocer cuál es el tiempo justo para concluir un escrito o cuándo necesita todavía mayor maduración; y de cierta estética formal para presentar el “plato-obra” a los “comensales-lectores”. De esos que asocian el escribir con la labor de los mineros, rescataríamos que al igual que estos últimos, el escritor debe profundizar e ir al fondo de sí mismo, para encontrar allí las piedras preciosas de lo significativo; y que hay que excavar profundo y fuerte para sacar a la luz algún texto-metal precioso o de buena calidad. Los escritores que miran la tarea del escribir como boxeando, nos ayudan a entender que el escribir requiere de unos asaltos preliminares antes de entrar de lleno a la pelea; que no podemos arrojarnos de una vez a escribir en la página en blanco, sino que debemos conocer primero al contrincante, llámese tema o argumento de una historia, para luego sí lanzarle los primeros golpes, las primeras líneas; y que lo importante es impactar al lector con un buen golpe de derecha al mentón, lo que viene siendo lo mismo que elegir un buen primer párrafo o un título contundente. Y de aquellos otros escritores que analogan el ejercicio de escribir con el surgimiento de un árbol, podemos aprender que escribir es un proceso en el que hay que tener en cuenta muchas cosas: la preparación de la tierra, que es lectura continua y estudio de otros escritores; el cuidado de las semillas, que se evidencia en las ideas que el escritor guarda en su cuaderno de notas o en su diario; y la desyerba del cultivo, esa faena inacabada de la corrección, de pasar una y otra vez a limpio las hojas emborronadas de tachones. Esta última analogía nos advierte que la escritura crece con lentitud, que su evolución es parecida al «segregar de las resinas».

Lo valioso de estas analogías es su poder de sugerencia: porque escribir sí es en algo semejante a hacer el pan, especialmente en ese aprender a amasar la materia prima de las palabras, hasta volverlas dúctiles y adecuadas para determinada forma lingüística; porque escribir en algo se parece a soñar: pues no siempre hay que orientarlo todo con nuestra voluntad o nuestra racionalidad, sino también saber abandonarse a las secretas maneras de trabajo propias del inconsciente o estar preparados para ser amanuenses fieles de fuerzas insospechadas. Tales analogías pueden ayudar al aprendiz de escritor a entrever diferentes situaciones o condiciones de dicho oficio: porque el que escribe en algo se parece al ave que incuba un huevo o a la bailarina que realiza su espectáculo de strip-tease; porque el que escribe, mucho se asemeja al inventor de artefactos alquímicos o al inquisitivo investigador que se desvela experimentando en busca de un descubrimiento.

 (De mi libro Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, pp. 594-596).

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